03 de marzo de 2019
03.03.2019

Un mal día

03.03.2019 | 04:15

Obras de Falla, García Abril
y Strauss
palau de la música

Orquesta de València. Director: Ramón Tebar. Solista: Pablo Ferrández (violonchelo). ­Lu­gar: Palau de la Música (Sala Iturbi). Entrada: Alrededor de 1500 personas. Fecha: Viernes, 1 marzo 2019.

Había razonable interés en la melomanía valenciana por ver y escuchar al violonchelista madrileño Pablo Ferrández (1991) junto a la Orquesta de València. Ferrández, que en 2015, con 24 años, alcanzó un brillante cuarto premio en el Concurso Chaikovski de Moscú, se ha presentado en el Palau de la Música con una obra tan poco significativa del genio creador de Antón García Abril (1933) como las Variaciones sobre las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla, una suerte de libre fantasía para violonchelo y orquesta en la que el compositor turolense juega y se recrea en la savia fallesca sin trascenderla ni desarrollar algo nuevo o al menos novedoso. Solo en los momentos en los que irrumpe el genial melodismo original la partitura levanta algo el vuelo.

En absoluto ayudó a la comprensión de la nueva obra el acompañamiento vertido por Ramón Tebar, cogido con alfileres y sin más ambición que tratar de que las notas y su claro entramado armónico cayeran en su sitio, algo que no siempre ocurrió. Pablo Ferrández, que ya protagonizó el estreno en España el pasado mes de abril, con Gómez Martínez y la Sinfónica de la RTVE en San Lorenzo de El Escorial, se identifica con los veteranos compases abrileños con pasión y cercanía. Los canta y mima con su evidente talento y la belleza del sonido de su Stradivarius Lord Aylesford, una joya de 1696 que él hace sonar con calidez, temperamento y criterio. Fue, junto con el ovacionado García Abril –que subió al escenario a recoger el aplauso y cariño del público valenciano- el gran triunfador de la noche. El violonchelista madrileño cerró su brillante actuación con el regalo de una lentísima y bellísima versión del El cant dels ocells que a la postre fue lo mejor de la velada.

Estrenado en Fráncfort en 1896, Richard Strauss se inspira en Nietzsche para su poema sinfónico Así habló Zaratustra, monumental fresco sinfónico popularizado por el empleo de su organística fanfarria inicial en la película 2001: Una odisea del espacio, filmada en 1968 por Stanley Kubrick. Sin alcanzar la genialidad absoluta de otros poemas sinfónicos hermanos, como Don Juan, Don Quixote, Till Eulenspiegels, o incluso Una vida de héroe, Así habló Zaratustra es también una obra maestra del sinfonismo universal. Su concisa fuerza narrativa, construida a base de escuetos esbozos, casi pinceladas que rara vez alcanzan los desarrollos de otras composiciones straussianas, reclama enormes recursos técnicos y artísticos, que si no son correctamente atendidos convierten la obra de arte en un montón de notas solo capaces de conmover por su potente caudal sonoro.

Tebar, como antes hizo en las variaciones de García Abril y aún antes en un interludio y danza de La vida breve express que fueron puro trámite, se limitó a (intentar) poner orden en un fresco sonoro que le venía grande por los cuatro costados. No dejó respirar ni transpirar ni a la música ni a sus propios artífices, en una lectura nerviosa, precipitada y de corto aliento. Abundaron los episodios de desconcierto y hasta de descontrol, con una orquesta particularmente desajustada que no tuvo precisamente su mejor día, como ya se evidenció desde la primera fanfarria de las trompetas. No pensó así el público, que brindó una larga y mantenida ovación a maestro y profesores.

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