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Crítica musical

La magia de mecano 29 años después

La magia de mecano 29 años después

La magia de mecano 29 años después

Aplausos, gritos, bailes, cabeceos y hasta algunas lágrimas se apoderan del patio de butacas del teatro La Rambleta durante la representación de «Cruz de navajas», el espectáculo que Gonzalo Pérez soñó hace años para rendir homenaje a la música y a la época de Mecano y que hizo su estreno mundial este martes en el auditorio del barrio de San Marcelino de València.

Hasta el 29 de marzo, los valencianos y visitantes tienen ocasión de contemplar y participar de un espectáculo único sobre el grupo referencia del pop español. Después, la producción se marcha a Madrid, al recinto de Ifema, donde le espera sin duda el éxito nacional y el eco internacional.

«A veces, los sueños se cumplen», afirmaba un emocionado Gonzalo Pérez al finalizar el espectáculo, rodeado de sus ocho cantantes, diez músicos, doce bailarines y todo el equipo de producción. Él quiso que el montaje arrancara en València, al contar con capital valenciano, y que La Rambleta fuera el banco de pruebas para su despegue. Y la prueba resultó un éxito rotundo. Los arreglos de Isaac Ordóñez dan a la música de Mecano un toque renovado, a veces incluso sorprendente, pero sin perder la línea original, la que el público se sabe de memoria y canta desde la primera estrofa.

Los ocho solistas que se reparten la enciclopedia musical del grupo madrileño realizan un trabajo sobresaliente, que alcanza momentos de magia como en la interpretación del «Blues del esclavo». Hace 29 años que los componentes de Mecano, Ana Torroja y los hermanos José María y Nacho Cano tomaron rumbos individuales, pero ese tema con ritmo de tango íntimo, cuya letra da nombre al celebrado álbum «Descanso dominical», de 1988, es la prueba perfecta de que las letras de Mecano cuentan historias y están más vivas y actuales que nunca, relatos que remiten al espectador a las colas de refugiados de Turquía para entrar en Grecia o a los talleres clandestinos de manufacturas de cualquier país del mundo.

Las coreografías del singular ballet dirigido por el valenciano Sergio Alcover son otro de los platos fuertes de la obra. Energía, simpatía, alegría... Es lo que transmiten los bailarines en sus constantes comparecencias sobre el escenario, en las que quizás sobra la de las barras de baile donde ellas y sobre todo él despliegan ejercicios imposibles.

El nivel musical (no tanto el sonoro) de la producción es también sobresaliente. El grupo de músicos instrumentistas tiene un papel destacado tanto sobre el escenario como en segundo plano, en el que una espectacular iluminación da brillo y profundidad al espectáculo. Las guitarras, el viento y la batería llevan el peso con brío y firmeza, y las dos percusionistas de melena azabache dan una lección magistral en «Una rosa es una rosa» y otras piezas. «No es serio este cementerio» es el momento en el que los efectos digitales de la producción toman un especial protagonismo, que alcanza el clímax con la última pieza, «Barco a Venus», con la que el público se levanta y se desmelena.

El espectáculo de La Rambleta hará sentir al espectador como en un teatro de Broadway o la Gran Vía. Tiene todos los ingredientes necesarios para triunfar a lo grande, durante meses, años quizás, si encuentra espacios con medios técnicos adecuados y con el tamaño ideal para hacer disfrutar de un gran musical sin romper la relación de proximidad con el público. Los «Héroes de la Antártida» con los que todo empieza estarían orgullosos, y también Mario, el marido de María, la de «Cruz de navajas», si hubiera vivido para contarlo.

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