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Lo que no veremos

Muy felices me las prometía yo para los conciertos de la temporada primavera-verano. Tenía muchas ganas de ver actuaciones que, a priori, me parecían un soberano pelotazo y, después, narrárselas como he hecho este último año. Y aquí me tienen, mediado junio y sin vender una escoba por culpa de la maldita pandemia. Qué les voy a contar, si desde hace cuatro meses no se ha hablado de nada más. Así que me quedo con las ganas, sí, pero nadie me va a quitar el derecho a pataleta de, ahondando un poquito más en mi dolor, explicarles lo que podía haber sido y no fue.

Ver a Paul Weller bajo el cielo estrellado de Viveros después de rodar toda la tarde en vespa de bar en bar junto a mis amigos, derramando orgullo de tribu. Recrearme morbosamente ante el amor que la València remembera profesa desde hace décadas a los Simple Minds. Abrazar por última vez la nostálgica borrachera juvenil que supone escuchar la obra cruda pero lírica de Extremoduro. Descubrir a los Foo Fighters en el evento rockero nacional del año y comprobar si son tan enormes como muchos de mis mejores novísimos amigos, de esos que se quedaron sin entrada, me aseguraban. Cerciorarme de que el descomunal ego de Loquillo y el señor que le acompaña siguen cumpliendo con el deber providencial de liderar la gran última banda de rock and roll patrio. Y por qué no, despedir a Perales como se merece en su gira de retirada, rezando a Dios y al Diablo para que cante «Me llamas», que ríase usted de Bryan Ferry y su «More than this».

Cayó el festival urbano de referencia en València, Les Arts, pero también el remozado 4Ever, donde hubiera visto a Madness, tótem de mi educación sentimental, y les hubiera contado si Wilco están tan sobrevalorados como a mí me parece. Peor lo tenía con los Stranglers, cuyo insustituible teclista moría a causa del Covid. Por su parte, Alejandro Sanz, Daddy Yankee y Julio Iglesias, empresas multinacionales con un público masivo, también cancelaron sus fechas, con un morrocotudo descalabro de cifras que escapa a mi imaginación, acostumbrada a propuestas más humildes. Todo eso es lo que no veremos.

Vivir sin música en directo es como ser huérfano el día de la Madre, como «dormir en la estación», que decía Calamaro. Todo un sector industrial se intenta despertar después de meses en coma inducido. Aprovechemos las ofertas por sencillas que sean, respetando las normas sanitarias y teniendo conductas responsables. Lo que sí veremos será una nueva normalidad molesta, extraña y desagradable. Pese a ella, lucharemos en las plateas y en las salas de conciertos. Lucharemos al aire libre y a cubierto, bajo el sol abrasador o en la húmeda noche mediterránea. Lo haremos sentados o de pie, pero jamás nos rendiremos. Llegó la hora de comportarnos generosa y solidariamente, administraciones, público, músicos, prensa, programadores, gerentes, técnicos y personal de los garitos. Si no, el futuro acabará siendo tan tenebroso como la portada de un disco de death metal.

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