Hace cincuenta años que se fue cada uno con su música a otra parte. Cuando no habían cumplido los veinte, empezaron a tocar en los antros de Liverpool y Hamburgo. Eran unos críos y en 1962, con Love me do, iniciarían su camino a la fama. Canciones muy de adolescentes, letras un poco bobaliconas, ritmo rápido, pero sin estridencias. El cabello peinado a lo «casco». Los melenudos de Liverpool, los llamaban. Trajes entallados, corbatas finas y botines. Los Beatles entraban en nuestra vida a paso más lento que en otros sitios. Aquí no era fácil que entrara nada de fuera, y aún menos si tenía la pinta del desorden. Cuando vienen a España en julio de 1965, la prensa dice que «llegan los demonios» y hace un llamamiento a que las chicas se queden en casa, como si la visita de los Beatles fuera como lo que tantos años después -salvando todas las distancias, faltaría más- supuso para todo el mundo el maldito coronavirus de las narices.

Llegó a decir John Lennon que eran más famosos que Jesucristo. La inquisición los crujió a latigazos y les reservó un lugar especial en los abismos tormentosos del infierno. Pero la verdad es que en poco tiempo se habían convertido en un fenómeno que trascendía espectacularmente el mundo a veces demasiado conformista de la música. No eran la revolución, claro que no, pero removieron la cultura musical de los años sesenta al tiempo que desde otras perspectivas estaban haciendo artistas como Bob Dylan o Joan Báez y antes habían hecho, en esa misma línea, maestros como Woody Guthrie o Pete Seeger. Por aquí empezaba Raimon a ensanchar el molde de la cançó y la música, en sus estilos más diferentes y hasta opuestos, ocupaba un espacio importante en la cultura de aquellos años. En ese panorama, los Beatles fueron quienes más implantaron su ley, una ley que poco a poco, disco a disco, iría creciendo hacia un estrellato que a día de hoy no ha desaparecido.

Dicen los entendidos que Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, editado en 1967, es el mejor álbum de la historia. No sé si es verdad porque no soy especialista en nada, y mucho menos en asuntos musicales. Creo que fue Paul McCartney quien dijo que ese disco no habría existido si un año antes no hubieran publicado los Beach Boys (con ese genio loco de Brian Wilson al frente del grupo) esa obra maestra que fue Pet sounds. El caso es que en poco tiempo levantaron una obra musical que seguramente no ha tenido equivalente hasta ahora mismo.

Hace cincuenta años los Beatles se fueron cada uno con su música a otra parte. Casi a trompicones, habían grabado Let it be en 1969 y cuando se publicó el álbum en 1970 ya hacían los cuatro su guerra musical por separado. La culpa de esa separación se reparte, como sus éxitos mayores, entre Lennon y McCartney. Incluso se la echan a Yoko Ono, porque dicen que le comió el tarro a John Lennon. Qué más da quién tuvo la culpa. Lo que pasó tenía que pasar: era muy difícil soportar tanta presión, y de tan diverso pelaje, a quienes con poco más de veinticinco años ya lo habían hecho todo en el mundo de la música y la cultura de aquella década llamada por algunos y desde diversos puntos de vista prodigiosa. Me acuerdo de que mi amigo lliriano Manolo Capeto, guitarrista de Los Errantes, tenía un taller y cuando entraba y encendía las luces empezaba a sonar This boy, una de las dos o tres canciones beatles que más me gustan. Yo creo que fueron los mejores, aunque seguro que hay opiniones para todos los gustos. Hace años, en una entrevista, el escritor argentino Ernesto Sábato le decía a un crítico de música clásica que si le gustaba Mozart seguro que también le gustarían los Beatles. No lo digo yo, lo dice Ernesto Sábato. Nada menos.