Eran tiempos oscuros, pero no lo sabíamos. Lo que sabíamos era jugar a esclafar grumos de barro contra el suelo, pescar con una caña de las que crecían junto al río y buscar moros muertos en el túnel que bajaba desde el castillo hasta el lavadero. Pero nada nos gustaba tanto como los tebeos. Los que más eran Roberto Alcázar y Pedrín y El guerrero del antifaz. Luego nos dirían los que lo saben todo (aunque muchas veces se equivoquen) que esos tebeos eran propaganda de Franco. Y una mierda. Tuve la suerte inmensa de entrevistar a muchos de aquellos dibujantes y guionistas hace años. En 1992, cuando Levante-EMV sacó en fascículos y luego en libro la Historia del Tebeo Valenciano. Fue una experiencia inolvidable, una experiencia que me valió conocer a quienes lo sabían todo sobre los tebeos y que hoy siento cerca dentro y fuera de ese mundo: Juan Puchades, Manel Gimeno, los hermanos Pedro y Andrés Porcel. Hace tiempo se murió Francisco Tadeo Juan, que vivía para la difusión de la historieta clásica.

La mayoría de aquellos grandes artistas no entendían lo que mucho tiempo después se decía de sus tebeos. Por ejemplo: Roberto Alcázar y Pedrín eran pareja homosexual. Y que no envejecían a pesar de estar tantos años rodando por el mundo y matando mogollón de enemigos que parecían chinos (y eso que no nos había invadido el pangolín). Su dibujante, Eduardo Vañó, me lo contaba en su casa cuando fui a entrevistarlo. Estaba con mucha tristeza, pero enérgico y lleno de ironía para su edad ya muy avanzada. Claro que nosotros envejecemos -decía- pero los héroes no pueden envejecer, los necesitamos para que no se mueran nuestros sueños. También decían los tipos listos que la imagen del detective era el vivo retrato de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange. Mentira cochina. Cuando entramos en su estudio me quedé mirando un retrato al óleo que era la viva imagen de su personaje. Y me dijo: «ese no son Roberto Alcázar ni José Antonio Primo de Rivera: ése soy yo cuando era joven». Como dice Pedro Porcel: era esa una imagen muy propia de los jóvenes de entonces. O sea, que menos listillos y más respeto por el trabajo de una gente que dedicó su vida a inventar mundos maravillosos para una infancia que vivía en la oscuridad más absoluta. En Gestalgar, a mi amigo Manolo lo llamábamos Pedro porque se pasaba el día con lo de «¡ostras, Pedrín!» y le cambiamos el nombre por el del joven protagonista de la historieta.

Un día me fui a Barcelona para entrevistar a Miguel Ambrosio. Era un maestro de escuela nacido en Albuixech, depurado después de la guerra por republicano. Se convirtió en uno de los mejores dibujantes de aquella época con el nombre de Ambrós. Su obra principal fue El Capitán Trueno. Fumaba unos pequeños puritos que troceaba con una meticulosidad de entomólogo. De repente me dijo: «lo que más me molestaba era que los de la censura me plancharan a Sigrid». Sigrid era la novia sueca del Capitán Trueno, hija de un rey vikingo. El dibujante pintaba una rayita en el escote para marcar los pechos de la heroína. Y la censura la borraba. Siempre se ha dicho que Sigrid fue la primera turista sueca que vino a la España de antes del desarrollismo playero.

Después de los tebeos llegaron los cómics y ahora destacan las novelas gráficas. Pero hay algo que junta la tradición y la modernidad: «La emoción es evidentemente inseparable de la expresión literaria o artística», escribe Michel Matly en un ensayo fantástico: La función del cómic. Esa emoción no ha cambiado y por eso aplaudo como los palmeros de Peret que Maite Ibáñez, concejala de Acción Cultural del Ayuntamiento de València, y Álvaro Pons, seguramente el más solvente estudioso del cómic en España, nos dieran hace unas semanas una excelente noticia: el Ayuntamiento y la Universitat de València pondrían pronto en marcha el Centre Valencià d’Estudis i Conservació del Patrimoni del Còmic. El llamamiento del responsable de la nueva institución: que nadie tire a la basura los viejos tebeos. Ya ha habido algunas donaciones.

Echo la vista atrás y me acuerdo de los tebeos de cuando éramos críos. Los tenía todos. A saber dónde andarán ahora Pantera Negra y El Jabato, Pumby y Doña Urraca, Carpanta y sus sueños con pollos asados volando por los tiempos del hambre. Nunca encontramos moros muertos en el túnel del lavadero. Seguramente porque estaban todos, y otros parecidos, en las páginas de los tebeos que leíamos cuando no sabíamos nada de la guerra y de los tiempos oscuros que vinieron luego. Mucha gente sigue sin saber nada de aquellos tiempos. Ya saben que lo que no se cuenta es como si no hubiera existido. Y en este país hemos contado poco, muy poco. Casi nada.