10 de noviembre de 2018
10.11.2018
Crónica

Loquillo, cuestión de fe

El artista barcelonés y su banda implacable repasan 40 años de historia en la Plaza de Toros de València

10.11.2018 | 13:17
Loquillo, cuestión de fe

En Loquillo se cree igual que los chiquillos creen en los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez o el Niño Jesús. "Convertido en un actor de un sólo personaje", como él mismo dice en una de las canciones que interpretó el viernes por la noche en la Plaza de Toros de València, Loquillo actúa para los que esperamos con ilusión infantil su llegada a la ciudad. Quizá por eso, cuando los fans nos mostramos nerviosos, inquietos y con los ojos brillantitos ante el resto de mortales porque esta noche sí, esta noche toca Loquillo, los otros -es decir, el resto de los mortales-, nos miran con cierta condescendencia. "Ah sí, Loquillo, claro... Venga, acuéstate pronto. ..".

¡Que os den a todos! Quizá no os lo creáis, pero Loquillo sí ha venido esta noche, que yo lo he visto, e iba de negro, y era muy alto, y nos apuntaba con el dedo mientras cantaba cosas que siempre hablan de él, y nos dedicaba unos pasos de baile como si estuviera en el Wigan Casino y se sacaba un peine y se arreglaba con él el tupé. Y cuando acabó el concierto y su banda desapareció por un lado del escenario, él se nos quedó mirando como seguramente se queda mirando Papa Noel al chiquillo dormido en su cama, justo después de dejarle los regalos y justo antes de subirse en el trineo y marcharse de ahí. Ya sé que no os lo creéis, pero es así, que yo lo he visto.

Loquillo (casí) llenó la Plaza de Toros de València. El sector generacional (creo que se dice así, si no ya me corrigen) no es que fuera demasiado amplio, pero la diversidad de acentos comarcales, marcas de ropa, peinados y coronillas y maneras de comportarse era brutal. Salió la banda, con Josu García e Igor Paskual al frente, aunque conforme fue avanzando la actuación y el rock´n´roll más esencial fue ganando terreno, el "Nu Niles" Mario Cobo se convirtió en el protagonista guitarrístico de la noche. Y ya con la "101 Aerotransportada" que él dice preparada para atacar, apareció el artista, sonrisa ladeada en ristre, para interpretarse a sí mismo.

Que es lo que viene a hacer Loquillo a un concierto, interpretar lo suyo, hablar muy poco y ofrecernos un contexto para recordarnos por qué lleva 40 años trabajando esto (y en esto) de la "rock´n´roll actitud". Algo que, además de ser el título de la canción que con la que abre la gira del mismo nombre, es el etéreo gancho que nos ofrece a sus "believers" para seguir creyendo en él, para que mantengamos la fe. Y además de por las letras de las canciones, el contexto se nos ofrece a través de los vídeos que las acompañan en la pantalla central del escenario durante la mayor parte del concierto: estibadores en blanco y negro mientras canta "El hijo de nadie", políticos en color mientras suena "El mundo que conocimos" (¿será casualidad que el Emérito apareciera jurando la Constitución mientras José María dice algo de "los ideales abandonados"?), Petrovic, Epi y compañía en "Memoria de jóvenes airados", fragmentos de la movida en "En las calles de Madrid".

Duró cerca de dos horas y media la cosa. La primera parte estuvo más centrada en sus temas de los 90 con Los Trogloditas y contemporáneos en solitario, pero no faltaron "El rompeolas", "Rock suave", "El ritmo del garaje" o una "Carne para Linda" con la que Loquillo bajó al foso para dar manos y chocar puños contra supervivientes del tupé y niños bien educados. Y, tras una pausa de unos cinco minutos, llegó la segunda parte, con la banda en una actitud incluso más rockera que en la primera, como el famoso "sketch" del amplificador de Spinal Tap en el que la rueda del volumen podía pasar del 10 al 11. "¿Y no se puede dar más volumen al 10? ¿Para qué?, este llega hasta el 11".

"Luché contra la ley", "Channel, cocaína y Dom Perignon", "El hombre de negro", "Quiero un camión", "Esto no es Hawaii", "Rock´n´roll Star" tocadas de forma esencial, primitiva, rasposa. Hubo un momento en que se adelantaron el rocker Cobo y el glamer Paskual para unir sus guitarras casi de forma pornográfica y resumir perfectamente el dominio empollón de la historia del rock del que presume la banda de Loquillo. "Cuando fuimos los mejores" tuvo aroma y estética litúrgicas, "La mataré" vino precedida de un sólo del bajista Alfonso Alcalá tan rabioso que daba miedo, "Feo, fuerte y formal" sonó tal cual, y los ocho minutos de drama de "Cadillac solitario", con Loquillo mirando a un infinito en el que seguramente están L.A. y el Tibidabo y él mismo viéndose a sí mismo en un bucle infinito, nos trasladó a todas las noches de las que hemos sobrevivido. Cuando se encendieron las luces teníamos cara de haber pillado a los Reyes, el Ratoncito Pérez, Papá Noel y al Niño Jesús, todos juntos y en plena faena. Fue muy guay.

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