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Fuera de compás

Bigotes por el hombre blandengue

Pues aquí me tienen, luciendo bigote para celebrar Movember, palabro que mezcla moustache, bigote en inglés, y november, que es en ese idioma este mes en el que se intenta concienciar a la población en general sobre enfermedades propias del hombre, tales como cáncer de próstata y testicular, pero también problemas más oscuros como la depresión y el suicidio masculino. Temas tabúes durante muchos años porque tiraban por tierra el estereotipo de macho cazador y protector de la tribu, fuerte como el acero e inasequible al desánimo. Y resulta que los tíos también tenemos nuestras debilidades, aunque a veces la sociedad se empeñe en negarlo.

El hombre de mi generación tiene terror a no cumplir con su familia, a no saber educar, a no saber criar. A engrosar las filas de aquel hombre blandengue que detestaba El Fary, que se encarga de la casa, de la compra y de los niños. Que se siente derrotado por no ajustarse a las convenciones sociales que le otorgaron otro papel en otros tiempos, tan lejanos como absurdos, recibiendo por ello el menosprecio de su comunidad, ignorante de los nuevos paradigmas.

Tenemos problemas de identidad, de sexualidad, estéticos y sentimentales. No sabemos gestionar emociones, inseguridades y traumas que quizá no sean lo suficientemente grandes para llamar la atención, pero sí tan duros como para provocar enfermedades silenciosas como la ansiedad y la depresión, por las que generalmente nadie suele preguntar porque a nadie se le pasa por la cabeza que un hombre puede estar triste y atemorizado. Y así es como el asunto acaba muchas veces en tragedia. Nadie sabía, uno callaba, los demás no preguntaban. Era más cómodo, menos violento. Un tío hecho y derecho llorando cuando, total, lo tiene todo.

El resto de Joy Division nunca preguntó a Ian Curtis. No imaginaron que esas letras llenas de angustia, soledad y aislamiento emanaban de su propia experiencia. Cuántos más salieron y saldremos por la puerta de atrás, incapaces de asimilar el éxito y digerir los fracasos, con una desesperada sensación de vacío, de inutilidad, de ser una carga para los demás. Podridos de pena, confusión, incomunicación y desamparo, incluso en el entorno mismo de la pareja, que no advierte las señales. Aplastados por agitaciones de todo tipo o desarreglos psíquicos, químicos y emocionales. Enfermos a los que ni la terapia ni la medicación solucionan nada.

Pete Ham y Tom Evans de Badfinger, Nick Drake, Elliott Smith, Kurt Cobain, Chris Cornell, Michael Hutchence, Brad Delp o Keith Emerson acabaron quitándose de en medio víctimas de la depresión, provocada por factores que otros hombres asumen, llevan o resuelven de otras maneras. Ellos decidieron poner fin a su vida. O se vieron empujados a ello por un impulso incomprensible para el resto y que ojalá nunca tengamos que experimentar. Todos pidieron ayuda a su manera, con sus gestos, sus silencios o sus canciones. Yo nunca podré escribir «Without you», «Pink moon» o «Needle in the hay», pero igualmente pido socorro, a mi manera, con este bigote que me queda fatal. Lo hago por mí, por mis amigos y por los niños que mañana serán hombres.

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