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Trump no tiene quien le cante

Trump niega que vaya a cantar victoria antes de tiempo

A él le importará tres huevos de pato, pero si a mí, siendo famoso (un suponer), me diesen la espalda públicamente Neil Young, The Rolling Stones, Bruce Springsteen, John Fogherty, Elton John y R.E.M. me escondería en el hoyo más profundo del planeta, me sometería a una penitencia tan atroz que haría vomitar al mismísimo Torquemada y declararía maldita a toda mi estirpe por los siglos de los siglos. Pero ya les digo yo que a Donald Trump se le da una higa, y por ser como es y por decir lo que dice, se ha quedado sin apoyos musicales decentes durante su campaña.

Entre amenazas de querellas, requerimientos judiciales, negativas al uso de sus canciones y desplantes varios, la carrera por la reelección de este personaje ha quedado bastante deslucida. Glamour era que Frank Sinatra cambiara la letra de «High hopes» para hacer campaña por Jack Kennedy y que Marilyn te cantara el cumpleaños feliz. Aquí, Julio Iglesias y Norma Duval actuaron de manera lejanamente similar, pero mucho más sonrojante, a favor de Aznar. Antes, Alianza Popular utilizó «The final countdown» en un jingle y la banda sueca Europe no se quejó. ¡Pero si hasta Blas Piñar contó con los favores musicales de nuestro amadísimo Bruno Lomas en un evento de Fuerza Nueva!

Cómo será de malaje Trump que no tiene quien le cante y, pese a todo, ahí estaba el otro día, hipócrita pedazo de homófobo, bailando ese himno gay que es «YMCA» de los Village People, exhibiendo la mala educación que da el dinero y el desparpajo que otorga la ignorancia. Una escena ridícula, enturbiada más si cabe por el cinismo y la soberbia que ha guiado la vida de este gachó, que hizo realidad lo que otros congéneres suyos, como Jesús Gil y Ruiz Mateos, soñaron un día.

John Lydon le ha apoyado y ha pedido el voto para él. El viejo punk ha señalado otra vez, esta quizá sin querer, al anticristo. A la nueva reina y a su régimen fascista. A lo mejor reconoce la mugre y la furia que representan los seres deformes e inacabados como él y Ricardo III en muchos de los votantes del magnate norteamericano, supremacistas, analfabetos, machistas y profesionales del odio, el cisma y la inhumanidad. Los que levantan muros y cavan abismos entre personas para construir una sociedad basada en los principios de su propia podredumbre moral. Este presidente ha acabado haciendo buenos al Bush de la guerra de Irak, al Reagan de la visita a Bitburg y al Nixon de la Kent State. Trump es el Ku Klux Klan que secuestró a la chica de Joey Ramone; los agujeros de bala en las tapias de los cementerios que Joe Strummer lamentaba en «Spanish bombs» y el tiránico «Powerman» contra el que clamaban los Kinks.

Su dialéctica conspiranoica está vacía de razón y contenido, pero si los chicos de Muse le echaran ganas seguro que encontraban en ella material para hacerle protagonista de una delirante ópera rock: presuntas conexiones con servicios de espionaje de potencias extranjeras, supuesto blanqueo de dinero narco… ¿Quién sabe si no estamos ante «The man who sold the world» a los marcianos? Mañana conoceremos si la broma que nos gastaron los guionistas de los «Simpson» no ha ido ya demasiado lejos. Por pedir, preferiría a Homer como presidente: también para anaranjado y es idiota de remate, pero al menos tiene buen corazón.

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