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Vida y delirio de Antón Reixa

El autor relata en "Michigan, acaso Michigan" sus recuerdos durante un coma inducido tras un accidente casi mortal

Vida y delirio de Antón Reixa

Antón Reixa ha vivido mucho y también ha estado a punto de morir. Fue un 26 de octubre de 2016 cuando se quedó dormido al volante, se salió de la carretera y se estrelló en un campo de trigo. Esto le llevó a un coma inducido que se prolongó durante 18 días en los que no dejó de viajar por un mundo afiebrado que era Michigan. Un Michigan, eso sí, con notables influencias gallegas. «Había Chevrolets, Starbucks, un monumento al fontanero desconocido, y también puestos de pulpeiras y un centro comercial en el que Trump repartía propaganda electoral», explica.

El coma, el viaje a Michigan, además de para sobrevivir y recibir unas cuantas pistas existenciales, le sirvió a Reixa para experimentar su enésima transformación. El antiguo profesor, productor audiovisual, empresario, director de cine, músico y poeta, daba paso al Reixa narrador que en el papel se ha traducido en Michigan, acaso Michigan, el libro que ayer presentó en la librería Ramón Llull de València.

«Para mí el coma no tuvo ningún impacto sobrenatural. Decidí escribir esto por necesidad terapéutica, para comprobar que estaba vivo -señalaba ayer el autor a Levante-EMV-. Y escribiendo me di cuenta de que cada uno tenemos el subconsciente que merecemos. No había nada sobrenatural, no había túnel, pero lo que describo de mi delirio tiene mucho que ver con lo que había escrito siempre porque las cosas pasan factura».

En su mente de «pequeño Bukowski» en coma Reixa parió una historia en la que, además de Trump y las pulpeiras en Michigan, aparecían pakistaníes enanas y muy feas que le querían transmitir superpoderes, esculturas que le seguían con la mirada, un torero en taxi y el silencio-barullo de John Cage. «Desde mi pensamiento ateo yo siempre había pensado que la muerte debía de ser lo más parecido a un coma. Pero de eso nada: el coma es un barullo de puta madre, y yo estuve todo el rato con una discusión intensísima conmigo mismo», explica.

Al final de su «delirio hiperrealista», el autor intenta explicar el origen de su Michigan particular. «Por ejemplo, lo de las paquistaníes enanas que me ponían un dedo en el ojo para transmitirme su poder parece que tiene que ver con que, durante el coma, las enfermeras te ponen una crema en los ojos». «Supongo que con esto -añade-, lo que he intentado es desacralizar el coma. O quizá también ha sido por terapia? Quería transmitir cosas tan elementales como que la gente se acuerde de darle las gracias a sus cuidadores y cuidadoras, y que el coma no es tan estimulante, no hay luces extrañas ni túneles».

Lejos de «literaturizar» su delirio, Reixa ha optado por un estilo descriptivo y sin juicios de valor. No en vano asegura que «la imaginación está sobrevalorada», pensamiento que él atribuye a su vertiente poética («lo único que ha sido constante en mi vida», confiesa). «Aprecio muchísimo a mis amigos novelistas, pero vengo de otro mundo, el mundo mínimo de la poesía, en el que todo sale de un momento», indica.

Durante su narración, Reixa, -«militante de la perplejidad» y devorador de libros de Paul Auster-, incide en el carácter casual de su historia. Michigan, acaso Michigan es, según escribe, «palabras al azar traumatológico que marca un antes y un después en la vida de este gallego asmático y mimoso». «La ciencia y las religiones han fracaso tratando de explicar la casualidad, que es lo que determina la vida de las personas -afirma-Por eso se han inventado las religiones, porque es insoportable creer en algo y chocar con otra cosa inesperada y constante como es la casualidad».

Además de las literarias, aquel accidente tuvo otras consecuencias en forma de secuelas físicas y una ruina económica por no haber podido mantener su productora audiovisual. Pero eso le permitió volver al Reixa creador de las décadas de los 70 y 80. «Yo ahora me siento fundamentalmente un artista y, además, obsesivo. He calculado cuántos libros puedo escribir en el tiempo que me queda de vida. Pienso obsesivamente en volver a ser artista, y eso incluye escribir, hacer perfomance, volver a reunir al grupo y tocar. Quiero morir siendo un artista».

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