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Benjamín Prado

Benjamín Prado: "Una persona decente siempre tiene la lista negra en blanco"

Escritor. Poeta y novelista, Prado ha rescatado la memoria de las dos primeras deportistas españolas que compitieron en unas olimpiadas, las hoy olvidadas Margot Moles y Ernestina Maenza, para recordar lo mucho que perdió España tras la Guerra Civil.

El escritor Benjamín Prado, autor de «Todo lo carga el diablo», ayer en el periódico Levante-EMV. | FERNANDO BUSTAMANTE

El escritor Benjamín Prado, autor de «Todo lo carga el diablo», ayer en el periódico Levante-EMV. | FERNANDO BUSTAMANTE

Benjamín Prado inicia ‘Todo lo carga el diablo’, la quinta novela de su serie protagonizada por el profesor Juan Urbano, en la II República, donde dos personajes reales, las deportistas olímpicas Margot Moles y Ernestina Maenza, y uno inventado, Caridad Santafé, ejemplifican cómo la Guerra Civil y el franquismo aniquilaron la «revolución de las costumbres» que habían impulsado mujeres como ellas. La visión histórica se une en este libro con una trama de laboratorios farmacéuticos y manicomios para mujeres que lo acercan al cuento gótico de terror.

¿Imagina cómo hubiera sido España si esa «revolución de las costumbres» no se hubiera visto interrumpida por la guerra y lo que vieron después?

Sí, y duele ver todo lo que se perdió, especialmente esa lucha para conseguir derechos para todos, y para las mujeres en particular. De esas políticas salieron filósofas como María Zambrano, novelistas como María Teresa León, poetas como Concha Méndez, filólogas como María Moliner... Y también deportistas como Margot Moles y Ernestina Maenza. Que tras la guerra la Sección Femenina decidiese que el deporte femenino era inmoral y que luminarias como Gregorio Marañón asegurasen que era malo para aquello a lo que las mujeres estaban destinadas -procrear-, es un buen síntoma de lo que se perdió. Pero también se puede soportar la visión contraria: leer esta novela sirve para valorar mejor lo que ahora tenemos, que no llega a ser todavía lo que hubo en los 30, pero que es una conquista respecto a lo que hubo durante los 38 años del «funeralísimo» que decía Alberti.

¿En qué fue mejor la II República que la actual democracia?

En los años 30 uno de los objetos del Gobierno era convertir la cultura en una de las columnas básicas de la sociedad y la igualdad en otra columna básica... En eso hemos retrocedido. Ahora ni la cultura se apoya como en la época de la Residencia de Estudiantes ni la igualdad se ha conseguido. Al contrario, cada vez hay más desigualdad entre ricos y pobres y entre mujeres y hombres. Y estamos peor porque los políticos de estos días primero han dejado de tener ideología y después ideales y todo lo han resumido en una frase lamentable: «es la economía, estupido».

Margot era de izquierdas y Ernestina de derechas y fueron amigas. ¿Es demasiado imaginar que hubo una sola España?

Es que la hubo. La idea de la España guerracivilista es malintencionada y ha sido creada por gente que vive del conflicto. En las fotos de esa época puedes ver a Neruda, que era comunista, al lado de Rosales, que era Falangista, y al lado Alberti, Vivanco... La Generación del 27 estaba formada por poetas de izquierdas como Lorca, moderados como Salinas y de derechas como Gerardo Diego. Eran grandísimos poetas y, además, amigos. Me gusta la parte de la novela en la que he podido escribir de la otra Generación del 27, la de Jardiel, Mihura o Neville, gente genial que además eran buenas personas pero que en su momento apostaron por un criminal, que era Franco, y estoy seguro de que acabaron lamentándolo.

Esa otra generación del 27 cayó en el olvido tras el franquismo. ¿No se puede separar la literatura de la actualidad política?

Sí se puede, porque la actualidad política es mucho más barata que la literaria. Cualquier buen lector tiene muy poco interés en las afinidades ideológicas de los autores a los que admira. El antagonista no es el adversario. Quien piensa lo contrario de mí no es mi rival, a no ser que lleve una pistola en la mano. Una persona decente siempre tiene la lista negra en blanco.

¿Usted tiene amigos de derechas?

Sí, y media familia también. Nunca le he pedido a nadie el carnet. Me parece una estupidez. Alberti, que era comunista de carnet, me decía ‘niño, no seas sectario que si no te perderás la mitad de cada cosa y además, se aprende más de las personas que no piensan como tú’.

Caridad es un personaje inventado y Ernestina es un personaje real tan desconocido que casi se lo ha tenido que inventar. ¿Lo ha hecho para recordarse a sí mismo que esto no es un ensayo?

A los novelistas se nos juzga por los personajes de ficción que creamos. Los reales son para los historiadores, y yo no lo soy. Mi objetivo es que esto sea una serie de novelas entretenidas y que el lector tenga ojeras porque no ha podido dejar de leer por la noche. El ser humano ha inventado el verbo entretener para no estar pensando todo el día en que es mortal.

¿No hay un exceso de novelas de personajes reales? ¿Tanto cuesta imaginar?

Yo soy lector de Galdós y no hay nada que me divierta más que hacer ese juego que obliga a los personajes reales a comportarse como personajes de ficción, y a los de ficción a comportarse siguiendo ciertas reglas. La tarea de documentación, que a mí me ha llevado dos o tres años en cada novela de esta serie, no tiene mérito, es un trabajo que hace cualquiera. El verdadero mérito es que luego eso no se vea demasiado.

Juan Urbano, el protagonista de la serie, dice que con lo que escribe se mantiene a flote y cubre su vanidad. ¿Se identifica con él?

En la literatura yo soy un privilegiado, solo puedo decir que me va bien. Pero habría que apoyarla más. No se me ocurre ningún otro ministerio en el que la primera rueda de prensa de su titular sea para decir que lo suyo no es tan importante. Es exactamente lo que hizo el actual ministro de Cultura y no haría nunca el de Economía, Defensa o Sanidad.

¿Tenemos el ministro de cultura que nos merecemos?

No. El Ministerio de Cultura de un país que tiene a Cervantes, Picasso, Goya o Góngora, tendría que ser uno de los centros de la acción política como lo fue en los 30. No puede ser que el ministro de Cultura sea siempre decorativo, el que cuando ya está hecho todo el Gabinete decidido alguien dice que nos falta una mujer o un canario, por poner un ejemplo. Tendría que tomarse mucho más en serio.

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