Fernando Delgado acaba de llamar. «¡Le han dado el Cervantes a Brines!». Afuera, la tarde ya es del todo oscura. Adentro, una emoción enorme –de las que solo un poeta es capaz de describir– lo alumbra todo.

Es muy honda la admiración que siento por Brines, de quien siempre tengo un libro sobre la mesa. Es el poeta que nos enseñó que «somos un paréntesis entre dos nadas». El autor de la calma, la melancolía y la mirada elegíaca hacia un pasado que ni la poesía ni el recuerdo pueden restituir. El escritor de la serenidad y del profundo mediterráneo que, a través de Kavafis, nos conecta con el basamento clásico de nuestra cultura. El verso heredero de la hondura de Calderón. El humanista que enhebra pensamientos y emociones. El filósofo del paso del tiempo, consciente de «la ruina extensa del pasado». El pensador de la soledad.

Todos ellos es Paco Brines, un poeta que nos ha sacado de la caverna más primaria y superficial, más evanescente y efímera, para adentrarnos en lo eterno. Un escritor cuyos versos, injertados siempre de ideas como se injertan los árboles que rodean su casa de l’Elca, en Oliva, realzan los trazos de la realidad que a veces eclipsan el ruido y la furia cotidianos.

Su obra, que ya estaba en la cima literaria, corona ahora la cumbre de los reconocimientos en el ámbito hispánico: el Premio Cervantes. Es el primer Cervantes valenciano desde que se instituyó el prestigioso galardón en 1976. Un hito para las letras valencianas, que ven reconocida una tradición poética en castellano que entronca con Miguel Hernández, Juan Gil-Albert o Paca Aguirre.

Hace menos de un año, en su casa de l’Elca, pude entregarle el más alto honor cultural de la Comunitat Valenciana: l’Alta Distinció de la Generalitat. Fue la última vez en la que nos hemos visto. Muchas otras veces he disfrutado de su compañía, admirando su humanidad, su humildad y también su vitalidad. «No veo bien de un ojo. No oigo nada de un oído. Y una pierna me falla mucho. Pero quiero seguir viviendo», me dijo en una ocasión. Así lo va haciendo, desafiando al tiempo y todo lo que conlleva.

Es una suerte que la voz de Paco Brines nos acompañe en este paréntesis entre dos nadas que nos ha tocado navegar. Su voz nos hace más libres, más cultos, más sencillos. Esa es la lección de Paco.