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Entrevista

Kiko Amat: "Me interesa más la crueldad que la parte benigna de la gente"

«En los 80 en los extrarradios había una hostilidad muy cutre al diferente»

Kiko Amat: "Me interesa más la crueldad que la parte benigna de la gente"

P Le han invitado hoy al Palau de la Música para charlar de música pop y de literatura.

R Sí, llevan toda la vida invitándome a este tipo de charlas porque, cuando empecé a escribir, aquí no existían autores que vinieran de la cultura pop como venía yo. Otros autores, como mucho, se habían fijado en los elementos de la subcultura y de la clase obrera como si fueran turistas. Pero eso no quiere decir que siga ahí. Por trabajo, por oficio y por el tiempo que ha pasado, he trascendido y superado el vínculo rock y subcultural. Escribo distinto y esas herramientas ya no me sirven.

P «Antes del huracán» (Anagrama, 2018) es, seguramente, su novela más ambiciosa pero también la menos musical. ¿Tenía que sacrificar la música para ponerse serio?

R Con los años me he dado cuenta de que todas esas referencias, esa introducción constante de datos sobre el pop y la subcultura en mis otras novelas eran una zancadilla para el lector y para mí, ya que me impedían abrir el abanico y llegar a más gente. Ya no estoy ahí, en esa subcultura. Empecé en ella a los 14 años, acabé a los 20 y ahora tengo 48. Sería absurdo como escritor, y también como tío, seguir identificándome con eso.

P ¿Temía quedar encasillado como Kiko Amat el novelista que escribe sobre pop, mods, skins y todo eso?

R Ya no soy así pero siento un cierto orgullo de lo que he sido. Sergéi Dovlátov dice que el «exotismo del material biográfico es un estímulo literario de importancia». Yo eso lo creo a pies juntillas. Está claro que si yo no tuviera cierta habilidad para juntar palabras, el material biográfico no me serviría de nada. Pero para mí es importante venir de un mundo raro de pandillas violentas y clase obrera, de un mundo ajeno al de la literatura respetable.

P ¿No es usted un escritor respetable?

R Cuando voy a fiestas literarias me doy cuenta de que en la literatura hay clases y que sigue predominando una clase media y universitaria. Yo soy autodidacta, dejé los estudios a los 17 años, sigo siendo una rareza en este mundo literario y es una situación gratamente bizarra. Soy un autor sin tradición local y parece que ni continuación. Cascaré y no habrá nadie que haya cogido algo de mí.

P Bueno, a lo mejor se está incubando su sucesor en este momento...

R Vete a saber. Jim Thompson le dijo a su mujer poco antes de cascar: seré famoso dentro de diez años.

P En «Antes del huracán», y a diferencia de sus otras novelas, los raros aparecen bastante vapuleados, no son héroes.

R Los protagonistas de Rompepistas y Cosas que hacen boom eran gente alienada y un poco destruida, pero siempre tendía a dejarlos en el lado positivo. Si les dañaba era de una manera amable. En Antes del huracán he exorcizado eso, soy menos positivo para ser más realista. Soy muy fan de Flannery O' Connor, que rechaza la moraleja final, no hay salvación, los malos los son hasta el fin. Siempre me han interesado los malos porque me interesa contar el conflicto y la crueldad más que la parte benigna de la gente.

P ¿Por eso en «Antes del huracán» ha cambiado las referencias pop por la II Guerra Mundial y los nazis?

R Es una parafilia infantil. Antes de militar en una tribu yo era el típico nerd tísico con horror cerebral al deporte. Y como todos los nerds de los 70 y 80, estaba obsesionadísimo con la historia de II Guerra Mundial y dentro de ella, por supuesto, con la parte del Eje. Porque no hay nerds de los Aliados, solo hay nerds del Eje porque ahí está el mal y la bizarría. Patton no interesa a nadie, interesa Hitler. El conflicto y el horror de los nazis es fascinante y enfermizo, y escribir sobre ello ha sido un regreso al niño nerd que fui.

P En esta novela el punto de vista del narrador casi ha desaparecido. ¿La edad nos enseña que nuestra opinión vale poco?

R Es una cuestión que viene dada por oficio, disciplina y práctica. No me interesan esas notas al pie camufladas que dejan algunos escritores. Eso lo he aprendido de los mejores autores, no solo de los sureños violentos, que me encantan, sino de escritores más clásicos como Cheever o Tobias Wolff, gente que comunica ideas sin opinar, solo mostrando un personaje o una acción. Yo me obsesioné con eso y repase la novela una y otra vez hasta que no hubiera el menor asomo de interferencia en lo que sucedía a los personajes.

P Su pueblo, Sant Boi de Llobregat, y su manicomio, son esenciales en la novela.

R En mis novelas el peso del lugar de dónde vengo también se ha ido incrementando, pero nunca había cavado tan hondo como en Antes del huracán. El rollo de periferia de Barcelona es crucial en el libro y explica las cosas que les pasan a los personajes. En España ha habido mucha literatura rural pero apenas la ha habido de periferia.

P En cambio, en el cine sí.

R Sí. En el boom literario de los 60 y 70 la gente estaba muy concentrada en el éxodo de los pueblos a las ciudades, pero no nació una tradición literaria que hiciera la continuación de ese proceso. Y creo que fue por una razón de «desclase». En los 70 y 80, a pesar de que de vez en cuando apareciera algún «Pijoaparte», se hablaba de la Guerra Civil o se hacían ejercicios fatuos de posmodernismo, pero la periferia y el extrarradio no interesaban porque no vendían. Pero yo no puedo escribir de otra cosa porque la energía, la ira y la alienación que hay en mis libros son del mundo del que vengo. Tendré miles de lectores o cien, pero me da igual porque uno no escoge el lugar del que viene ni del que escribe.

P ¿Han perdido carácter los extrarradios?

R Con los amigos siempre decimos lo mismo: donde crecimos era un lugar patentemente feo, hostil y asqueroso, pero estaba a medio hacer y teníamos la esperanza de que fuera a mejor. Pero ahora que está acabado, cuando ya no hay descampados ni solares, ya no te puedes engañar. Se queda ya así y por eso hay una sensación de desesperanza.

P ¿Entonces no hemos ido a mejor?

R En aquel mundo, en los 70 y los 80, había una hostilidad muy cutre hacia el diferente, se le aplastaba. Ahora sigue habiendo problemas, pero ha mejorado la mirada hacia los débiles y los distintos. A la gente que iba vestida como yo por la calle, los apedreaban. Ahora, por suerte, se ha superado el componente heroico y belicoso de no ser como los demás.

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