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MÚSICA CRÍTICA

Impresentable

Guérguiev, al frente de la Orquesta del Marinski, en València. Live Music Valencia

impresentable

Impresentable. No otra palabra define mejor el comportamiento del maestro Valeri Guérguiev (1953) en su nueva actuación en València, dentro de la temporada de abono del Palau de la Música en el Palau de les Arts. En un tiempo en el que todos estamos sometidos al imperio de la mascarilla y a las medidas de seguridad impuestas ante una pandemia que suma ya millones de muertos, el ciudadano Guérguiev se salta la ley y las normas de convivencia a la torera y se pasea por el escenario y por los pasillos del Palau de les Arts sin mascarilla, sin mamparas en torno al podio que protejan a los músicos que tiene ante sí ni ninguna otra medida de protección. Esto es una crítica de música, sí. Pero ante un hecho de semejante gravedad, sin que nadie haya tenido el valor de decirle al todopoderoso director de orquesta: «Maestro, así no», el asunto cobra protagonismo y su denuncia se impone sobre las bondades o no de su nueva y, por otra parte, descartable actuación en València.

Dicho esto, y apuntada también la obviedad de que Guérguiev es un gran maestro y su orquesta del Marinski un conjunto sinfónico de alto rango, hay que afirmar que su nueva actuación en València ha sido un bolo de cuidado. No es de recibo proponer una Sinfonía fantástica con una plantillita orquestal justita para abordar un Mozart o, a lo sumo, un Beethoven primerizo; sin ni siquiera cubrir en algunas secciones la orquestación exigida por la partitura: en lugar de dos tubas, solo una, y los dos timbaleros también se convirtieron en uno… Por muy buenos músicos que sean, por muy competente que sea el desenmascarillado Guérguiev, es absolutamente imposible que con tan rácanos medios se pueda conseguir en una sala moderna la sonoridad y revolucionaria densidad orquestal que introduce Berlioz en su novedosa sinfonía. Tampoco, claro, dar vida a la futurista «experimentación sonora y sabiduría instrumental» de la que escribe Blanca Calvo en las notas al programa.

Cuatro violonchelos y tres contrabajos no pueden ser base sonora sobre la que se reconstruya un monumento de la ambición acústica de la que es una de las sinfonías más fantásticas y radicales de la historia de la música. Con semejante familia instrumental, la versión era ya fallida antes incluso de nacer. Es como correr las 500 Millas de Indianápolis con un Seiscientos. Tan precario dispositivo instrumental y sus consecuentes desajustes de balance y equilibrio sonoro no evitaron, sin embargo, que la interpretación contara con momentos de valioso calado instrumental y expresivo, con un clarinete solista que fue una verdadera gozada.

Guérguiev, que mascarillas y bolos aparte es un músico de primera, creó magia en el «Vals» y sugestiones en la «Escena campestre» (bien sin más el coloquio entre oboe y corno inglés), aunque no pudo evitar –sin ensayos no hay manera; milagros a Lourdes– momentos emborronados e incluso de evidente confusión, como en el famoso pasaje de los violines «col legno» en el «Sueño de una noche de aquelarre», en cuyo grave comienzo faltó cuerpo y densidad, mientras que en la recurrida evocación del Dies Irae faltaron el sonido de las campanas (el socorrido campanólogo sonó casi a hojalata), la rotundidad del juego de timbales y el cuerpo de la segunda tuba. Por otra parte, algunas entradas resultaron particularmente duras y hasta hirientes, como ciertos acentos en pizzicato de la cuerda grave (quizá forzadamente enfatizados por Guérguiev para compensar la raquítica plantilla).

Antes, en la primera parte, el maestro se mostró inmisericorde con el piano de Alekséi Volodin (San Petersburgo, 1977), al que tapó una y mil veces en un desequilibrado Segundo concierto para piano de Rajmáninov en el que el solista no pudo encontrar su propio espacio sonoro, y al que apenas se pudo escuchar en la lenta introducción (todos los acordes arpegiados y muy ralentizados) y en contados pasajes. Apenas se le escuchó en el gran y famoso clímax del primer movimiento, aunque no por falta de sonido del teclado, sino por el incontenido torrente orquestal que lanzó Guérguiev desde su menguada pero aquí sonora orquesta. Solo se pudo disfrutar plenamente del arte pianístico de Volodin en el preludio de Rajmáninov que tocó como propina. Éxito inapelable de todos ante una sala con sus butacas disponibles plenamente ocupadas. Lo mejor de la noche llegó en el regalo final: una deliciosamente recreada obertura de El murciélago en la que Guérguiev y sus disciplinadas huestes marinskianas casi rozaron al dios Kleiber y los filarmónicos vieneses.

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