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Entrevista

"El espectador de cine y el etnógrafo son ´voyeurs´ con licencia para mirar"

El doctor en Antropología Manuel Delgado participa hoy en un cinefórum en Bombas Gens

"El espectador de cine y el etnógrafo son ´voyeurs´ con licencia para mirar"

"El espectador de cine y el etnógrafo son ´voyeurs´ con licencia para mirar"

Manuel Delgado (Barcelona, 1956) es historiador y doctor en Antropología por la Universitat de Barcelona. Desde 1986 es profesor de Antropología Religiosa en el departamento de Antropología Social de la UB. Coordinador de los grupos de investigación en exclusión y control sociales, y en antropología del conflicto urbano, ha trabajado especialmente sobre la construcción de las identidades colectivas en contextos urbanos, la violencia religiosa y las apropiaciones sociales de espacios públicos, temas en torno a los cuales ha publicado artículos en revistas nacionales y extranjeras. Hoy participa en un cinefórum en Bombas Gens, en el que reflexiona sobre la mirada.

De su intervención adelanta que «me gustaría hacer un repaso de películas cuyo asunto es algo tan central para el cine como es la mirada y el mirar: La ventana indiscreta, El cielo sobre Berlín, Rashomon... Lo que quiero es remarcar es que la problemática que plantean -¿vemos lo que miramos?; ¿somos capaces de transmitir lo visto?...- es idéntica a la que ha de afrontar la etnografía, cuya esencia es lo que los antropólogos llamamos ´observación participante´», explica.

Para él, la diferencia entre mirar y ver es que la segunda es «ejercitar un de los sentidos, el de la vista. Mirar es otra cosa: es llevar a cabo un acto social que une la mirada y lo mirado en un vínculo íntimo. ?En eso consiste ´echarle el ojo´ a alguien o a algo; algo parecido a cazarlo a lazo».

La mirada tiene muchos prismas desde los que observarse y él reflexiona sobre ello. «La mirada que cuesta apartar es la que nos une con lo que amamos y odiamos. A quien se odia y a quien se ama se le mira fijamente. Expresiones como ´mírame a los ojos´ o ´dímelo a la cara´? explicitan la manera como las miradas atan a quienes se miran. La miradas que se bajan o rehuyen corresponden a personas que renuncian al vínculo. Y la que apartamos rápidamente son las que nos imponen la presencia de lo indeseable».

Lo moral en la mirada

Y mirar, continúa, tiene algo que inevitablemente nos lleva al terreno de lo moral. «La mirada implica una forma de sociedad. Aceptarla es someterse al juicio ajeno, puesto que la mirada no solo mira, sino que observa, escruta, examina, inspecciona, contempla, se fija, repara... Eso incluso cuando la mirada es de reojo, de soslayo o se reduce a su mínima expresión: el vistazo».

Sobre si ciertas miradas han tendido siempre la amenaza del castigo, el doctor en Antropología señala que «son socialmente -o incluso legalmente- sancionables las miradas que miran lo que no debe ser visto, lo oculto, lo velado, lo secreto, lo privado. Por eso algunos amamos el cine, porque nos permite ver sin permiso. Lo mismo para la antropología, que nos autoriza a mirar por ´razones científicas´. En ese sentido el espectador de cine y el etnógrafo sobre el terreno son voyeurs que gozan de licencia para mirar».

Defiende que el que mira siempre parte de una situación de superioridad. «Quien domina domina siempre mediante la mirada. Es el sometido el que ha de bajar la cabeza y mirar al suelo. Esa es la principal señal de su servilismo. Por eso Dios es un ojo que todo lo ve. Igual que el poder, que siempre da cámaras al espacio para no perdernos de vista. En cambio, los enamorados, que se pasan el tiempo mirándose, no se ven, puesto que, por definición, el amor es ciego».

Y hasta se atreve a revelar qué es lo que más le gusta observar: «A la gente mirando. He tenido esa experiencia. Me fascina la imagen del público que asiste a una proyección cinematográfica. Están ahí, estupefactos, mirando sin pestañear a lo que se mueve en la pantalla. Su mirada se parece a la de los niños. Lo niños miran así. Comen con los ojos».

Respecto a la libertad del ser humano, Delgado profundiza en que «?no somos ni nunca hemos sido libres. Somos seres sociales que están determinados por los contextos a los que nos hemos de adaptar. Por otra parte, nuestra visión del mundo es alimentada por las ideologías dominantes en cada momento. Por último, nadie elige lo que piensa o siente. Por ejemplo, querer siempre se quiere sin querer».

«Brujo cultural»

Pese a que muchos le tildan como intelectual -uno de los imprescindibles de estos tiempos- él prefiere huir del término. «Sinceramente, nunca he sabido qué es un ´intelectual´, ni en qué consiste su trabajo. Un intelectual, en cualquier caso, es el pariente mayor y más solemne del tertuliano mediático, que se cree con el derecho y la obligación de pronunciarse incluso moralmente sobre temas sobre los que no tiene ni idea. El intelectual, en ese sentido, se me antoja una especie de brujo cultural, alguien al que se le otorga una autoridad a partir de su reputación como intelectual, más que por su sabiduría. Presentarse como intelectual no deja de ser una forma de impostura», dice.

Sobre la influencia de la «masa» frente al intelectual y el poder de aquella sobre la comunidad, Delgado asegura sin complejos que «la verdad es que no tengo ni idea de cuál es el camino correcto ni en eso ni en nada. Ni siquiera estoy seguro de que tengamos que seguir algún camino ni llegar por él a ningún lado. En cualquier caso, nadie puede ser convencido de algo que no pensara o quisiera hacer de antemano. Es quien ´convence´ quien se somete a quien cree haber convencido, diciéndole lo que esperaba escuchar. Esa es la clave de toda forma de seducción, también la que se ejerce sobre los grandes públicos», concluye.

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