Cada año suelo perderme varias series del año. También me pierdo otras cosas del año, como películas, discos, libros y cumpleaños de familiares a los que, no obstante, respeto y quiero. Pero mi despiste ante las series del año es bastante notable y creo que también bastante razonable. Cada poco tiempo los apologistas de la nueva televisión que nos viene por vía platafórmica nos recomiendan fulgurantes obras maestras que no debemos perdernos porque antes de que nos demos cuenta ya habrán cambiado la historia del entretenimiento audiovisual. Lo que no sea sentarse en el sofá, aislarse del mundo sensible y del inteligible y concentrar tu fuerza vital en lo que quiera una serie contarnos es un atentado contra la cultura occidental y un desperdicio de la propia existencia. Y claro, todo es tan importante y necesario que yo me abrumo y no llego.

Dicho lo cual, a veces me animo y me dispongo a ver alguna serie del año. O, como es el caso, voy cambiando de canal, me encuentro con la serie del año (siempre hay una) y abro mi mente a la revelación. Me ocurrió hace un par de domingos cuando me topé con «Veneno», la serie del año de esos Javis honra y prez de la posmodernor, que estrenó Antena 3 después de haber sido exhibida con éxito viral en la plataforma de pago de la cadena. La dramatización (y dignificación) de la vida de Cristina Ortiz, la transexual que se hizo famosa en Telecinco y que murió en extrañas circunstancias, ha recibido rendidos aplausos por su reivindicación de la valentía para elegir la vida que uno quiera vivir, por su naturalización de la cotidianidad de un colectivo siempre marginado y por su denuncia de la violencia y el acoso que sufren muchísimas personas por su identidad sexual. En ese sentido, bien por la serie del año de los Javis, pero por lo demás, y tras ver los dos primeros capítulos, «Veneno» me está pareciendo una castaña importante. Sus diálogos son pobretones; sus proclamas, ramplonas; la música intenta darle un tono heroico o sentimental (según el caso) a la trama de una forma bastante ridícula; su pretensión de reflejar un tiempo, un país y un tipo de televisión es anecdótica y sus ansias de estilo bastante cutres... Y por si fuera poco, la ambientación con la que han querido reflejar la València en la que Cristina vivió durante sus últimos años es tan desganada que ni siquiera disimula que La Fe es una nave abandonada con un cartel de discoteca chunga, que Marxalenes es un barrio periférico de Madrid y que la paella es una cosa a la que le han echado caldo de pollo y han cocinado en medio de un salón. No sé, ya puestos a hacer la serie del año podrían haberse esforzado un poco más, los Javis.

Isabel Torres, en su papel como la Veneno.