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Relatos del verano

Insurrección (II)

Insurrección (II)

Insurrección (II)

A minha mãe veio-me visitar! A minha mãe veio-me visitar! ¡Mi madre, ha venido a visitarme mi madre! -exclamó casi en sollozos al ver a Alma una anciana guapa de cabellos grises.

-Pero cómo voy a ser tu madre, Fátima -le sonrió la joven mientras le acariciaba el pelo-.

Se despidió de la mujer con un beso en la frente y acudió junto a su abuelo. Como en las tres últimas visitas, el viejo la observó sin reconocerla. A través de los guantes, Alma tomó las manos del hombre y, aunque éste continuaba en silencio, ahora con la vista clavada en el televisor, le pareció que el anciano agradecía el gesto con aparente confort, aliviado por sentir un ademán de cariño, acompañado por aquella muchacha desconocida que, a ratos, durante microsegundos, le resultaba lejanamente familiar oculta bajo la mascarilla.

El cerebro del viejo funcionaba como el mecanismo de una caja fuerte que se activa y desactiva con retardo; se abría a determinadas horas y volvía a cerrarse al cabo de un rato, sin frecuencia establecida, a veces al cabo de treinta minutos, otras, con suerte, una hora después de la apertura, cuando volvía a apagarse para no despertar de nuevo hasta el día siguiente, o dos días después, o cuatro; dos semanas en el peor de los casos. Los lapsos de lucidez cada vez eran menores y más espaciados. Igual que su madre. La cabeza del hombre se asemejaba a una de esas estrellas fugaces que anuncian los medios cuando atraviesan el cielo y no vuelven a aparecer hasta cincuenta años después.

Resignada por haber conducido casi mil kilómetros otra semana más para al final no poder comunicarse con ese anciano al que adoraba, esta vez, de repente, el cometa apareció por sorpresa para iluminar la sala de estar.

-Alma, cariño.

-Abuelo?

En ese momento, un androide de nueva generación se acercó a la pareja portando leche y galletas. Salvo la recepcionista y el celador, los droides nutrían la nómina de empleados de la residencia de ancianos del mismo modo que, desde la anterior pandemia, la del Covid19, comenzaron a ocupar las plantillas de las fábricas, de las oficinas, de los servicios públicos, de los comercios, de las empresas de jardinería, de algunos sectores del transporte y hasta de la política. De hecho, el Partido Androide logró sentar a dos diputados en el Congreso basándose en un programa económico de austeridad espartana y políticas de igualdad llevadas al extremo. No eran hombres, no eran mujeres, eran máquinas, pilas alcalinas a las que había que cargar en mitad de una intervención en el parlamento y que poco a poco se iban ganando el apoyo de la ciudadanía de carne y hueso a base de populismo. Eran tan fríos como resolutivos, tan faltos de sentimientos como eficaces en la gestión, crueles cuando consideraban que había que serlo y empáticos si creían que un mínimo de humildad beneficiaba a sus intereses.

-Mira mi nieta, qué guapa -presumió el viejo-.

El androide depositó el almuerzo sobre una bandeja y dio media vuelta sin mostrar un solo rastro de humanidad. A minha mãe veio-me visitar! A minha mãe veio-me visitar!, se entusiasmó al paso de la máquina la anciana guapa de cabellos grises. El robot pasó junto a ella y siguió a lo suyo sin tan siquiera mirarla.

-¿Otra epidemia?

-Sí, abuelo, otra epidemia.

-Cuéntame, qué está pasando.

La mujer le narró el panorama. Le explicó que un virus con origen en Zambia, la nueva superpotencia mundial, se había propagado por todos los países del nuevo capitalismo africano hasta llegar a la empobrecida Europa, cruzar el Atlántico y llegar a Estados Unidos, donde el Covid49 estaba aniquilando lo último que quedaba de una nación sumida en la hambruna desde hacía décadas, abandonado a las mafias y a las organizaciones criminales lideradas por Barron Trump, el hijo pequeño del que fuera presidente de los 50 estados norteamericanos. Le contó, además, que en España las cosas se habían torcido mucho y que la capital se había trasladado a Barcelona en cuanto el nuevo coronavirus contemporizó con las regiones que reclamaban la independencia. Miles de empresas ya habían trasladado a Cataluña su domicilio social.

La insurrección estaba liderada por Madrid y a ella se habían sumado Andalucía y Castilla-La Mancha, donde se abanderaba el discurso de «España nos roba» que con tanto acierto había extendido con la misma velocidad que el virus, y en alianza con los androides, el líder de los independentistas madrileños, Ortega-Göering. Los gemelos Leo y Manuel Iglesias Montero pudieron huir justo antes de que los nacionalistas dictaran contra ellos orden de busca y captura por delitos de sedición y traición a la Patria. Los hermanos corrieron a refugiarse a Vallecas, el barrio del padre, la aldea ibérica, el último bastión de la antigua Villa y Corte que le quedaba en pie a la Resistencia. En Andalucía, los insurgentes habían atestado las carreteras de barricadas y prohibido el flamenco y otros símbolos españolistas. Pero lo más grave acontecía en La Mancha, donde los rebeldes habían dinamitado los molinos de viento y lanzado a una pira cuanto ejemplar del Quijote rapiñaron de casa en casa.

Tras ponerle al día, el viejo pidió a su nieta que le sintonizara un canal español. Le puso La Octava:

-Sube el volumen.

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