La palabra “tanganazo” retumba en nuestra memoria con un significado peyorativo porque proviene de “tangana”, que es un alboroto o un engaño. Además, en su acepción más conocida, dentro del ámbito futbolístico, este término se traduce como una pelea o un follón.

Ahora, una semana después del lanzamiento de “El Madrileño”, no hay nadie que no conozca al rapero C. Tangana. Porque su nuevo disco es una expedición antropológica para satisfacer las fascinaciones musicales que convirtieron a Antón Álvarez Alfaro en “Crema”, “Puchito” y ahora en “C. Tangana”. Ese niño que nació en Madrid, estudió en el colegio San Viator y se licenció en Filosofía en la Complutense ha hecho un auténtico “Tanganazo” en su último trabajo, una obra que rezuma amor al origen de la canción española sin perder de vista el rap urbano. Sin dejar de lado esa mezcla de hip hop y dubstep denominada trap que ha enamorado a las generaciones de jóvenes.

“Tanganazo”, según el diccionario de la RAE, es un lingotazo, es decir, un trago grande de bebida alcohólica. Por eso, este artista que se define como un personaje cinematográfico en su cuenta de Instragram -con más de un millón cien mil seguidores- y que torea recuerdos que arden, según canta en Un veneno con El Niño de Elche, ha hecho un disco que es un trago grande de vida y pasión. Ha creado sin residuos a partir de su experiencia, de su vivencia, y eso es lo más difícil y lo más auténtico. Porque su filosofía no es otra que tratar de ser lo más puro y honesto posible, una idea que no cotiza al alza en este siglo XXI.

Las canciones de C. Tangana huelen a cine de Luis García Berlanga, a columnas de Umbral y a una tarde de la Feria de Fallas en el tendido de sol. Por eso, en este mundo de asépticos, cursis y moldes fotocopiados que no se salen de la norma, se ha convertido en un fenómeno social con sus mejores atributos: la exuberancia y la autenticidad. Porque sus temas no pierden su pureza ni su independencia. No cambian para agradar. Triunfan por ser como son.

Los temas de “El Madrileño” no presentan un rap español al uso como el que hacen Nach, ToteKing o Kase.O, sino que van más allá porque de sus canciones nacen nuevos géneros gracias a la unión de la rumba y la bachata como ocurre en Tú me dejaste de querer en el que colaboran La Húngara y Niño de Elche. El pop, el son cubano o el ritmo flamenco también están presentes gracias a sus colaboraciones con Andrés Calamaro, Jorge Drexler, Pepe Blanco, los Gipsy Kings o Kiko Veneno.

Por eso, el estreno de “El Madrileño” bullía cual efecto de contagio y ya ha batido los récords en Spotify como mejor debut español tras arrebatar el podio a 'El mal querer' de Rosalía con cinco millones de reproducciones en un solo día.

De hecho, Pepe Blanco, maestro de la copla española que cantó la muerte de Manolete, aparece en Cuándo Olvidaré con una frase que produce un sentimiento nítido de calambre bajo la piel la primera vez que se escucha: “Cuando he oído cantar en el extranjero (…) He llorado oyendo cantar a cualquier artista español, porque no puede cantar un inglés un fandango, ni una jota, ni un pasodoble, no puede cantarlo”. Y eso que el gran Pepe Blanco, que también se acuerda de Rafael Farina o Antonio Molina, falleció hace 40 años.

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“Yo soy un artista. Mi responsabilidad no es ser un ejemplo de moral intachable, es generar pensamientos nuevos”, asegura C. Tangana. Debajo del flequillo engominado, la piel curtida y su aspecto estrafalario, aguarda un hombre enamorado y escarmentado del amor. Incluso su imagen en la portada del disco refleja a un ser menguante y vulnerable, con la mirada triste, seria y ojerosa. Una figuración que no contrasta con el estribillo de sus temas, que nacen del más profundo desamor, pero sí con el poderío revolucionario que ofrece su música.

Y es que de esa fuerza disruptiva se sirve C. Tangana para quebrar toda la urdimbre que produce el desamor y hacer un canto de amor a la copla. Esa misma que cantaron Rafael Farina, Antonio Molina o el mismo Pepe Blanco.