03 de junio de 2019
03.06.2019

Su majestad, el órgano Hammond

03.06.2019 | 04:15

Pasapogas Hammond Quartet
Café Mercedes

Ustedes se reirán, pero yo recuerdo perfectamente la primera vez que me topé con la música en vivo. No tendría más de siete años. Estaba de vacaciones en Gandia. Acompañaba a mis abuelos durante unos días de septiembre en un hotel que, reluciente a principio de los ochenta, acabaría despidiendo una irresistible decadencia tan sólo una década más tarde, tal como pude comprobar en cuanto me saqué el carnet de conducir. El asesino que vuelve al lugar del crimen y todas esas cosas tan literarias. El aroma de sus maderas añejas y recontra enceradas cubriendo las paredes, el verde cuero ajado de los tapetes de juego incrustado en las mesas del salón social y la penumbra que expelían los dorados apliques a través de pesadas pantallas de vidrio coloreado me condujeron al exterior para reforzar todavía más el sentimiento melancólico que se agazapaba dentro de mi desde aquella vez que, en esos mismos jardines, asistí al primer concierto de mi vida: el que dio un conjunto de jazz instrumental para amenizar el cóctel de bienvenida a los asistentes a un congreso de cierta institución valenciana sobre cardiopatías en la que mi abuelo Rosendo, visitador médico de cierto renombre, desempeñaba labores organizativas. Recuerdo haber jugado y corrido con otros muchachos sorteando señores en traje, señoras con vestidos floreados y los troncos de los sauces plantados en aquel césped que olía a humedad y se sentía fresco bajo los pies, en contraste con las lámparas cálidas y tenues que mitigaban la oscuridad con olor a salitre de la playa borgiana. Todos aquellos juegos se detuvieron en el momento en el que una vibración electrónica hendió el ambiente. Se trataba de un extraño rugido de linealidad sonora discontinua y trémula, pero con una potencia y un veloz dinamismo al pasar de las notas graves a las agudas que me hipnotizó en el acto. Me acerqué al escenario y sufrí una revelación mística, la primera de mi vida, al comprobar que aquel sonido gorjeante, sincopado y giratorio que golpeaba más mi pecho que mis tímpanos salía de un teclado escondido en un mueble de madera similar al del buró en el que mi abuelo trabajaba en casa. Se trataba de un órgano Hammond.

Pocos instrumentos han definido el sonido de una época, de una escena musical o incluso de una estética. Pensemos en la capacidad evocadora de una zanfoña o de un clavecín, que al sonar ponen en marcha en nuestro cerebro escenas de películas que remiten, bien a la Baja Edad Media con sus pícaros y juglares habitando una miseria generalizada, mientras se interpretan romances de ciego o cántigas a la virgen; o bien a los recargados salones del Barroco pre Ilustración, repletos de personajes tocados con pelucas empolvadas y lunares de quita y pon, o damas con perritos en el regazo y abanicos en la mano y en el rostro. El órgano Hammond es de esos pocos ingenios capaces de generar una visión cinematográfica en la gente con los referentes culturales adecuados: la de los años cincuenta, en los que se plantó la semilla que germinaría en forma de revolución y protesta en la década siguiente. Una época habitada por músicos de jazz, vestidos con elegantes ternos de solapas altas y estrechas, dispuestos a insuflar aire fresco a un tipo de música encorsetada en los formatos de big band. Para ello, añadieron al canon el blues y sus ramificaciones, los ritmos caribeños y sus percusiones, así como nuevos instrumentos con la electricidad como denominador común: guitarras, bajos y teclados que cambiaron la sensibilidad tanto del que los manejaba como del que escuchaba sus grabaciones o sus actuaciones en directo, que vieron el nacimiento de nuevos bailes que acompañaban a una forma de expresión más canalla y desenfadada. Nacía el Modern jazz, o Mod, en contraposición con el Traditional jazz o Trad.

En aquella época, el Hammond contó con una primera hornada de héroes como Jimmy Smith, Richard Groove Holmes o Brother Jack McDuff que, desde el jazz más eléctrico y bailable, sentaron las bases para que organistas más jóvenes, como Ian Mclagan, Jon Lord o Brian Auger introdujeran ese sonido en abrasivas interpretaciones junto a combos tintados de rhythm and blues, rock y psicodelia.

Llovió mucho desde aquella actuación en el Hotel Tres Anclas hasta mi ingreso en la elegante secta juvenil de las tres letras, a la que me afilié en gran parte impulsado por el recuerdo de aquella familiar vibración. Así que se pueden imaginar el escalofrío que me recorre el espinazo cada vez que un músico aproxima sus zarpas a uno de estos artefactos, tal y como me ocurrió el sábado a medianoche en el Café Mercedes de Russafa ante el Pasapogas Hammond Quartet. En el grupo del organista Ángel Soriano todos tienen un pasado mod. Han militado en Los Círculos, Afterglow o Goldfingers y ahora mismo están presentando su cuarto EP, titulado Attitude. Su actuación fue un manual de elegancia, dinamismo y respeto por el legado de músicos anteriormente mencionados en la que cada uno de los miembros se reveló como un excelente intérprete, pero más todavía como una parte fundamental de un conjunto ante el que es imposible permanecer con los pies quietos, como quedó claro en "So that". Los instrumentos dialogaron locuaces en "Attitude", que invitaba al baile con esa combinación de Telecaster limpia y flauta travesera atropellada. Conviene subrayar que la banda ilicitana prefirió presentarse en València con un show muy acústico, en el que la tónica general fue un jazz modernista que aprovechó la sonoridad de la coqueta sala russafí. Indudablemente, el teclado tiene un protagonismo irrebatible, pero las percusiones de Diego Alanzabes siempre estuvieron en primer plano, y se colaron rebeldes en "Samberry Cream" en forma de cencerro vacilón con el sabor tropical de aquellos músicos latinos que apuntalaron el jazz neoyorquino con una nueva sensibilidad que acabó llenando pistas a final de los setenta. Por ese camino fue la relectura que hicieron de "Green onions", con un emocionante tumbao de bongos y congas.

Las melodías brillaron especialmente en "Crocodrive", "Lou Smile" y "Foxy Little ghoul" en las que Ricard Chumillas se empleó a fondo con el saxo tenor y la flauta, lo mismo cuando lleva el peso de la canción como cuando las adornaba con detalles saltarines repletos de color. Igualmente sucedió con la guitarra de Jero Colomina, que asumió labores rítmicas densificando el ambiente y arrancó aplausos con su uso del pedal wahwah en "Breakbeat", una maravilla de teclas rizadísimas y saxo nocturno. La batería rebosante de shuffle de Santi Vilella se cobró su presa en "Welcome Mr. Lambert", absolutamente cinematográfica y sesentera en su papel de sintonía imaginaria para películas al estilo de "Flint, agente secreto". Y estupenda esa pieza de northern soul instrumental titulada "Dancing Time", que dejó claro cuáles son los orígenes y el sentir primigenio de este grupo que ha actuado en grandes eventos mods como en Le bal des minets en París o Le clean cut en Barcelona. Y bien merecido lo tienen, porque escasean proyectos de esta calidad y que asuman el riesgo de perpetuar la herencia artística de fenómenos cuyos nombres inspiran devoción.

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