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La batuta bufa

Una de las escenas
de «Così fan
tutte».  Miguel Lorenzo_LesArts

Una de las escenas de «Così fan tutte». Miguel Lorenzo_LesArts Justo Romero

Così fan tutte va más allá de su epidérmica condición de «dramma giocoso». La genialidad de Mozart y su libretista Lorenzo da Ponte transcienden la bufonería para ahondar en sentimientos recónditos. Desde los celos, el amor y los cuernos hasta la amistad y la filosofía. Nada de ello destapó la batuta locuela, bufona y bien reconocida de Stefano Montanari (1969), un maestro para el olvido, con tempi frecuentemente desquiciados –ya la obertura fue una locura-, improvisando gracietas y chirriantes morcillas desde el teclado, y montando un bochornoso numerito con una batuta que en sus manos era tan bufa como tontona, que volaba desde su propia boca –una guarrería- a la espalda, donde se la introducía por detrás, entre la camiseta –nada de frac o algo que mínimamente se le pareciera- y la columna vertebral, a modo de estocada, dejando asomar la empuñadura como si de un toro a punto de doblar se tratara. ¡Lo nunca visto en un podio! Para colmo, el maestro bufón dirigió sin mascarilla, una verdadera desconsideración al público –todos con mascarilla- y hacia los músicos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, que, salvo los de viento, tocaron con el «reglamentario» tapabocas y sonó muy impacta.

Lástima tanta bufonería barata en un maestro de incuestionable solvencia musical. Que conoce al dedillo la partitura y se muestra rotundamente cargado de certezas y personalidad. Pero el Mozart de Così fan tutte casa mal con tanto desenfreno y tontería. El maestro de la batuta bufa se despreocupó también de los cantantes y fue a la suya, con gesto nada elegante y en ocasiones hasta grotesco, como un autómata incapaz de adaptarse a la realidad que tenía ante sí. Una realidad conformada por un correcto conjunto de seis cantantes, cargado de oficio y voluntad, pero lejos de acercarnos a los sueños dejados por Kraus, Berganza, Schwarzkopf, Della Casa, Dermota, Ludwig y algunos otros.

Entre los impulsos, morcillas y caprichos de la batuta y la ausencia de un sobresaliente nivel vocal, apenas se produjeron momentos «mágicos» en una ópera tan generosa en ellos. Destacó el barítono Davide Luciano, con un bien cantado Guglielmo, mientras que el tenor Anicio Zorzi Giustiniani fue un discreto Ferrando que, sin embargo, salió inesperadamente airoso de algunos de los grandes momentos en solitario que le regala la partitura. Entre los números que música y drama alcanzaron vuelo fue el sublime «terzettino» «Soave sia il vento», que cantan Fiordiligi, Dorabella -la mezzo Paula Murrihy- y Don Alfonso en la segunda escena del primer acto. La soprano Federica Lombardi las pasó canutas en un destemplado «Come scoglio» que rozó en ocasiones el alarido.

El bajo Nahuel Di Pierro –un veterano del Palau de les Arts, donde ya cantó el «Segundo prisionero» en el Fidelio inaugural, en octubre de 2006- compuso un Don Alfonso con más aires de Don Giovanni que de un curtido y sabio filósofo, mientras que la pizpireta Despina de la soprano valenciana Marina Monzó salió airosa del compromiso, a pesar de pasarse «tres montes» en su caricatura del notario, que parecía más el Trujamán del Retablo Manuel de Falla que el personaje que supuestamente casa a los cuatro cornudos de «Así hacen todas». El Cor de la Generalitat lució las acostumbradas calidades en sus contadas intervenciones, como en el conocido «Bella vita militar».

Jesús Iglesias, director artístico del Palau de les Arts, reaccionó con viveza a la obligada cancelación del espectáculo inicialmente previsto, el audaz y sofisticado montaje del Réquiem de Mozart concebido por Romeo Castellucci y estrenado el pasado año en el Festival de Aix-en-Provence, y «reutilizó» algunos de los cantantes ya comprometidos para este semiescenificado Così fan tutte ahora estrenado. El resultado es un trabajo hecho inevitablemente deprisa y corriendo, bajo el concepto escénico de Silvia Costa y la tremenda iluminación de Marco Giusti, que oscila entre la luz de un tanatorio y la de un sillón de dentista. La exigua escena apenas se limita a enmarcar la acción. Cinco elementos escénicos, un gigantesco cortinaje que recuerda esas cortinillas de flecos de plástico que venden en los chinos por cuatro perras para que no se cuelen en casa moscas y mosquitos y poco más…

Lo que sí resultó sobresaliente fue la distribución del público -750 espectadores sobre un aforo de 1412 localidades- y el cuidado escrupuloso de todo el personal de sala y demás trabajadores del Palau de les Arts para que se cumplieran estrictamente las normas de seguridad ante la pandemia. Incluso estuvieron pendientes de que todas las mascarillas estuvieran en su sitio. Una muy diligente acomodadora no dudó en dirigirse momentos antes del inicio de la función al crítico y a su interlocutura en ese momento –la ex concejala Mayrén Beneyto- para advertirles que tenían caídas las mascarillas. ¡Ojalá todos fuéramos así de competentes! Al pintoresco maestro sin mascarilla, nadie le dijo ni mu.

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