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Joaquín Achúcarro: "Es extraño, pero cuando dominas una obra te deja de interesar"

Pianista.

«Es extraño, pero cuando dominas una obra te deja de interesar»

«Es extraño, pero cuando dominas una obra te deja de interesar»

En 1957 el maestro José Iturbi organizó una gira para recaudar dinero y ayudar a los damnificados de la «riuà» de València. Para sus conciertos de Bilbao y Burgos echó mano de un jovencísimo pianista bilbaíno al que había conocido unos años antes. «Yo

tenía 15 años y me hicieron tocar delante de él. Estaba muerto de miedo», recordaba ayer Joaquín Achúcarro (1932). «Yo ya había expresado mi idea de ser pianista, que en aquel tiempo en Bilbao era como decir que querías ser un loco. A Iturbi le preguntaron y dijo ‘si a los 15 años yo hubiese tocado como este chico me hubiese dedicado al piano’. Y desde entonces hasta ahora».

¿Qué tiene para usted el piano que desde entonces no se ha separado de él?

Que es un instrumento de posibilidades sonoras infinitas y para el cual alguno de los mejores cerebros que ha producido la raza humana han escrito sus obras maestras. Obras que nos tocan, nos edifican y nos hacen aprender.

Poco después de aquellos conciertos del 57 empezó usted su carrera internacional...

Sí, en 1959 con un concierto en el Festival Hall de Londres tras ganar un concurso en Liverpool. Para tocar con Iturbi retrasé unos meses una estancia en Viena para estudiar y donde fui compañero, pero compañero de dividir salchichas, de Zubin Mehta, de Claudio Abbado e incluso de Daniel Barenboim. Años después Mehta me invitó a Los Ángeles, y es cuando fui a casa de Iturbi y vi el palacio que tenía, la colección de obras de arte que tenía, su colección de coches y vi lo que se le apreciaba en América.

Era como una estrella del rock. ¿Algún intérprete de música clásica actual es tan popular?

Lang Lang lo es, por ejemplo, y a una escala mucho más mundial que Iturbi gracias a la difusión que permiten las nuevas tecnologías. El mundo ha cambiado de una manera enorme. Mucha gente no sabe ya quién era Iturbi. Hay quienes desaparecen habiendo sido dioses y otros como Mozart o Bach no desaparecerán nunca.

¿Le preocupa que se olviden de usted cuando ya no esté?

En absoluto, estoy seguro de que me van a olvidar. Pero yo lo estoy pasando muy bien haciendo lo que estoy haciendo, viviendo la vida que me ha tocado vivir, en el momento en el que me ha tocado vivir y con la tecnología que me ha tocado vivir y que no para de cambiar.

¿Ha tenido que ir adaptando su forma de tocar a sus condiciones físicas?

Todo hay que adaptarlo a las condiciones físicas. No es lo mismo un piano en un salón cerrado y seco que en una iglesia, ni tocar en una sala vacía que en una llena. Esos imprevisibles no se pueden estudiar, pero la experiencia de muchos conciertos te va enseñando cómo pueden pasar las cosas. Por eso de aquí al sábado voy a estar tocando seis horas al día hasta que me acostumbre al piano y al local.

¿Por qué a la edad que mucha gente se queda en casa o mirando obras usted sigue saliendo de gira y practica seis horas al día?

Porque disfruto mucho más que ellos, estudiando y hablando con Mozart y con Chopin y con Brahms.

¿Cómo es su relación con sus obras?

Es una relación que va creciendo, va profundizándose. Me pregunto cómo se le ocurrió a Beethoven o a Mozart meter tal maravilla y al final es todo como una especie de misterio.

¿Qué siente cuando ve que al fin ha dominado una obra?

Cuando dominas una obra te deja de interesar. Es algo extraña esa relación. Antes mi interés era con la página escrita, ahora directamente es con el compositor. Cuando averiguas su misterio es como que se enciende una luz.

Alguna obra o compositor se le ha resistido?

Todas. Una vez le pregunte a Isaac Stern después de oírle en un concierto de Bartok, si alguna vez había tenido problemas con el violín. «No he tenido más que problemas», me dijo.

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