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Entrevista

Daniel Ruiz: "Quien quiera ser feliz y dormir bien, mejor que no me lea"

Ganador del Premio Tusquests por "La gran ola"

Daniel Ruiz: "Quien quiera ser feliz y dormir bien, mejor que no me lea"

Daniel Ruiz (Sevilla, 1976), se siente parte de una tradición literaria de «con mala baba y colmillo» que se inicia con el Lazarillo, pasa por Quevedo y el Quijote y llega hasta Valle Inclán y Azcona. Grandes nombres de la literatura que no han podido impedir que al humor se le siga mirando de reojo en nuestras librerías. «Sobre todo a partir de los 50 cuando se impone la novela social comprometida, en España se ha tendido a considerar la de humor como una literatura menor, menos profunda. Y eso es una injusticia». De cosas injustas, ridículas y muy reconocibles está llena El calentamiento global.

Usted, como Chirbes, sitúa sus retratos de la la sociedad corrompida en el litoral. ¿Qué nos pasa por aquí?

Los paisajes de frontera, de litoral, donde se funden distintas realidades como la industrial, la natural, la turística, me interesan desde el punto de vista literario. Yo me siento en deuda con esa capacidad que tenía Chirbes de sacar el escarpelo y diseccionar la realidad social. Pero él predijo lo que iba a ocurrir, tenía una potencia visionaria que yo no tengo, porque yo solo reflejo el paisaje.

También le veo cosas de otro valenciano, Berlanga. Esa capacidad de reírnos de cosas que acaban mal, los finales infelices...

Siempre he sido muy berlanguiano y siempre me ha interesado la manera que tenía de acercar su mirada a la realidad desde planteamientos humorísticos para descubrirnos lo ridículos que somos. También me interesa ese concepto de lo coral que tenía Berlanga y que yo también intento dejar en mi novela. Lo social casi como un baile de disfraces o un carnaval.

Eso también es muy del XIX.

Justamente. La gran ambición que tenía para esta novela es construir eso que se llama «novela río». Me ha interesado siempre el naturalismo de Flaubert, la manera que tiene de abordar la literatura como una deidad, una persona que está encima del tapete y que va moviendo las fichas de los personajes que viven en sus libros. Debe haber pocas ambiciones más potentes para un novelista que crear eso.

Su novela nos muestra lo mal que suelen envejecer las personas y las ideas. ¿Es usted tan pesimista en la vida real?

No tengo una opinión optimista de los tiempos. Escribo por reacción ante cuestiones que me provocan sorpresa o me repelén. Escribo por calentones y eso produce una literatura de personajes despreciables, pero con un punto que conmueve. Quien quiera ser feliz y dormir bien, mejor que no me lea. La literatura ha de remover algo, arañar. Como decía Panero, escribir ha de ser como escupir. Literatura de salón ya hay suficiente.

¿Le cuesta convivir con personajes tan despreciables mientras los escribe?

Intento que no sean unidimensionales y por eso en todos hallo un resquicio de esperanza entre tantos aspectos oscuros. A todo el mundo le encuentras puntos oscuros y cosas reprobables si convives las 24 horas con él. Cuando nos conocemos con cierta intensidad nos damos un poquito de asco.

De todo lo que ridiculiza en la novela -políticos, empresarios, periodistas, youtubers-, me gusta como clava el «neolenguaje» de las empresas y las instituciones.

Para mí es fácil porque trabajo como consultor de comunicación y una de las cosas que más me fascinan de un tiempo a esta parte son los lenguajes que vertebran el discurso de lo que se impone. Me fascina su capacidad de construir realidades ficticias, son rutilantes y llamativos, pero no dicen nada. Todo eso de la responsabilidad social corporativa, los desarrollos sostenibles, el emprendimiento, esconde la nada total.

¿Y qué sociedad refleja ese lenguaje?

Una sociedad bastante farisea y conformista, en la que el nivel de compromiso es muy limitado. No soy yo nadie para dar lecciones porque soy el primero que no está comprometido en nada, pero hay mucha pereza y mucha pose frente a las cosas que realmente nos deberían preocupar.

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