El genio de las pesadillas
Hace cuarenta años desaparecía en su residencia de Los Ángeles, Alfred Hitchcock, maestro inimitable del arte del suspense

El genio de las pesadillas
Claudio Utrera
Dotado de una personalidad confusa, obsesiva y algo retorcida -se enamoraba perdidamente de sus actrices y desdeñaba sin el menor pudor a la mayoría de sus actores- logró demostrar urbi et orbi su enorme capacidad para mantener al espectador en vilo ante una pantalla mediante el empleo de la angustia como elemento transgresor en una sociedad virtualmente anestesiada por sus viejas certezas acerca de ciertos valores que niegan, entre otros hechos, las raíces fundamentalmente culturales de muchas patologías criminales, que con tanto empeño exploraría a lo largo de su carrera. Con estas cualidades, presentes en la mayoría de sus filmes, Alfred Hitchcock (Leytonstone, Londres, 1899/Bel Air, Los Ángeles, 1980) obtuvo sus principales credenciales para ostentar el merecido título de "mago del suspense", sobrenombre con el que sería reconocido popularmente en todo el mundo y que contribuiría a proyectar su imagen de clásico imprescindible para cualquier historia universal del cine que se precie.
Este año se cumplen 120 años de su nacimiento y en 2020 se conmemoran cuatro décadas de su desaparición y, aun así, sus películas -más de cincuenta en seis décadas de carrera ininterrumpida- siguen seduciendo a tirios y a troyanos, inspirando remakes, que en ningún caso han alcanzado el magnético poder de su genio, pero que indican la admiración que le han profesado sus compañeros de profesión desde su paso por el cine mudo en su Inglaterra natal hasta 1976, año en el que dirige La Trama (Family Plot), su último trabajo cinematográfico. Si es verdad lo de que un clásico es todo aquello susceptible de ser imitado, el realizador británico reunió durante su dilatada carrera artística tantos aciertos y tal cantidad de seguidores que nadie le cuestionó jamás su pleno derecho a exhibir tan elevada distinción.
Cuando aludimos a su oronda y flemática figura, hábilmente esculpida en el imaginario popular durante décadas, lo hacemos siempre guardando un cierto tono reverencial; como si se tratara de la cumbre suprema de este arte tan envolvente, complejo y adictivo que es el cine. Y no andan en modo alguno desencaminados quienes, convencidos de su maestría, aseguran que, además de haber alcanzado con originalidad, inteligencia y talento un espacio privilegiado en el santuario donde reposan los grandes creadores del siglo XX, ha sido, junto al gran John Ford, el único cineasta en la historia que ha logrado el sueño dorado de cualquier director con aspiraciones: complacer por igual los gustos de la crítica más exigente y las demandas del gran público, y sin tener que renunciar por ello a su muy preciada independencia creativa. De ahí que una gran parte de su obra contenga, perfectamente combinados, todos los elementos medulares que requiere un espectáculo cinematográfico para su correcto funcionamiento: reunir la triple virtud de entretener, emocionar e ilustrar. En ese campo, qué duda cabe, nunca tuvo un rival a su altura.
Sus películas, especialmente las de su etapa hollywoodiense, siguen conservando hoy, en su mayoría, la misma frescura, solidez y aliento dramático con las que fueron concebidas en su día. De ahí que lo más problemático a la hora de valorar el conjunto de su obra sea el poder determinar con la máxima precisión cuál de sus más de sesenta títulos obtiene la nota más alta y cuáles acusan, de alguna manera, el inexorable paso del tiempo. Invadidos por el natural entusiasmo que en desigual medida nos convierte en cierta suerte de catalizadores sometidos a la urgente y complicada misión de valorar un puñado de obras maestras cortadas por el mismo patrón para, de este modo, y ajenos por competo a la conocida sarta de lugares comunes con la que se intenta muchas veces simplificar su trayectoria cinematográfica, hemos de situar a cada una en su justo lugar.
Si en otros cineastas de menor fuste semejante tarea resulta, además de clarificadora, imprescindible para conseguir apartar el polvo de la mediocridad de la paja del talento, en Hitchcock se nos antoja un esfuerzo doblemente fatigoso pues la suya es una obra de tal coherencia, particularmente la que realiza a partir de Rebeca (Rebecca, 1940), el pistoletazo de salida de su etapa americana, tan conectada estilística y conceptualmente entre sí que, dentro de su variedad argumental, configura un corpus absolutamente homogéneo, sin aparentes fisuras ni giros narrativos especialmente chirriantes.
Ello no implica, sin embargo, que el "mago del suspense" no cometiera deslices notorios a lo largo de su extensa y reverenciada filmografía, ni que ciertos aspectos de la misma no pudieran ser hoy cuestionados desde una perspectiva, llamémosle así, más reposada, sin excesivos apasionamientos ni filias incontestables, con la ecuanimidad que nos proporcionan los innumerables visionados que acumulamos de cada una de sus películas, incluso a pesar del culto, inmerecido en algunos casos, que se les rindiera en el pasado.
El lado menos expresivo
Con la plena garantía de que recibiré las consabidas interpelaciones de sus incondicionales, pero también con la certidumbre de que la virtud de la perfección no es más que un mero reflejo de la pasión personal que, por una u otra razón, podamos dispensarle a nuestros creadores favoritos, Pero ¿Quién mató a Harry? (The Trouble With Harry, 1955) es una de las pocas disidencias que hemos mantenido con la obra del maestro, película provista de un argumento netamente hitchcockniano y que, pese a contar con un reparto encabezado por intérpretes tan formidables como Shirley MacLaine, Edmund Gwenn, John Forsythe y Mildred Natwick, acaba mostrando el lado menos expresivo de la brillante dramaturgia que preside casi toda la obra de este director. El tono insospechadamente monocorde que destilaba aquel filme, a caballo entre la comedia incisiva y el relato criminal, unido a una puesta escena algo impostada, conseguían ensombrecer el desarrollo de una trama con la que Hitchcock intentaba imprimir un nuevo giro a su refinado estilo cinematográfico.
Algo similar sucedió con una segunda versión que realizó en 1956 de su clásico El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1934), un filme en muchos sentidos excepcional pero que no alcanza la admirable precisión estilística de, por ejemplo, Pánico en la escena (Stage Fright, 1949), La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, 1943) o de cualquier otra de las películas que dirigió durante aquellos años.
En su afán por reinterpretarse constantemente a sí mismo y por ahondar en sus propios hallazgos, el viejo Hitchcock recorría en casi todos su trabajos un mismo itinerario sin que ello significase en ningún momento privar a sus películas de su propia lógica interna ni, por supuesto, de su autonomía narrativa. Cada uno de sus filmes era, en pocas palabras, un trabajo concienzudo, de creación pura, que respondía a un sentido de la narración perfectamente ajustado a sus peculiares necesidades expresivas.
Vista hoy, con la serenidad y distancia de criterio que proporciona el paso del tiempo, su obra, a la que habría que recurrir siempre que se pretenda profundizar en la compleja estructura secuencial del arte cinematográfico y para describir la manera más penetrante con la que se pueden mostrar las angustias del ser humano en una pantalla, no solo conserva íntegramente todos estos valores, sino que los proyecta más allá de la época en la que ésta fue creada y sin perder un solo ápice de su enorme potencial dramático.
Hay que ser frío como el granito y perfecto como el sofisticado mecanismo de un reloj suizo, para conseguir que el miedo, el más palpitante y demoledor de los sentimientos que asedian la vida del hombre, no sólo sea verosímil en la pantalla sino absolutamente creíble fuera de ella, es decir que llegue a trascender a la propia realidad una vez que el espectador abandona la sala de proyección y se reincorpora al mundo de los vivos. Hitchcock supo hacerlo, supo expresar como nadie la fragilidad psicológica de decenas de personajes que huyen del miedo en medio de un clima de auténtica pesadilla. No hubo un solo filme en el que no se detectara esta singular manera que tenía de provocar espasmos, zozobra y pánico. Esa forma tan peculiar de introducirnos, sin apelación, en los circuitos del terror más abismático y temible: el terror de matriz psicológica.
Persecución y sueño
Desde la trepidante y terrorífica persecución que sufre Cary Grant por una misteriosa avioneta a través de un campo desolado en Con la muerte en los talones (North by Norwest, 1959) hasta los angustiosos sueños premonitorios de Gregory Peck en Recuerda ( Spellbound, 1945), pasando por la aterradora amenaza que se cierne sobre una pequeña ciudad costera en Los pájaros (The Birds, 1963); el obsesivo sentimiento de culpa que bloquea a Tippy Hedren en Marnie, la ladrona (Marnie, 1964); el crimen que observa James Stewart mientras fisgonea con sus prismáticos la vida privada de sus vecinos en La ventana indiscreta (Rear Window, 1964); las fatídicas secuelas mentales del desdoblamiento de personalidad de Anthony Perkins en Psicosis (Psycho,1960); James Stewart intentando desvelar el misterio perturbador que encierra la personalidad de Kim Novak en Vértigo/ De entre los muertos (Vertigo, 1956); la desasosegante atmósfera criminal desatada por Ray Milland en Crimen perfecto (Dial M For Murder, 1954); el infierno psicológico de los nueve supervivientes de un naufragio en Náufragos (Lifeboat, 1944); la sombra ominosa que proyecta la difunta Rebeca de Winters sobre Joan Fontaine en Rebeca (Rebecca, 1940) o la enigmática personalidad que muestra Gregory Peck ante una tímida y desconfiada Ingrid Bergman en Recuerda (Spellbound, 1945), brotan millares de imágenes irrepetibles que integran la memoria icónica de una sociedad cuyos incontables tabúes encuentran en el cine del director británico el mejor espejo para su representación.
Envuelto por el celofán de la cotidianidad, donde no parece suceder nunca nada excepcional, el autor de Frenesí (Frenzy, 1972) poseía la formidable capacidad de sumergirnos en los aspectos más insólitos de la realidad -y sin salirse nunca de su propio perímetro-, en la densa gravidez de una atmósfera de pesadilla, que reflejaba fielmente gracias a su extraordinaria destreza narrativa y a su muy británico sentido del humor. Bajo este turbio escenario, los personajes que poblaban sus películas, especialmente los femeninos, mostraban a menudo unos perfiles de tintes kafkianos al aparecer impregnados del propio mal que está envenenando sus vidas, transformándolos en seres completamente ajenos a su entorno social, desconectados por completo de la realidad.
De ahí que sea el climax, en lo que Hitchcock siempre demostró ser un maestro insuperable, el factor que irá marcando sus pautas de conducta e irá desvelando sus contradicciones, a pesar de que, en el fondo, y gracias a sus profundas creencias católicas, siempre guardó un hueco en su atormentada conciencia para dar rienda suelta al moralista que llevaba semioculto en las entrañas de su subconsciente.
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