Se preguntaba Nick Hornby si estamos tristes porque escuchamos música pop o bien escuchamos pop porque estamos tristes. Para animar esta disquisición bizantina, los de Spotify acaban de enviar a sus usuarios un informe con los hábitos de escucha y las preferencias que han mostrado en este año que termina. Un regalo para analizarnos y comprendernos mejor, porque ¿qué es una playlist sino la fotografía de una persona en un momento determinado? Yo sostengo que esa estadística es la suma anual de todas nuestras heridas emocionales. Una visión global de nuestro fracaso como seres responsables, cabales y equilibrados, a la manera de nuestros padres, representada en unas pocas canciones. Y como la confianza da asco, les revelo mi informe y se lo explico, no sin antes adelantarles que, según conclusiones extraídas del mismo, soy un carcamal neurótico y depresivo, un acérrimo fan de los Kinks y un inmovilista que no escucha casi nada posterior a 2013.

A la cabeza de mi top cinco figura «More than this», de Roxy Music. La escuché 53 veces el día de mi cumpleaños mientras, sentado en el trono de la vergüenza, gugleaba frenéticamente imágenes de prolapsos rectales en medio de un furibundo ataque hemorroidal. Necesitaba algo que mitigara la vulgaridad de la escena y me enganché a ese temazo.

Antes, durante el confinamiento, adquirí la penosa costumbre de ir vestido con un harapiento chándal de deficiente confección china. Cómodo a rabiar, llegué a llevarlo por la calle para disgusto de mi parienta. En aquella primavera doméstica de aperitivos eternos y absurdas ingestas alcohólicas descubrí «Emborracharme», de Lori Meyers y, muy a su pesar, la tomé como metáfora de nuestra propia relación por aquello de vestir más decente y acompañarla a sitios deprimentes.

Gordo, asilvestrado y sin vida social, mis traumas no tardaron en aflorar y agravar las broncas que propiciaba la convivencia forzada de cuatro humanos en un pisito con un minúsculo baño. El más grave de todos ellos, simbolizado en la obsesiva audición del tercer éxito de mi lista, «Range life» de Pavement, fue percatarme de que, a mis 44 tacos, ya no soy ningún adolescente. La tonelada de reproches y remordimientos que trajo la noticia me provocó un horrible insomnio, adobado por delirantes e imaginarias conversaciones con mis malvadas exnovias y por la ansiedad que experimenté en verano al quedarme atrapado en la montaña rusa de Marina d’Or. El resultado fue la escucha compulsiva de «Pesadilla en el parque de atracciones», mi cuarta canción más reproducida en 2020.

Según el informe de la aplicación cibernética, en noviembre remonté el vuelo propulsado por un bigote, una ortodoncia y «Love will tear us apart», un colosal monumento a la depresión que se aupó al quinto lugar, desbancando al «Pollito Pío» y su reinado de terror latino infantil. No les engaño: una ruina de playlist para una ruina de nota, al que sólo el rock y el incomprensible amor de su mujer han mantenido a flote estos doce meses. Y ese he sido yo y mis circunstancias, analizado por el doctor Spotify en su diván. Para seguir con la broma, molaría que las webs porno remitieran un informe similar.