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Al cielo, superstar

Generoso y desapegado en lo material, alternó la vida pública con una reclusión de ermitaño

Al cielo, superstar

Al cielo, superstar

Aquel momento era mágico y grotesco a la vez, un poco como su protagonista. Apretabas «play» y la fanfarria anunciaba un sórdido ritual que se repetía cada velada. El público, joven y espoleado por el alcohol barato y un perico de tercera división, se estremecía dentro de sus chándales de vivos y brillantes colores. Las zapatillas de burbujas impulsaban a sus propietarios hacia el techo del pub donde yo ejercía de DJ. Las muchachas se quitaban los turbantes y los ganchitos fluorescentes y soltaban su melena ante lo más parecido a música de verdad que habían escuchado en una vida malgastada en parques suburbiales y aparcamientos de discotecas. Era una de mis pequeñas perversiones, la otra era meter «Comerranas» cuando el garito estaba peligrosamente lleno para ver cómo la peña, en estado subjuntivo a esas horas, se molía a patadas. «Vivir así es morir de amor», por el contrario, limpiaba el ambiente. Hermanaba a bakalas, poperos, yesaires, abogados, estudiantes, pijas, heavies, ingenieros y oficialas de peluquería, que entraban en éxtasis con los potentes cobres y la pureza melódica de aquella barbaridad. Levantaban al cielo los brazos, se llevaban las manos al pecho y se besaban, sin conocer nada en absoluto del tipo que la cantaba. Ni el nombre, vamos. Una descarnada viñeta de sociología pop.

Nadie sabía que, en su juventud, Camilo Blanes había militado en varios combos yeyés, insulto que López Vázquez le brindaba en «Los chicos del PREU» donde también le llamaba chupagomas y alto. Los Daysons y Los Botines no eran Los Bravos, Los Salvajes o Lone Star, pero sirvieron para que el de Alcoy, iniciado en el rock, acabara encontrando un lugar en la escena musical española que empezaba a quitarse el olor a naftalina.

Camilo era un prodigio vocal, trabajador, perfeccionista y ambicioso. Además, componía y arreglaba de una manera más que digna. Su aspecto dulce de rasgos hermosos y algo femeninos le abrieron las puertas por las que entró al público masivo vía melódica, un mercado que en los setenta era la auténtica gallina de los huevos de oro en España. Con los beneficios que obtuvo en la primera parte de su carrera puso en pie la ópera rock «Jesucristo Superstar», tan bien cantada y adaptada al castellano que asombró al propio Andrew Lloyd Weber, padre de la criatura.

Aquella década vio como el alicantino se convirtió en un mito, tan grande como Raphael y Julio Iglesias, pero con unas peculiares características en su relación con el público, los medios y el showbiz que, junto a la manera en la que conducía su carrera musical, repleta de épica, teatralidad y grandilocuencia lo acercaron a gente como Scott Walker, desaparecido también este mismo año.

Generoso, solidario y desapegado en lo material, alternó vida pública con reclusión de ermitaño, al igual que el norteamericano. «Algo de mí», «Vivir así es morir de amor», «El amor de mi vida», «Amor€amar», «Todo por nada» y «Jamás» son perfectas. Su arte era enorme y atípico, nada que ver con baladistas tipo Abraira, Morey, o Danny Daniel. Tenía temas barrocos, enérgicos, potentes y a la vez amables, «To be a man», «Day after day (Aleluya)», «Fresa Salvaje» y «Nunca me amaron así» se pueden pinchar sin ningún reparo junto a canciones de Arthur Brown, Sly and the Family Stone, The Nice, Funkadelic o The 5th Dimension.

«Getsemaní» es, sencillamente, devastadora. Tanto como la movida madrileña y sus ramificaciones estéticas, que desterraron a Camilo y a otros compañeros a América, donde le profesaban una admiración digna de estudio. Repudiado por la nueva ola, por los jóvenes modernos que aborrecían su música y su afectada puesta en escena. Que abominaban de él, que en Nueva York metió a 40.000 personas en el Madison Square Garden. Casi nada. Un solvente multi instrumentista, que produjo discos y compuso canciones para artistas como Miguel Bosé, Ángela Carrasco, Marisol y Manolo Otero. Pese a todo, siguió trabajando incansablemente y cosechó numerosos éxitos. La gente, su gente, seguía acudiendo a las galas y los conciertos. Era un semidiós.

De todo esto, como podrán imaginar, los garrulos que frecuentaban el bar donde yo ponía discos con los éxitos de veranos anteriores, remember casposo y ochentas en español siempre en su vertiente más digerible (nada de Surfin' Bichos o 091) no tenían ni repajolera idea. Adoraban al freak que aparecía en la moviola cantando al revés en abyectos programas de televisión. Allí estaba, con su hórrido aspecto de muñeco cerúleo, con morros y pómulos confeccionados por un caricaturista cruel en vez de por un cirujano competente. Otro personaje más con que inundar el paisaje catódico con espacios cuyo objetivo era reírse de la peña más o menos famosa. Y cuando no lo arrastraban, lo hacía él solito. Como cuando llegó «Mola mazo», canción ridícula que intentó conectar con un público que, como los que habitaban en mi garito, flipaban con sus desmanes estéticos y sus parrafadas en la caja tonta más que con su música.

Los más avezados lo reconocían por salir cantando junto a Alaska, pero igual que reconocían con el mismo interés y admiración, sólo por salir en la tele, a un mendigo jorobado, a un esquizofrénico con delirios de deidad extraterrestre, al enésimo cuentachistes gaditano, a un cazafantasmas estafador o a un aristócrata con demencia senil. La picadora de carne humana funcionaba a toda pastilla en los noventa, menudos cabreos se pillaban Pepe Sancho o Fernán Gómez en un país que supuraba estupidez y mala educación por ese boquete infectado de 25 pulgadas y 625 líneas.

En ese ambiente de maledicencia se dispararon los rumores sobre su locura, su invalidez, sus enfermedades, su muerte, su inclinación sexual. Dañinas especulaciones alimentadas a su pesar por una extraña personalidad y una sobreexposición innecesaria y mal gestionada que sólo contribuía al desvanecimiento del mito, a la humillación pública de un gran artista que parecía ir desapareciendo de la conciencia colectiva al mismo tiempo que compañeros como Raphael resucitaban una y otra vez con reinvenciones periódicas y un control férreo de su imagen y legado.

En el caso del de Linares parece que con una sola canción parece haber agigantado hasta el infinito una leyenda de por sí inabarcable. «Mi gran noche» está sobrevalorada, es insoportable, y en lugar de convertirse en estandarte de horteras, como la tristemente manoseada «Vivir así es morir de amor», resulta que ahora es un himno proto indie. Qué poca vergüenza. Si, además, la que mola es la versión de Adamo, canalla y sexual, tan afilada y dolorosamente real como una daga en las entrañas. No como la pueril, meliflua y censurada que canta aquel que era aquel. Contra esta corriente de humillación de Camilo y su legado ha luchado loablemente «Cachitos de hierro y cromo», seleccionando canciones y escribiendo esos cintillos que son lo mejor del programa. Gracias a este espacio, somos muchos los que hemos buceado en la red para encontrar canciones e interpretaciones que dan la medida real de un artista sublime que apoyado por melodías inmortales y arreglos apabullantes derrochó talento, registro vocal, actitud y personalidad. Se va una persona que, con sus luces y sombras, pasará a la historia como uno de los artistas españoles más geniales y populares, pero también más incomprendidos y menos respetados, quizá porque él mismo no supo comprender el mundo que le tocó vivir, a diferencia de cantantes menos dotados, pero más conservadores.

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