El escritor y periodista Martí Gironell vuelve al Besalú del siglo XIV que ya describiera en El puente de los judíos con la novela continuación, Palabra de judío, en la que combina historias de amor, intriga política y suspense, porque, dice, «no debe haber fronteras entre géneros». Después de haber vendido más de 100.000 ejemplares de El puente de los judíos, Martí Gironell continúa en Palabra de judío (Planeta en castellano y Columna en catalán) una nueva aventura medieval en la que «las palabras y el amor se erigen como la mejor manera para tender puentes entre culturas», ha explicado el autor. Ya cuando finalizó El puente de los judíos en 2006, la novela acababa con el constructor Pere Baró que recibía el encargo de reconstruir el puente del siglo XII de Besalú y le daban un libro para leer, las memorias del hijo del primer constructor. «El relato quedaba abierto y pedía una continuación para saber cómo se hacía esa reconstrucción, cuáles eran las relaciones entre judíos y cristianos, y desde ese momento arranca Palabra de judío, que continúa siendo una aventura medieval, llena de intrigas, pasiones y elementos mágicos», señala Gironell.

Ese punto fantástico tiene su encarnación en el Libro de Creación, «una obra fundamental para la cultura judía, que era pretendido por muchas personas porque sabían que a través de un ritual podía generar vida, el famoso Golem».

Mientras escribía novelas como La venganza del bandolero, El arqueólogo, El último abad, Strappo o La fuerza de un destino, Gironell comenzó en 2008 a documentarse para escribir la continuación de El puente de los judíos. «Sabía que en el siglo XIV muchos judíos fueron expulsados del reino de Francia y se extendieron por Cataluña y el resto de España, y eran cabalistas, médicos, científicos, talmudistas».

Gironell se confiesa un admirador absoluto del género histórico y justifica el éxito que continúan teniendo este tipo de novelas porque «queremos saber qué ha pasado cuando no estábamos», y en este sentido «la novela ayuda a pintar un lienzo en el que el lector se encuentre dentro y así puede conocer esa época».

El puente que se reconstruye funciona no solo como elemento arquitectónico sino también como «metáfora del puente que se levanta entre las dos comunidades, la cristiana y la judía».

El escritor y periodista se vale de dos personajes protagonistas, Kim y Ester, él judío y ella cristiana, para reflejar cómo los problemas religiosos y de convivencia se pueden superar: «Amor y respeto son los dos ingredientes básicos, la primera piedra indispensable para levantar un puente de entendimiento entre las dos religiones», apunta el autor.

Palabra de judío es también, en su opinión, «un homenaje al poder de las palabras y a esta inmensa energía que atesoran las palabras, que también pueden llegar a convertirse en armas arrojadizas». Gironell afronta la escritura como «un oficio en el que aprendes con cada novela a jugar más con los tiempos, con los personajes, con las escenas, con los diálogos», y ve natural mezclar géneros en una misma novela, «no sólo por utilizar los instrumentos para llegar a un mayor número de lectores, sino también porque el amor, la intriga, la cuestión política, el tema esotérico o el misterio son elementos que ya se manejaban en el pasado».

También recurre, como es habitual en su obra, a la cocina, «una gran aliada, pues a través de ella se puede embarcar al lector en un viaje sensorial por la época, para saber cómo se cocinaba, cómo se comía, fuera en una taberna del puerto de Barcelona, en las comidas del palacio real o en la cocina judía». Acabada la novela, que estará en las librerías hoy, Gironell no se plantea escribir la continuación de Palabra de judío, porque «ni la historia lo pide, como sí sucedía con la primera», ni tampoco la ha imaginado.