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Relatos del verano

Insurrección (I)

Insurrección (I)

Insurrección (I)

Viernes, 29 de abril de 2050

La joven detuvo el coche en el exterior de la residencia. Se despojó del cinturón de seguridad y apagó la radio. Desde que cruzó la frontera había sintonizado una emisora de viejos éxitos para huir de los informativos. Rádio Comercial. Notícias, anunciaba al término de cada canción una voz en portugués. Curiosamente, y en contra de lo que podría esperarse de una emisora con tal nombre, la estación apenas daba referencias de lo que acontecía en el mundo más allá de los cinco primeros minutos de las horas en punto. Alma lo agradeció. En las últimas dos semanas, la actualidad sobre la pandemia de Covid49, la segunda en 30 años, monopolizaba el tiempo en los canales de televisión y el espacio en los diarios digitales. Los periódicos en papel habían desaparecido poco antes de la década de 2040.

Los medios de comunicación machacaban de continuo sobre la enfermedad, y la saturación informativa había acabado con su capacidad para asimilar más titulares, cifras de contagiados y dados de alta y número de fallecidos. Aquellos guarismos fríos ya no le inoculaban ningún sentimiento de angustia. Los números, a días bajaban, a días subían, pero se veía incapaz de procesar por más tiempo la asepsia de los datos.

Bloqueó el vehículo y lo puso a cargar, se ajustó los guantes y la mascarilla y recordó con orgullo la última canción que escuchó antes de apagar la radio, Cuarentrena, un antiguo éxito a ritmo de hip hop que ahora sonaba de forma constante en las emisoras de medio mundo y que los confinados españoles habían convertido en su himno de resistencia durante el estado de alarma. Muy de vez en cuando, se escuchaba una pieza anterior, Resistiré, pero su entonación desde los balcones apenas era coreada por la población más anciana y los jóvenes la desconocían. Asomados a las barandillas, los cincuentones acabaron imponiendo el viejo rap y convertido en leyenda a su autor, un hombre de gran éxito en los negocios, encumbrado estos días por destinar parte de su fortuna a la compra de material sanitario y que coqueteó con el hip hop en su juventud.

El miedo es rutina,

los medios no ayudan.

Quieren encasillarnos,

¡ay la cuarentena!

Hacen lo que quieren,

este virus no perdona.

Estoy hasta los huevos d

el control a las personas.

Quédate en casa y cierra

tu tienda,

que desde el sofá apreciarás

las consecuencias.

Ahora nada nos cuentan

porque no interesa.

Tú, sigue las pautas,

alimenta tus defensas.

Estado de emergencia,

difúndelo por WhatsApp.

El día de mañana

vendrán a dar la brasa.

Dirán que es una crisis, n

o tienen vergüenza.

Te echaron del trabajo pa

poner un par de máquinas.

(Cuarentrena, Azteka)

La chica entró en el edificio y saludó a la recepcionista con un lacónico boa tarde. Salvo el día que ingresó a su abuelo, las dos mujeres apenas habían intercambiado más que ese par de palabras. Aquel saludo y la forma de mirar de la empleada bastaban para que Alma supiera si el anciano había recuperado un mínimo de lucidez o si, por el contrario, se toparía de nuevo con la dura realidad de sus acostumbrados silencios y la mirada perdida hacia el infinito con que su enfermedad le condenaba al último rincón del olvido. Hoy, los ojos de la trabajadora querían decir esto último. A sus 83 años, la memoria y el habla se habían convertido para el hombre en un privilegio, y, sin embargo, la joven estaba segura de que el anciano conocía de sobra el motivo por el que la sala de recreo donde pasaba muchas mañanas menguaba a diario en el número de residentes. La muerte se encargaba puntualmente de hacer su trabajo con la efectividad de un tornero, sin prisa, metódica, puntual y certera.

Mientras caminaba a su encuentro, Alma se cruzó con el celador de otras veces. Por segunda vez ese día, el empleado acompañaba en un viaje sin retorno el cuerpo sin vida de otra víctima del virus. Hombre y mujer canjearon miradas con la resignación y el semblante de quien acude a un sepelio, en ese ritual inanimado de gestos que hablan en silencio e intercambian por telepatía los habituales «esto es lo que hay» y «qué le vamos a hacer».

Entró en la sala y le adivinó a lo lejos, solo, en su silla de ruedas, conectado a un respirador y cubierto por la misma manta que los bisabuelos de Alma portaban siempre en el coche y que de vez en cuando se acercaba a la nariz para inhalar los momentos irrecuperables que evocaban su infancia. Alma sonrió aliviada al comprobar que los guantes profilácticos cubrían sus manos y que conservaba la mascarilla que le regaló el mes pasado, una FFP25 blanca cruzada por un rayo rojo bordeado de dos tonos distintos de azules.

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