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Crítica musical

La luz de Messiaen

La luz de Messiaen

La luz de Messiaen

El Cuarteto para el fin de los tiempos es una obra cumbre no ya de la música de cámara y del repertorio del siglo XX, sino de la historia de la humanidad. Más allá de las circunstancias particulares en que fue compuesto y estrenado (en el campo de concentración nazi de Görlitz, el 15 de enero de 1941, ante unos 5.000 presos, entre los que se encontraba el propio compositor, que apenas contaba 32 años), su audición supone siempre un acontecimiento y el reencuentro con una obra maestra capaz de despertar en el escuchante las más vivas, intensas y contemplativas sensaciones. La luz de Messiaen es siempre una poderosa fuente de ánimo. Más aún en estos tiempos movedizos de pandemia y temores en los que todo parece quebrarse. La fuerza expresiva de los ochos movimientos del Cuarteto para el fin de los tiempos es tal que todo sobra alrededor. Es música sin antes ni después. No ya por su mayor o menor duración -el cuarteto está fuera del tiempo y de los estereotipos-, sino por la rotunda fascinación de sus pentagramas. Como ocurre con la Novena de Beethoven, con la Séptima y Octava de Bruckner, algunas sinfonías de Mahler, el Réquiem alemán de Brahms y algunas pocas composiciones más, son obras de arte absolutas que empequeñecen y convierten en sobrante todo lo que se programe en torno a ellas. Sin embargo, los artífices de esta versión optaron por incluir antes una obra para violín y piano del padre de la nueva música japonesa, el invidente Michio Miyagi (1894-1956), y el trío Entre mareas de Toru Takemitsu, el otro gran heredero junto con Messiaen de las maneras debussystas. Obviamente, ambas páginas e interpretaciones quedaron pronto relegadas: en cuanto sonaron sin pausa ni interrupción los primeros compases de la «Liturgia de cristal» que inaugura la obra maestra de Messiaen. «Entre las tres y las cuatro de la mañana, el despertar de los pájaros: un mirlo o un ruiseñor improvisa un solo, rodeado de un sonido brillante, de un halo de trinos perdidos muy en lo alto de los árboles», escribe el compositor. ¿Puede escucharse algo antes de este amanecer? Los cuatro protagonistas de esta segunda cita del ciclo de cámara promovido por el Palau de la Música en el Centro Cultural El Almudín se volcaron en una versión cargada de convicción, calidad instrumental y solidez expresiva. Hubo hondura, recogimiento, mística, color y luz. Excepcionales en verdad el clarinetista Luis Fernández Castelló en su solo «Abismo de pájaros», donde tiempo, sonido y silencio se conjugaron, conjuraron y fundieron en eterna lentitud, el veterano maestro del violonchelo David Apellániz, quien supo elevar a las alturas celestiales la «Alabanza a la Eternidad de Jesús», y, cómo no, el prodigioso final, reservado al violín y al piano, donde Juan Luis Gallego, impregnado de lo mucho que ya había ocurrido, hizo descansar en las cuatro cuerdas de su violín y el piano de Miguel Ángel Acebo las sensaciones penetrantes acumuladas en una versión cuyo fuste solista potenció la calibrada esencia camerística de tan estupendas individualidades. El público se dejó contagiar por la fuerza resplandeciente de Messiaen y de sus fieles servidores. Algo que se manifestó en el palpitante silencio con que fue sentido el concierto. Ni siquiera las continuas perturbaciones acústicas que se filtraban desde el exterior -un claxon, unos chavales discutiendo, las campanadas de una iglesia vecina, el rugir de un coche que pasa?- no logran devaluar la magia de la gran música. Al crítico le consta el esfuerzo del Palau de la Música y del Ayuntamiento para acondicionar como sala de música el antiguo granero del Almudín, ante la imposibilidad de utilizar el propio Palau de la Música. Pero a estos esfuerzos se impone y añade la absoluta necesidad de su insonorización. Hoy por hoy, escuchar música en El Almudín es casi como oír un concierto en mitad de la calle.

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