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Escuterismo y pandemia

Concentración de vespas frente a las Torres de Serranos.

Concentración de vespas frente a las Torres de Serranos. Fernando Soriano

Una de las cosas que la covid se ha llevado por delante son las concentraciones escuteristas. La afición por las escúters clásicas, habitualmente modelos antiguos de Vespas y Lambrettas, ha sido tradicionalmente una de las tres patas donde se ha venido sustentando la escena mod desde principios de los años sesenta: motos, ropa y música. Entiendan que llegados a este punto me la bufen los mosqueos. Para mi existen escuteristas militantes, propietarios de ciclomotores que entroncan estéticamente y filosóficamente con tribus como los mods y los skinheads; y luego están los señores que van en Vespa y los chavales que tienen una Primavera por la razón que sea. Respeto para todos, pero sin equivocarse. Tener una scooter no te convierte en escuterista. Todas las paellas llevan arroz, pero no todos los arroces son paella. Y Kenny G no es jazz, y por eso la basca se ríe de él y no de John Coltrane. Aquí hay una estética, una conciencia, una banda sonora y el legado de una subcultura urbana con décadas de tradición. Busquen en la Wikipedia. Y el que se ofenda, que se junte con gente menos elitista, que hay carretera para todos. Pero que no tenga la desfachatez de querer cambiar normas escritas con sangre y gasolina hace más de cincuenta años.

En la era pre pandémica llegabas al punto de concentración un viernes por la tarde para la fiesta de bienvenida o warm up. Molaba ir rodando, aunque también podías llevar la moto en un remolque o una furgoneta, porque a veces el rally se celebraba a más de quinientos kilómetros de tu casa y eso es mucha cuneta. Saludabas, recordabas batallitas con los viejos conocidos, echabas un vistazo a las monturas de los demás, cenabas, te ponías a gusto y te ibas a dormir a un camping o una pensión, según la estación del año. La mañana del sábado volvías al punto de encuentro, donde acudía el grueso de los participantes, te inscribías para recibir los detalles de la organización (camiseta, tickets para avituallamiento, aceite, cascos y otros accesorios que se sorteaban) y te clavabas una ruta de al menos cien kilómetros por reviradas carreteras turísticas poco transitadas y con paisajes muy hermosos en Dénia, Guadalajara, Brighton o Perpignan. Después, comilona de hermandad, vuelta al punto de reunión, copas, sorteo, cena y conciertos afines a los sonidos preferidos por esta secta: R&B, ska, reggae, soul y leyendas de la nueva ola británica como The Lambrettas o Secret Affaire, que estuvieron tocando en València en 2015 y 2016. Para rematar la faena, reputados dj’s nacionales e internacionales ponían discos hasta el amanecer. O sea, lo que viene siendo un movidón.

Lamentablemente, el fin de semana pasado no hubo ni rastro de todo esto. El Valencia Scooter Club celebró su XV aniversario con un picnic minoritario en Portaceli, una ruta hasta la cima del Garbí, una cena brasileña y una copa en cualquier sitio. Deslucido, sin duda, pero satisfactorio por la ilusión de mantener vivo algo que lleva décadas circulando y no morirá mientras haya música, asfalto y aceite para motores de dos tiempos.

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