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Fuera de compás

Bodas de plata y acero

Bodas de plata y acero

Bodas de plata y acero Fernando Soriano

En una calle de aspecto anodino, sin colas para entrar a un teatro semivacío, ante una audiencia desperdigada, extrañada, fríamente retraída tras máscaras que ocultaban las sonrisas y con un cantante afónico o resfriado y con poca voz. Así se enfrentó La Habitación Roja, con un disco a medio publicar y tropecientos conciertos aplazados o suspendidos en este año infernal, a la primera de sus dos noches en el Principal de València para celebrar su vigésimo quinto aniversario. Y lo hizo con el pundonor y la honestidad de siempre, con los valores que emanan de «Segunda oportunidad». Creyendo que querer es poder. Que la música nos salvará. In hoc signo vinces. Y bajo ese signo vencieron. La Tau de la tenacidad. Creer en volver a creer es más fácil después del viernes. Con la que está cayendo.

Los elianeros comenzaron con «Largometraje». «Polideportivo» y «23» recuperaron el sonido electroacústico de sus inicios, sencillo y puro, pero embellecido esta vez por los teclados de Endika y Edu. Dejaron fuera «Crónico», «La edad de oro», «Eurovisión» y «Un día perfecto», así que asestaron su primera cuchillada emocional seria con «El hombre del espacio interior». Recordaron tiempos felices en «Cuando te hablen de mi» y regalaron potencia y densidad en «Dices que no» y «El eje del mal», que estuvo a la altura de su leyenda. Continuaron con la tremenda «Van a por nosotros», definitoria de una generación, que sonó enérgica y lamentablemente tan certera como hace quince años. «Fotógrafo del alma» les quedó hermosa y dinámica, y «Cuando ya no quede nada» tuvo sabor a clásico reencontrado. A estas alturas el público pedía más caña y coreó con ganas la musculosa «Voy a hacerte recordar», para relajarse después con la navideña «Younger», en la que Pablo Maronda puso coros a su nostálgica melodía.

Tras cortejarse tímidamente durante una hora larga en una cita algo deslucida por la puta pandemia, los cuerpos de la banda y de la audiencia se acoplaron definitivamente y de manera explosiva con la electricidad machacona de «Annapurna», la festivalera y aplaudidísima «Ayer», y una revisión vitalista y brillante de «La moneda en el aire». La voz de Judit Casado, que estuvo a los coros en gran parte de la actuación, derrochó emotividad en «24 de marzo» y «Volverás a brillar». Después del pop orquestal de «Líneas en el cielo», el grupo atacó «Quiero» y la soberbia «Patria», tras las que mostraron los dos ases que guardaban en la manga para poner a la peña de pie: los himnos «Indestructibles» y «Mi habitación». Para acabar, un homenaje a nuestras mejores amigas en «Las canciones».

Les he visto mejores conciertos, en los que irradiaban otro tipo de energía, en recintos más adecuados, bajo circunstancias más favorables. El viernes estuvieron comedidos y sobrios, pero relajados e ilusionados. Profesionales, pero sin la magia de otras ocasiones. No les extrañe. Asomen el morrito y verán que no es tiempo de magos, sino de héroes. De voluntades de acero, de apretar los dientes y no darse por vencidos. Como hicieron ellos durante dos horas y cuarto. Como lo llevan haciendo durante veinticinco años.

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