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Cómic

Sesenta años de Mortadelo y Filemón vistos desde València

Autores y expertos destacan la revolución para el cómic que supuso la aparición de los personajes de Ibáñez

Sesenta años de Mortadelo y Filemón vistos desde València

Sesenta años de Mortadelo y Filemón vistos desde València

A principios de 1958 València aún era ese lugar triste que se recuperaba de la «riuà» que había dejado 81 muertos (al menos) y la ruina para cientos de familias. El 20 de enero de ese año el Ministro de Vivienda José Luis Arrese visitaba la ciudad y «animaba» a las autoridades locales a «canalizar o desviar» el Túria para que la tragedia no se repitiera. Ese mismo día aparecían también dos personajes que seguramente dieron más alegrías a los niños valencianos que aquel ministro franquista. Se llamaban Mortadelo y Filemón y tenían una agencia de información.

«Tienen los mismos años que voy a cumplir yo», recuerda Daniel Torres, el padre de otros personajes míticos del cómic como Claudio Clueco o Roco Vargas. «Todos tenemos recuerdos de Mortadelo y Filemón, porque formaba parte del paisaje y la historia de este país. Nos han acompañado siempre, los recordamos como una presencia constante en nuestras vidas. Los quioscos de antes tenían los tebeos colgados en el exterior y, aunque no compraras nada, te pasaba un buen rato mirando las portadas».

Torres, uno de los protagonistas de la nueva ola de la historieta valenciana surgida en la década de los 70, reconoce que los dibujos de Ibáñez no fueron para el una inspiración creativa pero sí «un ejemplo de continuidad. Están tan bien hechos que han permanecido durante décadas. Eso da una idea de que el trabajo bien hecho perdura y que ha de recorrer un camino, lo cual no es poca cosa».

Antonio Ortiz, Ortifus, recuerda que conoció a Mortadelo y Filemón a los 14 o 15 años. «En aquel tiempo estaban Pumby y Jaimito, de Editorial Valenciana, pero la diferencia era tremenda. Mortadelo era mucho más imaginativo y, aunque había nacido en la dictadura, se adivina allí una visión progresista y más moderna». Al igual que Torres, Ortifus admira la imaginación de Ibáñez para mantener durante dos años esos dos personajes -o un edificio entero como el del 13 Rue del Percebe- sin perder una pizca de gracia. «Sus historias no son para nada infantiles, el contenido no es simple y siempre enganchaba. Yo le daba un sillón en la Real Academia porque ha hecho más por la lectura en España que muchos de los escritores que se sientan ahí».

Álvaro Pons -uno de los mayores expertos del cómic en general (y del valenciano en particular) y «niño de 1966, cuando empieza a publicarse la revista ´Mortadelo´»- se confiesa un «mortadeloadicto que de vez en cuando sigue volviendo a ellos porque si algo tiene Ibáñez es una capacidad sobrehumana para el gag». «Para la historia del cómic en España Mortadelo y Filemón tienen toda la importancia, no sólo por su calidad sino por haber enseñado a toda una generación de dibujantes y lectores de cómic. Durante años la industria del cómic de España ha vivido de Ibáñez. No hay ningún autor en Europa con 200 títulos en su catálogo. Eso marca la historia».

Eso sí, al «valencianizar» el acontecimiento de los 60 años de historia de los estos dos detectives fatales, Pons -que tiene a El sulfato atómico como la mejor aventura mortadelesca- hace una advertencia. «Mortadelo y Filemón nacieron cuando aún había una batalla entre Editorial Valenciana y Bruguera en Barcelona. A partir del Capitán Trueno esa batalla empieza a ganarla Bruguera, pero es Mortadelo quien le da la sepultura definitiva al cómic clásico valenciano».

Otro experto valenciano en Mortadelo y Filemón es Manolo Valencia, editor del fancine «2000 Maníacos». Para él, conocer en 1977 a los héroes de Ibáñez fue un auténtico «shock». «Yo tenía 7 años. Me lo trajo mi madre, porque la casa donde iba a limpiar los viernes era gente de bien que tenía dinero para comprar tebeos. Una vez que sus niños los leían, en vez de tirarlos, se los daban a ella. Cuando volvía a casa cargada con aquella bolsa mágica repleta de cómics de aventuras y dibujotes, yo la esperaba dando palmas. Era mi felicidad de fin de semana y me convirtieron en una persona con sentido del humor. ¿Puedo darle más gracias?».

Manolo Valencia subraya que historias como Contra los Monstruos, Los Invasores, Pesadiiiilla, El sulfato atómico, Magín el Mago, Chapeau el Esmirriau... («me quedo con los más locos y bizarros, todos relacionados con lo bizarro y lo anormal», explica) «llevaron las viñetas a los quioscos, cuando los quioscos eran quioscos de barrio, no existía internet y significaban el templo de la cultura popular, las chucherías, los cromos y los tebeos. Esa cultura ya es historia y pertenece a la leyenda cultural.»

Como Pons y Valencia, Paco Roca reune la doble condición de fan y experto en Ibáñez y sus dos hijos predilectos. De niño, era tan fan que sus primeros dibujos venían firmados con un «P*Roca» muy similar al «F*Ibáñez» del catalán. Una de las mejores obras de Roca, El invierno del dibujante, recrea aquella Bruguera de la posguerra donde nacieron los dos detectives.

«Como decía Terenci Moix, Ibáñez va evolucionando hasta marcar con Mortadelo el fin de una época y el comienzo de otra -señala Roca-. El dibujo en Bruguera era muy costumbrista y las historias contaban cosas que pasaban en la vida real. Ibáñez era más joven que los otros, no había sido represaliado en la posguerra y ya no le preocupa tanto el aspecto social de las historias. Va más a la parodia y a la fantasía, y ese es un gran cambio para la historia del cómic español».

La obra cumbre del corpus mortadelesco también es para Roca El sulfato atómico. «Estaba más inspirado por el cómic francés, son historias más trabajadas, con un cambio narrativo y en el dibujo». «Con Mortadelo y Filemón pasa algo muy curioso: cuando lo relees tienes la sensación de que siempre es lo mismo, y pese a eso siempre conectas con él».

«Nos ha formado a toda una generación y nos ha aficionado al cómic», destacan por último Miguel Á. Giner y Cristina Durán. «Los sábados íbamos a dormir a casa de mis abuelos, y mi abuelo nos compraba ese tebeo», recuerda Cristina. Para mí Mortadelo y Filemón representan la infancia -añade su marido-. Mis padres se iban al cine y cuando volvían dejaban escondidos debajo de la cama los tebeos? Así hemos salido luego».

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