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El cine que busca su lugar en el mundo

Un libro coordinado por el director de la Mostra, Eduardo Guillot, repasa a través de 50 películas la producción latinoamericana del siglo XXI

El cine que busca su lugar en el mundo

Recuerda el responsable de la Mostra de València, Eduardo Guillot, que cuando la BBC elaboró una lista de las cien mejores películas del siglo XXI (¡en 2016!), solo incluyó las de seis directores latinoamericanos: Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro, Lucrecia Martel, Juan José Campanella, Fernando Meirelles y Kátia Lund. Y tres años después, cuando hizo la lista con las mejores películas de todos los tiempos, solo tres procedían de Latinoamérica. También solo tres películas latinoamericanas (María Candelaria, Viridiana y El pagador de promesas) han obtenido la Palma de Oro en las 72 ediciones de Cannes. Y en las 70 ediciones de los Óscar, solo tres producciones hispanoamericanas han sido reconocidas como mejor película extranjera: La historia oficial, El secreto de sus ojos y Una mujer fantástica.

Un magro palmarés para la cinematografía de un territorio con 650 millones de habitantes y que en lo que va de siglo ha dado películas tan interesantes como Ciudad de Dios, Whisky, El abrazo de la serpiente, La teta asustada, Machuca, Pelo malo, Nostalgia de la luz, Aquarius o Nuestras madres.

«Tanto la crítica como los festivales -huelga decir que también el circuito comercial- parecen inmersos en una inercia peligrosa, que afecta directamente a la diversidad cultural», advierte Guillot en el prólogo de Un lugar el mundo (editorial UOC), un libro en el que una decena de autores de diferentes países coordinados por el director de la Mostra, ofrecen a través del análisis de 50 películas (entre ellas, las nombradas anteriormente) una panorámica del cine latinoamericano en el siglo XXI. Un cine «inserto en la modernidad, pero al mismo tiempo plenamente consciente de su identidad», subraya Guillot.

Un lugar en el mundo aspira a convertirse «en un intento de visibilización de una realidad cinematográfica que se encuentra en un momento crucial de expansión». «Quizá sea pronto para un libro así -reconoce el periodista valenciano-. El tiempo lo dirá. Pero este primer balance trata de llamar la atención sobre una realidad viva y en constante transformación, con particularidades regionales evidentes, aunque todavía tiende a observarse en su conjunto».

Una de las cosas que queda claro al leer el listado de películas analizadas en Un lugar el mundo es la ausencia de lugares comunes y ejemplos evidentes. No encontrará el lector a expatriados en Hollywood como Guillermo del Toro o Alejandro González Iñarritu ni largometrajes tan populares como El hijo de la novia, Nueve reinas o El laberinto del fauno. Tampoco está la premiadísima Roma de Alfonso Cuarón, la «película acontecimiento latinoamericana de la década» y parece que única cinta en español que merece aparecer en las listas confeccionadas desde Europa o Norteamérica.

«Que ese único título haya eclipsado al resto de la producción de la zona en toda la década parece a todas luces desproporcionado -subraya Guillot -, pero es lo que ha sucedido en un mundo en el que, en teoría, el acceso a la información es más grande que nunca y la multiplicidad de plataformas y pantallas permite una supuesta igualdad de oportunidades que no es tal».

«El cine americano hablado en español no empieza y acaba en Cuarón -insiste el coordinador del libro-. Las cinematografías nacionales de Latinoamérica alzan la voz en el nuevo siglo como lo hicieron en el anterior, reclamando el espacio que les pertenece por derecho».

Un espacio con varias barreras históricas para acceder a él como es la sempiterna recesión económica en el continente, la sombra imponente del cine de Estados Unidos y el poco interés del sector televisivo hacia un tipo de producción que suele mantenerse alejada del discurso hegemónico.

Uno de los arietes que Guillot plantea para derribar estas barreras son las coproducciones con la industria europea, pero advierte de que estas colaboraciones «están marcada por la supremacía económica del primer mundo y, por tanto, corren el peligro de financiar el cine que encuentra mejor acomodo en Europa y su circuito de festivales, no necesariamente el mismo que las industrias nacionales de cada país». Aun así, reconoce que esa condescendencia de pariente rico «es un riesgo que probablemente merece la pena correr ante la perspectiva de poder realizar una película».

«Son muchos los obstáculos con los que, aún hoy, se enfrenta el cine latinoamericano para encontrar su lugar en el mundo», señala Guillot parafraseando la exitosa película de Adolfo Aristarain. «Pero al mismo tiempo -añade-, sigue avanzando con paso firme por un camino histórico y marcado por hitos que permiten hablar de un magnífico estado de madurez en algunos países y de un desarrollo prometedor en otros. El futuro, está garantizado».

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