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Guerra y paz

Guerra y paz

Guerra y paz

Escuchar la Sinfonía Leningrado es siempre un acontecimiento. No solo por el colosal dispositivo instrumental que requiere su nutrida orquestación (103 músicos), sino sobre todo por el poderoso mensaje emocional que entraña esta «sinfonía de guerra», según las palabras de su creador, Dmitri Shostakóvich. Sus cuatro monumentales movimientos datan de finales de 1941, durante el cerco de Leningrado por las tropas alemanas. «He querido crear una obra», cuenta Shostakóvich, «que reflejara el heroísmo de nuestra gente, su lucha por la victoria sobre el invasor. Mientras trabajaba en la sinfonía pensaba en la grandeza de nuestro pueblo, en su heroísmo, en los más altos ideales de la humanidad, en las más altas virtudes del hombre, en la naturaleza, en el humanismo y en la belleza. Dediqué mi Séptima sinfonía en Do mayor a nuestra luchas contra el fascismo, a nuestra victoria cercana, a mi ciudad natal de Leningrado».

Palabras tremendamente actuales y vigentes en medio de la pandemia que hoy asola el planeta quizá con pareja intensidad y dolor con que el nazismo lo hizo durante la Segunda Guerra Mundial. Si entonces los leningradenses fueron héroes ante la amenaza del enemigo invasor, hoy lo han sido los responsables del Palau de les Arts, que bajo la guía de su valiente general, el director artístico Jesús Iglesias, han luchado contra vientos y mareas para poder mantener en la programación la multitudinaria sinfonía, algo verdaderamente remarcable en un tiempo en el que parece que las salas de concierto están vetadas a todo lo que no sean cuatro músicos y medio tocando una sinfonía de Haydn o un conciertito de Mozart.

Escuchar y ver sobre el escenario en estas fechas de miedos y precauciones a 103 músicos, que han pasado sus preceptivas pruebas PCR, rodeados de mamparas y todas las medidas de seguridad habidas y por haber, volcados individual y colectivamente en dar vida a un obrón como la Sinfonía Leningrado, es una experiencia además de inolvidable, quizá irrepetible. El grito desgarrado ante la invasión del mal –sea en forma de bombas mortíferas o de virus asesino– es el mismo en el viejo Leningrado que en el atemorizado mundo contemporáneo.

La muy crecida –casi duplicada– Orquestra de la Comunitat Valenciana estuvo absolutamente sensacional de la mano del granadino Pablo Heras Casado (1977), quien se adentró en el monumento sinfónico desde una perspectiva amplia y diáfana hasta la transparencia, que posibilitó que las enormes masas sonoras se expandieran de modo natural, sin descuidar por ello el detalle ni mermar su impactante grandiosidad. Las extremas dinámicas no se percibieron así nunca excesivas. Menos aún exageradas. Fue una visión armoniosamente calibrada, en la que los detalles y los momentos más calmos –como el coral casi bachiano del Adagio del tercer movimiento– aparecieron cuidados hasta convertirse tan protagonistas como los episodios de mayor frenesí. Cada profesor de la OCV se mostró y comportó como verdadero artista implicado hasta el tuétano musical y expresivo de la obra de arte.

Habría que destacarlos a todos, uno por uno. Vaya centrado el aplauso individualizado en algunos de los grandes solistas protagonistas de la noche, como el lujo del flautín de Francisco Varoch (inolvidable su gran solo del inmenso Allegretto inicial); el fagot magistral, sonoro y siempre en su sitio de Salvador Sanchis; la flauta de una Magdalena Martínez que sigue tocando tan maravillosamente como siempre; el oboe melodioso de Pierre Antoine Escoffier, la caja precisa, recóndita y marcial de Francisco Inglés, el clarinete bajo de Francisco Javier Ros, el trombón de Juan Real, los timbales de Gratiniano Murcia, el violín del concertino Gjorgi Dimčevski. Todos, como también el público, compartieron la sobrecogedora meditación sonora que vuelca Shostakóvich en esta «sinfonía de guerra», pero que hoy se antoja más de paz y esperanza.

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