Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Una casa en Benidorm

Tardor

Sala Moon

Lo penúltimo que supimos de Tardor es que querían comprarse una casa. En Patraix a ser posible. Hartos de pisos compartidos, alquileres, erasmus y otras experiencias acordes con la juventud, querían un hogar en el que sentar cabeza, madurar, hacerse mayores y adquirir responsabilidades. Y resulta que al final han comprado la casa, sí, pero en Benidorm. Y la han cimentado, hermosa pero firmemente, sobre sus recuerdos infantiles y de juventud, con vistas a esa pequeña playa de «El mal pas». Para decorarla han escogido un sonido deudor de grupos que en los años ochenta contribuyeron a forjar un rock hinchado y masivo, como Dire Straits, Pink Floyd o el mismísimo Bruce Springsteen. No en vano sonó «Dancing in the dark» justo antes de que la banda iniciara su show.

Arrancaron su actuación con una «Vull ser com tu» arrastrada, perra, dejando claro el camino por el que iba a discurrir el concierto, con frecuencias elásticas, amortiguadas, pegajoso pop de raíz moderna con profusión de teclados y guitarras tratadas. Con una sencilla y oscura escenografía, entre una neblina tenebrosa, el quinteto arrojaba rayos de luz a través de su brillante música, como en «Comprem una casa», donde funcionaron a plena potencia para revisitar una composición clave en su carrera y de su disco anterior, una obra bañada en cierto encanto naif. Esa candorosa visión queda apartada ahora en El mal pas, en el que utilizan con desparpajo la ironía y el sentido del humor, muchas veces con mala leche, como en el caso de la vibrante «Els cosins», ácida viñeta de la vida cultural de esta ciudad.

El añadido de la pequeña sección de metales dio un fenomenal empaque a varias de las canciones, hasta el punto de que muchos asistentes comentaban la necesidad de explotar más y mejor este recurso por la calidez y el plus de energía que daban. Quedó patente en esa impresionante muestra de amor que es «M.», conmovedora de verdad, que arrancó lágrimas a más de uno.

Por un momento pareció que el tedio se apoderaba del ambiente, afeado por esa estúpida costumbre del personal de continuar a gritos las conversaciones de la calle y el bar, pero la banda remontó el vuelo atacando «L'eufòria» y «Mai somrius», que encierran la quinta esencia de su saber hacer con esa potencia indie y esas palabras inteligentes. Aparecieron de nuevo en «No necessite més» las guitarras restallantes y ochenteras con ecos de estadio, el ritmo pesado y las teclas grandilocuentes para llenar una sala repleta e ilusionada por ver el inicio de la gira, con ganas de pasarlo bien. Así que, a partir de aquí, se desató la fiesta con la épica emocional de «Nevar a València» y «La llum incondicional», acelerada y monumental, coreada por un público a punto de caramelo para la despedida con sabor a victoria de «Digne de recordar», lustrosa, sensacional con los vientos invocando el «Born to run»- un, dos, tres, quatre!- y poniendo el punto y seguido a una de las realidades musicales con más calidad y futuro de nuestra tierra.

Compartir el artículo

stats