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Tierra de nadie

Orquesta Philharmonia de Zúrich. Solista: Hélène Grimaud (piano)

palau de la música (valència)

Pro­gra­ma: Obras de Weber («Obertura de Oberon»), Beethoven («Concierto para piano y orquesta número 4») y Chaikovski («Quinta sinfonía»). Entra­da: Alre­de­dor de 1.750 perso­nas (prácticamente lleno).

No se anduvo con chiquitas Fabio Luisi (Génova, 1959) en el Palau de la Música. Extremó tiempos, dinámicas y fraseos para brindar al frente de la Philharmonia de Zúrich versiones trepidantes, a veces hasta el claro exceso. Contundentes y al límite, que hubieran rozado el caos y el disparate de no ser él un director de competencia y dominio técnico verdaderamente inapelables. Hubo estrépito y vértigo tanto en su versión a mil por hora de la obertura del Oberon de Weber como en una neurótica Quinta de Chaikovski que, tras momentos tan bien cuajados como el lentísimo inicio del Andante cantabile, desembocó en un final turbio y desbocado.

Fabio Luisi se ajusta bien al tópico del director latino. En la línea de un Toscanini y no de un Giulini, el maestro genovés desborda vehemencia y exageración gestual. Agota verle moverse y removerse en el podio, marcando ampliamente el más mínimo detalle con el gesto y con todo su espigado cuerpo, casi sin dejar resquicio al profesor de orquesta para respirar con su instrumento. Es una dirección que resultaría asfixiante si detrás de semejante omnipresencia gestual no hubiera un maestro sólido y con criterio.

Carlos Kleiber también dirigía así, pero cuando respiraba dejaba respirar, e incluso invitaba a sus músicos ¡y hasta al público! a sumarse a un fraseo cargado de flexibilidad y magia, que empatizaba con todo y todos. Este abismo marca diferencia. Entre el genio y el buen maestro. La obertura de Oberon sonó en manos de Luisi con ligereza y vivacidad difícilmente conciliables con una orquesta numerosa que se sentía demasiado pesado, demasiado incompatible y rígida con la viveza y transparencia clásica, casi mozartiana, que reclamaba su versión. Era algo así como pedirle a un defensa la agilidad de un delantero. O a un bajo la de una soprano coloratura.

La Philharmonia de Zúrich, titular de la envidiable Ópera de lujo que disfruta la ciudad suiza - «Poderoso caballero es Don Dinero»-, es una buena orquesta, aunque con lagunas importantes, particularmente en una sección de trompas necesitada de urgente reconversión. Ya la pifiaron bien (mal) al inicio de Oberon. Luego confirmaron su deficiente calidad durante el resto del concierto. Lo mejor de la centuria radica en su nutrida y calibrada sección de cuerdas, como puso de manifiesto en el ya mencionado inicio del segundo movimiento de la Quinta de Chaikovski, dicho a lentitudes propias del viejo Celibidache, que transformaba el indicado Andante cantabile en un molto adagissimo que hacía sufrir y sonrojar al trompa en su famoso solo. Sonó el Andante/Adagissimo con pulcritud, afinación y unicidad de articulación absolutamente notables. Y el trompa solista logró contra todo pronóstico mantener el tipo y el fiato. La interpretación se desdibujó poco después con claros desajustes en el delicado pasaje en pizzicato. Fue, en definitiva, un Chaikovski que, salvo concretos pasajes de extrema lentitud, se escuchó frenético e impetuoso hasta el exceso. Exagerado, y ayuno de la flexibilidad y el dramático aliento lírico que sí logran conciliar otros maestros amigos de la velocidad. Markévich. Mravinski. Guerguiev. Temírkanov incluso.

La Philharmonia de Zúrich actuó en València con la estrella mediática Hélène Grimaud (Aix en Provence, 1969) como solista del Cuarto concierto para piano de Beethoven. Artista de enorme reconocimiento, planteó una visión moderada y nada tempestuosa. Más francesa que germana. Más ligera que contundente. Más Février o su maestro Rouvier que Backhaus. Un Beethoven sin la magia de Haskil, Pires o Perianes. Tampoco con el músculo ni el nervio de Guilels, Esteban Sánchez o Sokolov. Contenido y emborronado por un uso más que excesivo del pedal de resonancia. Alejado de estilo, época e instrumento -el piano del compositor-, para mostrarse envuelto en un universo más atento al detalle, al efecto sutil, vistoso y puntual que a la gran construcción romántica. La Grimaud lo llevó a su mundo con tanta autoridad y solvencia como Luisi lo hizo al suyo. Es decir, fue un Beethoven bicéfalo y descuadrado. Tierra de nadie entre el preciosismo efectivo de la pianista y la rotunda contundencia del maestro. Solista, director y orquesta disfrutaron del entusiasmo de un Palau de la Música abarrotado como en sus mejores días. Pero no lo fue.

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