En cierta ocasión, durante una entrevista para un periódico nacional, Francisco Brines trató de explicar su relación con la literatura mediante la siguiente declaración ingeniosa: ‘Soy un monógamo de la poesía’.

El periodista, un poco duro de oído, realizó una transcripción cómica que ha alcanzado la celebridad entre los amigos del poeta, por su humor involuntario, y por tratarse de una absurda hipérbole en relación con el carácter de Francisco Brines: ‘Soy un megalómano de la poesía’.

Esa monogamia a la que se refería el autor (y que no es absoluta, porque Brines ha escrito y publicado magníficos ensayos sobre literatura en general, sobre artes plásticas, sobre el universo del toreo) quería indicar una manera concreta de entender la poesía. En primer lugar, como un acto de amor e intimidad para con el género (es decir, como una manifestación de vitalismo), y en segundo lugar, como un hecho de exclusividad. La poesía ha sido el destino de Francisco Brines, su forma de estar en el mundo. Ha vivido por ella, para ella, gracias a ella, haciendo de su lectura, de su escritura, y, sobre todo, del acto de compartirla con sus amigos de cualquier generación, su principio de razón vital.

La concesión del Premio Cervantes (que llega, a mi entender, más tarde de la cuenta, porque la obra de Brines está cristalizada en su cumbre desde hace más de veinte años, cuando apareció en 1995 ‘La última costa’) rinde homenaje merecido a un maestro de una generación maestra, la del 50, una generación a la altura de las mejores de la poesía española contemporánea, tan importante como la del 98, la del 27 y la Primera de Posguerra.

La experiencia de leer la obra de Brines significa, antes que cualquier otro asunto, un profundo aprendizaje de la emoción estética, que es el fundamento último del arte

La experiencia de leer la obra de Brines significa, antes que cualquier otro asunto, un profundo aprendizaje de la emoción estética, que es el fundamento último del arte. Los poetas que no nos conmueven (a través de la intensidad emocional, de la inteligencia, de la precisión en el uso del lenguaje) no son poetas.

Brines ha llamado al conjunto de su poesía «Ensayo de una despedida», la despedida del mundo que todos los individuos nos vemos obligados a cumplir, después de haber tratado de establecer con el mundo una relación de conocimiento y carnalidad estrecha. De ahí que la poesía quiera dar cuenta de todo ello, necesite dar cuenta de todo ello, mediante el relato de una vida.

Brines ha llamado al conjunto de su poesía «Ensayo de una despedida», la despedida del mundo que todos los individuos nos vemos obligados a cumplir, después de haber tratado de establecer con el mundo una relación de conocimiento y carnalidad estrecha

Creo que todos los escritores, practiquen el género que practiquen, son autobiográficos por obligación. Pero los poetas tal vez sean doblemente autobiográficos, porque el género es confesional en esencia.

La obra de Brines comenzó con ‘Las brasas’, en 1960. En ese libro de juventud el protagonista se soñaba como un anciano que vivía en su casa de Elca, asistiendo al inacabable espectáculo del mundo. En esa casa vive hoy, muchos años después, Francisco Brines, y asiste atónito todavía a ese mundo que tanto ama. Y lo hace, como siempre, de la única manera en que sabe hacerlo: siendo un monógamo de la poesía.