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La nobleza de lo pequeño

Las letras mayúsculas no me gustan. Con ellas se escriben los nombres de personajes famosos, sus hazañas, las batallas que ganaron porque siempre hay una guerra en sus gloriosas biografías. Por eso me gustan las letras minúsculas, las pequeñas biografías, los sitios que de tan insignificantes apenas se hacen visibles en los mapas. Lo que sucede en esos sitios es como el resumen de lo que acontece en el mundo. Más o menos como el Aleph de Borges, pero sin la helada prosa del escritor argentino.

Ahora mismo, ese mundo es para mí el de la gente que sigue currando para que podamos mirar desde la ventana cómo el compromiso y la entrega a los demás se viven dentro de los hospitales, vaciando de basura los contenedores en las calles, vigilando que los descerebrados no hagan de las suyas, transportando productos de primera necesidad, dando la cara en las cajas de los supermercados?

Por eso hoy me gusta escribir de lo pequeño. En Gestalgar no se ve a nadie por las calles, como está mandado y repite a todas horas el bando del Ayuntamiento. Ahora, como cantaban los Four Seasons, el silencio es oro. Y para ayudar a que eso sea posible, contamos con esas personas y comercios que se han convertido en imprescindibles para todas las demás. La nutrida carnicería de Jose y Maribel, Lori en su pequeña tienda, el horno de Mari Loli con Alex e Iván, el estanco de Mari Carmen donde empiezan las rochas del Ciazo hacia los Ermurones, ese quiosco donde Juan Carlos y Silvia no tienen nada que envidiar a cualquier gran supermercado, la farmacia de Mariano, con Vanessa haciendo de consejera para lo que haga falta. Sin olvidar al grupo de la Cooperativa de mujeres, que sigue con sus trabajos de limpieza y de apoyo a las personas que lo necesitan. Lo mismo que los servicios de Correos y Ambulancias, y esas otras mujeres que están haciendo mascarillas desde su Taller de Memoria. ¡Ah!, y no faltan los vídeos que se monta Juan Carlos Nogales, monitor deportivo del Ayuntamiento, para que mantenerse en forma no esté reñido con las normas estrictas del confinamiento.

Es verdad que el miedo siempre es utilizado para sus intereses por los que mandan en el mundo. Por eso aquí y en todas partes hemos invertido las reglas y convertido el miedo en coraje, en esa forma noble y hermosa de solidaridad que tanto escaseaba cuando los tiempos eran otros.

En la ciudad hay edificios donde han puesto en los ascensores esos carteles en que unas familias se ofrecen para lo que sea al resto del vecindario. ¡Qué gesto tan admirable! La letra minúscula de las pequeñas biografías es la que hace grande lo que hacemos. Por eso me gusta este domingo escribir precisamente de lo pequeño, de eso que existe en todas partes, en una gran ciudad o en el núcleo rural más invisible y despoblado. Las hazañas de esa gente que humildemente nos ayuda a ganar la gran batalla: esa que cada día nos enfrenta a nosotros mismos para saber quiénes somos de verdad, sin la trampa y el cartón de esas rimbombantes apariencias que sólo son un Bluff, escrita la palabra, eso sí, con esa ridícula mayúscula que sólo servirá para nombrar indignamente la impostura

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