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Crítica musical

Beethoven oscarizado

Beethoven oscarizado

Beethoven oscarizado

No se anduvo con chiquitas el pianista Óscar Oliver (Massalavés, 1976) en su actuación en el ciclo de las sonatas de Beethoven promovido por el «tancat» Palau de la Música en el problemático espacio musical creado en el Centre Cultural L’Almodí. Fue el suyo un Beethoven valiente, atrevido incluso. De alto riesgo, anchas dinámicas y fiel más al discurso musical que sujeto a cualquier conveniencia o comodidad. Versiones arrolladoras –que no despendoladas-, calmas y fogosas a un tiempo, cuyo cuidado y equilibrio nunca supusieron contención o reserva.

A pesar de la apariencia serena y contenida ante el teclado, el arrojo de Óscar Oliver se sentía donde tiene que percibirse: en cada nota y frase. Más allá de aspectos y poses, este Beethoven «oscarizado» se distinguió, sobre todo, por la entrega y honestidad de un intérprete que más allá de cualquier detalle ajeno a la sustancia musical, impuso el gobierno e impulso del propio discurso sonoro. Asumió riesgos y compromiso ante un programa de campanillas que agrupaba tres sonatas tan diversas y características como las conocidas como «Tedesca» (número 25, en Sol mayor), y las célebres «Patética» y «Appassionata».

Un recorrido peliagudo y a todas luces peligroso, de dinámicas extremas pero nunca exageradas y menos excesivas, en el que Óscar Oliver viajó desde la volátil y no tan fácil Sonata Tedesca a los ardorosos pentagramas de la Appassionata, cuyos arriesgados compases finales fueron resueltos con la misma valentía, arrojo y honestidad que distinguieron todo el recital. Altos vuelos alcanzó también su visión de la popular Sonata Patética, en la que a partir del rotundo acorde de do menor que tan gravemente abre la partitura, Oliver desplegó una lectura calibrada, perfectamente estratificada en sus tres movimientos, con un Andante central de cuidada melodiosidad y recóndito pulso interno. Fue el preámbulo del casi mozartiano rondó final, expresado en su preciso equilibrio entre el mundo dieciochesco que se extingue y el nuevo romanticismo que Beethoven ya apunta en esta sonata nacida en 1799, casi en los albores del XIX. Fue una visión calibrada y extravertida, hábilmente trazada y rigurosamente planteada desde el acorde inicial hasta los risueños compases del rondó conclusivo.

Óscar Oliver desplegó en todo el recital un pianismo dotado de la rara cualidad de dejar asomar y otorgar importancia a todo lo que hay alrededor de lo principal. Asomaron así destellos, sonoridades, registros y motivos que normalmente quedan inadvertidos. Un pianismo indagador en el que el entretejido musical adquiere inusitada presencia. Como ocurrió también en el muy hermosamente cantado impromptu de Schubert (el tercero del Opus 90) que tocó de propina, en el que el tenue rumor del acompañamiento se escuchó con tanta presencia y protagonismo como la prodigiosa melodía. Llovieron bien ganados bravos y aplausos, incluidos los del mismísimo alcalde Joan Ribó, sentado en primerísima fila.

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