Hace casi un año que empezó la zozobra. La vida era más o menos como siempre. Unos arriba y otros abajo. Unos con mucho y otros con nada. Unos con la risa puesta porque iban a caballo del machito y otros con la boca torcida que en los payasos es símbolo de nobleza y en la precariedad una mueca que se parece del todo a la tristeza. La «vieja normalidad» daba paso a otra que tenía sobre todo la traza del desconcierto. El mundo empezaba a desmoronarse, como en el París de Casablanca sobre el amor de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, y nos decían que a los cuatro días ese mundo volvería a tener todas las piezas en su sitio. El futuro estaba asegurado, que es lo que siempre dicen quienes disfrutan haciendo trizas el presente. Pronto pudimos comprobar que ese futuro era como un azucarillo que se deshacía en el café amargo ofrecido, desde las primeras horas de la mañana, por las cadenas de televisión. Busquen si pueden un refugio antinuclear porque viene la gorda, nos advertían el apocalíptico García Ferreras y sus colegas del Club de la Tragedia, como si informar decentemente fuera lo mismo que meterte a trompicones en el castillo de Drácula o en un curso sobre pandemias a cargo de Miguel Bosé. Había llegado el alien y el planeta entero puso cara de no haber roto nunca un plato. ¡Menudo morro!

La vida empezó a respirar en los balcones. Era como si de pronto hubiéramos descubierto que la gente buena existe, que la solidaridad nos era necesaria como el agua, que abrazarnos estaba prohibido para no abrirle caminos al bicho pero que algún día -cuando fuera- volverían porque no hay nada que sea para siempre, y tampoco lo que nos hace daño. Luego llegó la desescalada a más velocidad que la que impusieron Rajoy y Rubalcaba a la abdicación del de Abu Dabi en favor de su hijo bienamado, en quien no tenía el de los elefantes ninguna complacencia. El eslogan de la política dominante y la todopoderosa economía era contundente: salvar el verano. El turismo era el rey y, visto lo visto, como dice la ranchera de José Alfredo Jiménez, seguiría siendo el rey porque, cuando quieren los que mandan, es más fácil una abdicación real que la de un modelo productivo aunque esté más gastado que las sandalias de Filípides cuando la batalla de Maratón.

El verano no se salvó y lo que se había ganado en salud cuando el confinamiento volvió en poco tiempo casi a los comienzos del desastre. Pero el macrodinero nunca da su brazo a torcer, nunca. Y llegó con presteza el segundo eslogan: salvar la Navidad. La vida no tenía sentido si no la compartíamos con la familia ausente y con esas amistades que pasaron entonces a llamarse allegadas. Unas fiestas, tantas veces vividas a regañadientes, se convertirían en imprescindibles. Ni el gobierno central ni los autonómicos torcieron el morro de la suspicacia. La pandemia se diluía en las bolitas del champán y daba igual que en las tripas del roscón el rey hubiera dejado el trono al Joker de Batman o a su compinche Terminator. Pasó la Navidad, con su Nochebuena y su Nochevieja, y, como ya sucedió cuando el fracaso del verano, los políticos se echaron la culpa unos a otros para desentenderse de la nueva ola covídica que está subiendo de tamaño más que una cría de Tiranosaurio. Las cenas y comidas de esas fiestas se han convertido en la cena de los acusados, como en la película que dirigió en 1934 V. S. Van Dyke sobre una novela de Dashiell Hammett. O como en aquella otra de 1959 en que Julien Duvivier reunía a ex miembros de la resistencia francesa contra los nazis para ver cuál de ellos había sido un traidor.

Ahora mismo, la situación es más que preocupante. Y encima ahí están esos sinvergüenzas que se aprovechan de sus cargos públicos para vacunarse antes de que les llegue el turno. Los golpes de pecho por los fallos del verano y las celebraciones navideñas resuenan como los tambores watusi en Las minas del rey Salomón. Sin embargo, y a pesar de tanto desasosiego y tanta incertidumbre, seguro que ya se está cocinando el próximo eslogan publicitario: ¡Salvemos la Semana Santa! ¿Quieren ustedes apostar algo a que ésa será la próxima campaña para que se lleven como hermanos el virus y el dinero? La mona de Pascua no nos la podemos perder por nada del mundo. Hasta ahí podíamos llegar, ¿no? Hasta ahí podíamos llegar.