La memoria es una mezcla de realidad y de invenciones. Hasta le verdad se inventa, escribía Antonio Machado. Y no se refería, el poeta inmenso, al oficio hoy tan extendido de mentir. Es imposible recuperar lo que hemos vivido en todos sus detalles. Por eso, a veces, rellenamos con la imaginación lo que hemos olvidado. No para engañar a nadie, sino para dar coherencia a nuestro relato. Nunca la mentira será coherencia de nada: sólo para el cinismo de los desalmados. Cuando leo un libro, veo cómo a cada página se me abren ventanas a un tiempo que permanecía en los rincones más apartados de mi memoria. Si terminas de leer un libro, y ese libro se cierra para siempre, es que has perdido el tiempo con su lectura. Los buenos libros empiezan, precisamente, cuando llegan a la palabra fin.

Suelo leer más poesía que otra cosa. Aunque sé que hoy se tortura a la poesía más que nunca, y que los torturadores gozan de una impunidad que ni los manguis de guante blanco con sucursal en los paraísos fiscales o en los emiratos amigos. O, como uno que yo me sé y ustedes también, en los dos sitios a la vez. No conocía, a pesar de lo que digo, la poesía que escribe Aurora Luque. Uno no llega a todo lo que se escribe, claro que no. Pero acabo de leer Gavieras, con el que ha ganado un premio que no me merece mucha confianza, aunque algunos amigos míos (también algunos que no lo son) lo hayan obtenido en alguna de sus ediciones: el Loewe. Qué quieren que les diga: no consigo evitar que los poemas premiados en ese concurso huelan a perfume de ricos. Leía con toda el alma de lector entregado los versos de este libro. Y cuando llegué al poema titulado Espigar, se me llenó la espalda de tiempo y, aunque me duela decirlo, también de una miaja de nostalgia.

Detesto la nostalgia, ese embellecimiento del pasado para disfrazar las abolladuras del presente. Pero en ese poema encontré los días lejanos en que, con mi familia, llegué a Vilamarxant, un pueblo muy cerca del mío del que todo lo desconocía. Entonces no había casi autos. Sólo unas pocas motos y bicicletas. La Montesa de Aurelio, que vivía al lado del horno de mis padres, la Bultaco con la que Salvador Calatayud empezaría su carrera de piloto, otra, cuya marca no recuerdo, que trajo al pueblo un joven emigrante a tierras francesas que regresaba con el olor del triunfo en el orgulloso manillar de su cabalgadura.

Pero, sobre todo, ese poema inmenso me lleva a la replaça, ese sitio de enormes dimensiones donde los críos jugábamos al fútbol y donde hombres y mujeres espigolaban los restos de una siega como si fueran protagonistas de una película que luego, muchos años después y desde diversas perspectivas, filmaría Agnès Varda con un amor difícil de encontrar en ninguna otra parte.

Me quedaba embobado viendo cómo aventaban al aire los restos de la siega, sin saber muy bien en qué consistía lo que estaban haciendo con las horcas de madera, asistiendo al vuelo de un polvo de colores mezclado con la tibieza del aire en medio de la tarde. «Celebrar la segunda existencia de las cosas», dice el poema de Aurora Luque. Los libros excelentes nos descubren esa segunda existencia, lo que dejamos pasar de largo porque andábamos en otras cosas, esos sueños que no pudimos cumplir porque a veces la vida se nos convierte sin avisar en una insoportable pesadilla, ese balón de cuero recosido que Solor -mi futbolista preferido- o los hermanos Moliner despejaban desde su área y José Luis Pecas o Eusebio estrellaban en el larguero y nos dejaban con el ay compungido en las gargantas futboleras del domingo. En la replaça levantaron el Colegio Público, que luego salió con más teclas que un piano desafinado, y ahora ha vuelto a ser ese espacio abierto que me recuerda aquel día en que llegaba a Vilamarxant, en una pequeña camioneta cargada de muebles, para iniciar lo que después se convertiría en un inacabable viaje familiar, de un sitio a otro, como si fuéramos artistas de circo.

En esta columna, y gracias a un libro espléndido, recupero esos perdidos días de la infancia, unos días que a veces se esconden en lo más profundo, dormido y tal vez imaginado de nuestra memoria.