Este hombre que acaba de morir en Barcelona, Joan Margarit, era uno de nuestros paisanos. Era uno de los grandes poetas de la posguerra vivió en Tenerife y en Las Palmas en los tiempos en que la adolescencia lo estaba conduciendo a la patria de la vida, que es en definitiva la casa en la que se concentran los amores, los trabajos y las restantes ansiedades. Hace un año fue premio Cervantes, y aquí tendríamos que haberlo celebrado como tal. De hecho, cuando lo celebró él mismo contó sus tiempos entre nosotros (como lo había hecho en su poesía y en su prosa) como parte principal de su biografía; porque aquí halló paz y sosiego, aprendió a mirar los pájaros y las plantas, aprendió a cultivar lo sencillo, su territorio eran las azoteas, las casas, las calles vacías, el mar vaciándose en la noche oscura. Era un insular de todas las islas, un patriota del litoral y de los montes, alguien que tenía siempre en su inteligencia la memoria de los versos que aquí empezó a escribir. Su hija Mónica vino hace poco y tuvo tiempo para rebuscar en el callejero las huellas de su padre, y él expresaba con regocijo, como si estuviera aún aquí, que este era el territorio de su memoria. Tenía presentes los nombres de los sitios y de los sabores, que son en definitiva la esencia que mantiene en tierra la memoria, y nunca se olvidó de los nombres propios, del remoto pasado y del más reciente periodo de su vida, desde Domingo Pérez Minik o Emilio Lledó a Emilio Machado, arquitecto como él y amigo suyo hasta el final de los días. Y era tal el amor que se llevó de aquí que jamás, en ninguno de sus libros, dejó de mencionar aquel trayecto fundamental de sus sentimientos y de sus viajes.

En su tan hermoso libro Para tener casa hay que ganar la guerra (Austral, 2018), rinde homenaje a aquel muchacho que fue, pero sobre se inclina ante la belleza, entonces casi rural, de los lugares insulares a los que lo trajeron sus padres. Jamás perdió su conexión sentimental con Santa Cruz o con Las Palmas, y se consideró paisano y hermano (“hermano”, esa era su palabra) de los que se acercaran a él declarando su identidad y su procedencia. Ese libro contiene monumentos narrativos que deberían ser (si las autoridades locales hubieran tenido olfato para ello ya tendrían que estar en las paredes) motivo de orgullo a los que consideran estas ciudades como herencia de lo mejor que han tenido y no sólo de lo fugaz que celebran las ciudades cuando no se permiten mirar hacia lo importante sino hacia lo vistoso. En el último capítulo de ese volumen que ahora tendría que ser (porque no lo ha sido antes) parte de nuestras bibliotecas municipales, insulares o escolares, explica que Barcelona, donde nació, y las islas Canarias, donde se fue criando para librar la guerra de vivir, son los lugares de su vida; los barcos fueron los medios de transporte que lo llevaron de unas casas a otras. Barcelona, Cádiz, Las Palmas Tenerife… “La Cordillera y la Punta de Anaga, impresionantes una vez más, pero esta vez desde una perspectiva nueva, más desnuda, me despiden de un mundo que me ha acogido, ayudado y respetado. La tierra que más me ha querido”.

Él devolvió ese amor en silencio, escribiendo y mirando; como poeta se hizo insular tantas veces como regresó al recuerdo imborrable de sus años con nosotros (Tenerife, Las Palmas, entre 1954 y 1960). Y como ser humano, como ser rabiosamente humano, explicó como si tuviera en los ojos, impregnado a fuego, el sentimiento de la gratitud, e hizo ese regreso escrito como si estuviera pagando una deuda sentimental que le fue imborrable. A un chicharrero (él llamaba así a todos sus amigos de Tenerife) que le quiso mucho le dedicó ese ejemplar de su libro que es un monumento insular tan grande como su corazón: “Nunca como aquí he expresado mi amor por tu isla”. Dice Margarit al principio de esa memoria que incluye episodios decisivos de la guerra contra la República: “Mis primeros recuerdos tienen esa nitidez con la que a veces nos sorprende la salida del sol. Probablemente, los recuerdos de senectud también la tendrían si me quedara el tiempo suficiente para considerarlos”. Se acabó el tiempo. Pero Margarit ganó la batalla del recuerdo y en ese libro deja tantos abrazos que, leyéndolo, podemos recuperar la risa, la alegría, su sentimiento de gratitud como si aún estuviera abrazando todos los tiempos en que vivió feliz y haciéndonos felices. Querido, inolvidable, paisano Joan Margarit.