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Pintor de sensibilidades

Recital de Grígori Sokolov (piano)

auditori del palau de les arts

Pro­gra­ma: Obras de Mozart y Schumann. ­­Entrada: 1.500 espectadores (lleno). Fecha: Jueves, 20 febrero 2020.

Por más que se escuche y disfrute, el piano único de Grígori Sokolov (San Petersburgo, 1950) se percibe siempre cargado de novedad y expectación. El jueves sorprendió y mucho en el inicio de su nuevo recital para el Palau de la Música, trasladado en esta ocasión a la sede prestada del poco inspirador Auditori del Palau de les Arts. Fue con un Mozart futurista decididamente inmerso -en la visión magistral del genio sanpetersburgués- en el siglo romántico. ¡Pura fantasía y atrevimiento! Una invitación a elucubrar lo que hubiera inventado Mozart de tener en sus manos el prodigio del gran cola Steinway específicamente preparado para la ocasión por Javier Clemente, artesano conocer y cuidador de los más íntimos secretos y recovecos del sofisticado instrumento contemporáneo.

Sokolov no se amilanó con las dinámicas ni la invitación a los colores y registros que faculta el moderno instrumento, tan remoto a los que usó Mozart en sus tiempos de los albores del piano. Fue con el preludio de la Fantasía con fuga en Do mayor K 394, que el salzburgués compone en Viena en 1782. Sokolov enfatiza el pentagrama con su imaginación romántica y apasionadamente pianística, que invita a conjeturar lo que hubiera opinado y sentido el compositor de escuchar esta interpretación renovadora que recoge, enaltece y lleva al futuro las mejores tradiciones, y que no es más que exactamente lo que el mismísimo Mozart hizo en su tiempo de fractura.

Luego, tras la sorpresa de este Mozart casi romantizado -o, mejor dicho, romántico ya-, todo cobró lógica y sentido en la fuga, dicha por Sokolov al más puro estilo canónico, con una claridad en las voces y en sus sucesivas exposiciones y reapariciones que hubiera dejado boquiabierto al compositor. No cabe imaginar mayor contención, pureza, claridad y dominio de los recursos del moderno instrumento. ¿Qué hubiera escrito Mozart de haber tenido en sus manos el portentoso «Steinway-Clemente» sobre el que Sokolov retejió su gran fuga? No es arriesgado que conmoverse y emocionarse con la misma intensidad con que lo hizo la mayoría de los melómanos que abarrotaron el Palau de les Arts para escuchar a quien es el último y más admirable eslabón del mejor pianismo universal.

La primera parte estuvo toda ella dedicada a Mozart. Tras el portento contrastado de la Fantasía y fuga y antes del Rondó en la menor de 1787, llegó la célebre Sonata en La mayor, la de la «Marcha turca». El tema de las variaciones que integran el «Andante grazioso» inicial llegó lento, sencillo, natural como una cancioncilla infantil. Nuevo y genuino. Fue el pórtico de una lectura cuyo hilvanado equilibrio otorgó unidad y empaque a una visión en la que cada variación traslucía una nueva perspectiva, una remirada al tema nuclear. El «Rondo alla turca» conclusivo llegó con la misma gracia, frescura, impronta y raigambre pianística que singulariza este puro Mozart que él tanto hubiera disfrutado. ¿Quizá intuido y soñado?

Un giro sideral se produjo en la segunda parte de este programa sin concesiones, ocupada con el Schumann recopilado, rotundamente pianístico y resueltamente romántico de las Bunte Blätter opus 99, colección de «hojas de colores» configurada por catorce breves páginas compuestas a vuela pluma entre 1836 y 1849, y que Schumann no se animó a publicar hasta 1851, agrupadas en un único álbum. Pentagramas algunos livianos y espontáneos, y otros cargados también de exigencias técnicas solo aptas para un coloso como el pintor de sensibilidades Sokolov, artista del color que tamizó el conjunto con infinitos registros y detalles, en un fresco puntillista dibujado con el virtuosismo de Dalí, la imaginación cubista de Picasso, el color acuarelado de Van Gogh y la fidelidad realista de un Antonio López.

Ovación unánime y trufada de bravos, pórtico de la acostumbra retahíla de propinas. Seis, como siempre. Dos Brahms (Klavierstücke opus 118 números 2 y 3), Chopin, un preludio de Rajmáninov, Rameau y un coral Bach-Busoni que cortó el aliento a todos. Bueno, ¡a casi todos! Desde luego, no a los que tan maleducadamente se precipitaron ruidosamente a las puertas de salida mientras el pintor del sonido andaba todavía enfrascado en regalar (también a ellos) la música mejor dibujada. Un poco grosero, la verdad.

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