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Muerte, cárcel o rock and roll

Supersuckers

16 Toneladas (valència)

Muerte, cárcel y rock and roll, tres términos muy familiares, en mayor o menor medida, para los asistentes al concierto que ofrecieron los Supersuckers con motivo de la presentación de su decimotercer elepé, en el mercado desde hace tan sólo unos días. Abundaban los roqueros rudos y bragados, con profusión de barbas y tatuajes y recorridos vitales bien interesantes, otorgando al evento un ambiente peligrosón pero auténtico, en el que celebrar una nueva actuación de la «mejor banda de rock en el mundo», tal y como se llevan presentando los de Eddie Spaghetti desde los inicios de los años noventa. Y oigan, algo de eso hay. Haciendo gala de esa filosofía que dice que da lo mismo tocar ante treinta personas que ante treinta mil, el trío norteamericano nos dio un revolcón de energía huracanada, vomitando su atronadora música a un volumen alto y grueso, presentando su nuevo trabajo y repasando su larga y prestigiosa carrera.

Con la vista puesta en Motorhead, estos salvajes incidieron en la vertiente más dura, sucia, rápida y sencilla de su discografía, apartando del camino sus múltiples y acertados acercamientos al country. En ocasiones se hacía difícil reconocer las canciones en los primeros compases mientras salían de la trituradora, con unos músicos sobrados de actitud que brindaban con las primeras filas, levantaban manos cornudas y derrochaban carisma y una imagen espectacular, adornada con alardes capilares, denim ultra gastado, muñequeras, cadenas, gorras de camionero y sombreros a lo Lemmy Kilminster.

Con esas herramientas era imposible fallar en temas como «Dead inside» y «Deceptive expectation», menudas locomotoras; «Luck», una trepanación en toda regla o «The evil powers», con la que abrieron el bolo y mostraron sus poderes. El personal iba saliendo de su estupefacción y se iba metiendo poco a poco en harina cuando llegó el péndulo granítico de «You ain't the boss of me», la curradísima «Dead, jail or rock and roll», original de Michael Monroe convertida en una apisonadora, y una excelente versión de los Thin Lizzy titulada «The cowboy song», donde el guitarrista Marty Chandler se explicó de mil amores, al igual que en «Born with a tail», piedra angular del cancionero de los tucsonenses y punto final al intenso concierto. Triunfadores contra el cáncer, las modas, las formaciones inestables, los proyectos paralelos y la reconversión de la industria musical, el trío de Arizona hermanó por un momento a pijos, rockers, festeros, niñas bien, ejecutivos y abolladas almas rurales con aquel himno titulado «Pretty fucked up», esperadísima copla que desató la pasión de incluso los más tibios, incapaces de mantener el decoro ante un arte fabricado desde las gónadas y dirigido a las entrañas.

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