12 de octubre de 2019
12.10.2019

Las 500 obras del Prado que escaparon de las bombas

El Congreso «Museo, guerra y posguerra. Protección del patrimonio en conflictos bélicos» delibera como salvar arte durante las contiendas

11.10.2019 | 21:47

Octogésimo aniversario. El 6 de noviembre se cumplen 80 años del inicio de la evacuación de 500 obras del Museo del Prado a bordo de 71 camiones para ser salvadas de las bombas de la Guerra Civil. Un hecho que recuerda Javier Portús, jefe de Conservación de Pintura Española, en un recorrido por algunos de estos cuadros.

Aunque ahora parezca impensable la destrucción del Prado, la Guerra Civil fue capaz de poner en jaque hace 80 años a la pinacoteca, y obras emblemáticas como el «Carlos V en la batalla de Mülberg» (1548) de Tiziano tuvieron que partir rumbo al exilio tras ser víctimas de este conflicto bélico.

A bordo de 71 camiones, las obras de Velázquez, Goya, Ribera, Rubens, Durero o Tiziano partieron de España desde València y Barcelona, donde se «refugiaron» cuando en 1936 el estallido de la guerra amenazaba con destruirlo todo, para pasar por Francia y llegar a Ginebra en 1939, capitaneadas por el artista Timoteo Pérez Rubio, quien dirigió la operación.

Este hecho histórico cumple ahora ochenta años y centra el Congreso «Museo, guerra y posguerra. Protección del patrimonio en conflictos bélicos» que culminó ayer en el Prado después de tres días en los que expertos de todo el mundo han debatido sobre la protección del patrimonio en conflictos bélicos. Y para rememorar «el periplo hacia la salvación», Javier Portús, jefe de Conservación de Pintura Española del Prado, recuerda el viaje de tres cuadros significativos que nos hablan «de tres aspectos distintos de la relación de las obras del museo con la Guerra Civil».


«Carlos V en la batalla de

Mülberg» (1548) de Tiziano

El cuadro del pintor italiano renacentista fue uno de los primeros censados en la lista de salvamento por ser una de las obras maestras propiedad de la pinacoteca y que permanecía en la institución desde que ésta abrió sus puertas hace ahora 200 años.

Tal era su importancia que, cuando las obras llegaron a Ginebra tas su paso por Francia, presidió la sala principal de la exposición sobre «cuadros exiliados» que se organizó en la ciudad suiza y que también contenía tapices de la conquista de Túnez y otros retratos de monarcas, porque, según Portús, lo que se quería desde España era hacer «una exaltación del imperio español».

De hecho, este fue el motivo por el que «Las Meninas» (1656) de Velázquez, «menos patriota en sus formas», no ocupara este lugar de privilegio que sí querían darle los organizadores suizos.


«La Condesa de Chinchón» (1800) de Goya

El mismo periplo recorrió hace ahora ocho décadas, junto a otras 500 obras del Prado, «La Condesa de Chinchón de Goya», única pieza privada que participó en la antes mencionada exposición de Ginebra ya que, hasta su compra en el año 2000 por parte de la pinacoteca, era propiedad de los descendientes de la retratada, María Teresa de Borbón y Vallabriga.

La protección de esta obra, que se encontraba en Madrid, fue posible gracias «al cambio de paradigma» que se produjo en la II República de 1931, ya que en la nueva Constitución de ese año se hablaba del patrimonio artístico como propiedad de todos los españoles, independientemente de su titularidad. Esto permitió que, según explica el experto, en este viaje se salvaran también obras que «no pertenecían entonces al Prado y que también estaban en peligro durante la guerra».


«San Andrés y San Francisco» (1595) de El Greco

Aunque aún conservada y expuesta a día de hoy en la pinacoteca, la obra de El Greco «San Andrés y San Francisco» no corrió la misma suerte que las anteriores y permaneció refugiada en la planta baja del museo durante todo el conflicto. Un hecho que para Portús sirve para mostrar «otras formas de protección del patrimonio que no pasan por el exilio».

El lienzo permanecía en el madrileño monasterio de la Encarnación como parte de su colección privada, pero la nueva norma constitucional sirvió para que el Prado acogiese bajo protección obras pertenecientes a este tipo de colecciones ajenas. «A pesar de que no fue sacada, la historia tiene final feliz» concluye Portús al alegar que el dinero obtenido por la venta del catálogo y de entradas de la exposición de Ginebra permitió al Prado comprar en 1942 esta obra del pintor cretense.

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