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"La isla de las tentaciones", la gran adicción "millennial"

El programa genera interés y conversación entre las franjas de edad que habían renunciado a la tele convencional

Islas de las tentaciones 2

Islas de las tentaciones 2

Que La isla de las tentaciones es el boom televisivo del 2020 nadie lo pone en duda. En la edición anterior, en la final, Mediaset hizo uno de sus mejores datos de la historia: casi cuatro millones de espectadores. Y ese fue solo el último hito de una temporada de éxitos, siendo líder de audiencia en cada episodio, un patrón que se ha repetido en esata segunda edición. Acompañado a sus increíbles audiencias, va todo un mundo de memes, vídeos, artículos y podcasts. La isla de las tentaciones se ha adueñado de todos los espacios, y es capaz de generar conversación e interés entre las franjas de edad que habían renunciado a la televisión convencional, las generaciones millennial y Z. ¿Por qué? La explicación «se debe a muchos factores», dice Andrea Gumes, conductora del programa Tardeo en Radio Primavera Sound, que considera este éxito como «un pequeño milagro televisivo que ni tan siquiera los creadores del programa se podían imaginar». ¿Qué ingredientes están haciendo posible el fenómeno?

Lo describía así el escritor Antonio J. Rodríguez: «Ibsen, Strindberg o Bergman escriben personajes que siempre parecen ahogarse en un vaso de agua: su drama revela las absurdas leyes del matrimonio religioso. Ocurre igual en La isla de las tentaciones, que es como Casa de muñecas… pero en un capitalismo completamente enajenado». Es decir, es como deformar nuestros fracasos y contradicciones amorosas en un espejo de feria, y así sacar conclusiones.

De estas hipérboles románticas, que no son más que un recopilatorio de conductas nocivas muy variadas (la magia del casting), aprenderemos mucho. Más que nada, que todos podemos llegar a caer en ellas, en mayor o menor medida. Así lo ve la sexóloga María Esclapez, cuyas reflexiones desmenuzando la toxicidad de los participantes se han hecho virales en Twitter e Instagram, y la sexóloga y terapeuta de parejas Nuria Jorba, que en la edición anterior analizó en diversos medios los errores emocionales de los protagonistas.

«Mostramos un amor idealizado, poca gente visibiliza sus problemas y esto hace que creamos que estamos solos ante nuestras disfuncionalidades», asegura Jorba. Pero La isla de las tentaciones ha dado la vuelta a esta dinámica. La especialista lo compara al efecto Cuore que, enseñando las imperfecciones de las famosas, abría el melón de los imposibles estándares de belleza. «Este programa demuestra que todas las personas (casi) anónimas tenemos problemas. Abre la conversación de muchos temas silenciados, como celos, monogamia o cuernos. Gracias estas terceras personas debatimos nuestras inquietudes, pero sin tener que exponer nuestra propia vida privada», continúa.

Para ambas sexólogas, La isla de las tentaciones ha sido una oportunidad de oro para debatir sobre salud romántica, algo que Gumes considera esencial para despertar el interés de las generaciones más jóvenes. Eso sí, «todavía podrían arriesgar más. Tiene una perspectiva muy cishetero, muy normativa y todos los tíos son unos machirulos maltratadores», continúa, «les falta adaptarse más a los tiempos de ahora», aunque como refleja unos sentimientos muy básicos que podemos llegar a vivir todos, «ha conseguido apelar a estos públicos».

Para Ainhoa Marzol, colaboradora en el medio millennial Código Nuevo y en Radio Primavera Sound, entre otros, la magia de estos programas es la conversación que genera, el contenido de redes que, de forma paralela, alimenta el show. «Ver estos realities tú solo es… triste. No los vemos por su gran calidad, sino por la comunidad», asegura. Pone como ejemplo Confianza ciega, programa en el que se basa La isla de las tentaciones, emitido en Antena 3 en el 2002, y que solo llegó a tener una temporada porque no supo crear un fenómeno social que lo respaldase. «El éxito está en la perfecta combinación entre ambos», añade Gumes, apoyando esta tesis.

La red social en la que el programa ha tenido más vida ha sido Twitter, con una conversación «mucho más interesante que la que hay en la tele», afirma. Gracias a esta doble retransmisión, a base de memes, dice que se lo pasa «mejor que viendo el programa»: «He llegado a llorar de risa». Cada red social ofrece algo diferente: Twitter, humor; Instagram, cotillear la vida de los que aparecen en el programa, y TikTok, una mezcla de todo: en el hashtag #LaIslaDeLasTentaciones hay vídeos que van desde las parodias hasta los discursos feministas denunciando las violencias machistas que aparecen normalizadas en el programa.

Pero, además, si La isla de las tentaciones ha logrado convertirse en una mina de memes es porque ha seguido el camino que tomaron programas como Granjero busca esposa (2008) o Un príncipe para… (2013). «Son los primeros realities que estaban editados para reírse de sus protagonistas. Buscaban la risa, no el drama, a diferencia de Gran Hermano. La isla de las tentaciones, aunque no va tan lejos, se permite dejar de tontos a muchos, y eso da memes», comenta Marzol.

Está claro que el binomio series y redes es imprescindible para un reality, porque «una sola pantalla ya no da entretenimiento», asegura Gumes, poniendo de ejemplo Operación Triunfo. «Con las redes sociales introdujeron la participación del público a gran escala. La gente, a través del Canal 24 horas y Twitter, podían pedir a los productores lo que querían ver. Era una nueva bidireccionalidad». Para la periodista, esto también demuestra las carencias de La isla de las tentaciones y por qué fue un golpe de suerte para Mediaset. «Empezó como un producto barato por el cual no apostaban demasiado. Y por eso, nunca estarán suficientemente agradecidos a internet, que lo ha ensalzado». Mediaset, según Gumes, no ha hecho nada para alimentar este formato digital, y los debates son la prueba: «Son muy antiguos, recuerdan a la época de Gran Hermano, con los amigos y familiares discutiendo. Este tipo de televisión va dirigida a un público que ve la tele todo el día y que está extinguiéndose».

Y, que sea un éxito tan espontáneo y excepcional, significa algo más: tiene los días contados. Ambas periodistas coinciden en que pronto se acabará el hype, a medida que el formato sea previsible y deje de ser novedoso. Eso sí, lección que se debe sacar de La isla de las tentaciones es que los realities son un producto provechoso y barato. Netflix lo sabe desde hace tiempo, y por eso invierte en ellos, ya sea produciéndolos o, directamente, comprando clásicos, como la saga Real housewives o Keeping Up With The Kardashians. «Con algunos ya están rozando la genialidad», asegura Marzol mientras cita Selling Sunset, Too Hot to Handle o Love Is Blind, producciones propias de Netflix que arrasaron en Twitter este año, «pero aún les queda camino».

Un último factor es que los millennials con capacidad de consumo y crítica, están hartos del «culto a la cultura elevada», como lo define Marzol. Lo demuestran celebrando la cultura trash dosmilera, con la que se han criado y que vio nacer realities de la talla de Next o Gandía Shore. «Es una especie de rebelión hacia los valores carcas, el pensamiento boomer de que una película o serie solo vale la pena si es culta», concluye. Ahora, incluso el reality viejuno The Simple Life de Paris Hilton forma parte de la categoría de clásicos de Hollywood.

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