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Crítica musical

Tributo y reconocimiento

Tributo y reconocimiento

Después de tantas semanas sin ella, daba gusto reencontrarse con la Orquestra de València, aunque fuese en unas circunstancias tan adversas. Fue el jueves, en un concierto al aire libre en medio de la Plaza del Ajuntament, con un insoportable ruido de fondo, un cámara impertinente que deambulaba entre los atriles de la orquesta como Mateo por su casa sin que nadie le llamara al orden, y un Ramón Tebar que puccineó el surtido y lánguido programa con irritante monotonía y falta de sutilezas. Daba igual que fuese Verdi, Mascagni, Mahler, Elgar, Britten o cualquier otro: todo quedó envuelto y enturbiado con una monocorde pátina verista en la que, para colmo, la música española y valenciana volvieron a estar intolerablemente ausentes, salvo en el pequeñito detalle de un Cant dels Ocells que se «oyó» tan banal y desajustado como el resto del programa.

Pero el protagonismo del concierto no lo desempeñaba la música, sino las miles de víctimas del coronavirus. Se trataba de rendir tributo y recuerdo a tantas personas fallecidas. También de homenajear a «todos los servicios esenciales» que se han volcado y vuelcan en hacer lo más llevadero posible este tiempo convulso y fracturado. Músicas aparte, el acto, promovido por el Ajuntament de Valencia -ante cuya fachada se emplazó el escenario sobre el que tocó la orquesta-, estuvo impecablemente organizado, con escrupuloso respeto a las distancias de seguridad y a todos los protocolos habidos y por haber. Allí, casi sin poder hablar entre ellos por la obligada lejanía y las dichosas mascarillas, estaban todos: desde el president Ximo Puig al alcalde Ribó o la concejala Glòria Tello, muy atenta ella a solventar cualquier incidencia.

Fue un acto emotivo pero frío. Ni la música tan precariamente escuchada -en realidad, más «oída» que «escuchada»-, ni las palabras ni los versos de Marc Granell emotivamente recitados por Vicent Camps alcanzaron a caldear o emocionar el ambiente más allá del sentimiento común de reconocimiento y agradecimiento. Sobrecogía más leer los nombres de víctimas proyectados sobre la fachada del Ajuntament que volver a escuchar el sobado Adagio de Barber -cosas de la vida y de la falta de imaginación: precisamente la misma pieza elegida en Madrid por Isabel Díaz Ayuso para sus numeritos en la madrileña Puerta del Sol-, o el aria de la flor de la Carmen de Bizet absurdamente programada en la versión sinfónica y balletística de Rodión Shchedrín.

Las dos joyas -el Ave Maria del Otello verdiano y el popular El cant dels Ocells- que entonó la soprano Carmen Avivar con más voz y decibelios -¡la amplificación!- que estilo e introspección, fueron aún así los mejores momentos de una noche desigual en la que la música cedió el protagonismo a los héroes de la pandemia. A los vivos y a los muertos. A los enfermos y a todos, porque todos sin excepción somos afectados y víctimas de este maldito virus que trastoca vidas y amenaza el orden mundial, social e individual de cada de nosotros. ¡Menos cuarteles y más hospitales! ¡Menos balas y más recursos sanitarios! ¡Menos fragatas y más cultura!

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