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Fuera de compás

Antidisturbios

Fotograma de 'Antidisturbios'.

Fotograma de 'Antidisturbios'.

La vida es una caja de sorpresas. Un día estás tan a gusto con tu mejor amigo bebiendo, fumando, buscando bronca, intercambiando piropos y caricias con bandas rivales, lapidando policías y rompiendo escaparates y, al siguiente, te lo ves enfrente bajando de una lechera, vestido de uniforme y repartiendo porrazos como un niño recién desconfinado a una piñata el día de su cumpleaños. Lo cuentan los Cock Sparrer en «Riot Squad», viniendo a decir que, cuando naces con la afición de dar leña, puedes hacerlo ganando un dinerito si no te incomoda dejar atrás colegas e ideales.

Estos días vemos manifestaciones, disturbios, cargas, incendios y saqueos. Hay bastantes canciones que tratan sobre el asunto. En «For what it’s worth», los Buffalo Springfield cantaron sobre las bullas entre juventud y maderos a cuenta de la nueva legislación que coartaba la libertad de la chavalada jipi para camelar a su aire por el Sunset Strip. El rock y el pelo largo molestaba a los vecinos.

«Nixon y sus soldaditos de plomo están llegando. Cuatro muertos en Ohio». Así de crudo lo contaba Neil Young en 1970. La Guardia Nacional se puso nerviosa en una manifestación en la Universidad de Kent y disparó contra los que protestaban por la invasión estadounidense de Camboya, causando además nueve heridos graves. La banda irlandesa U2 denunció la masacre de Derry en «Sunday, bloody Sunday» en la que los paracas británicos asesinaron a 14 manifestantes pacíficos y desarmados e hirieron a 30 más. Una barbaridad condenada por el mundo entero excepto por el gobierno de Su Graciosa Majestad, que justificó la matanza.

The Libertines dan cuenta en «Time for heroes» de la brutalidad policial asociada a las refriegas producidas en Londres el Primero de Mayo de 2000. Pasma y anticapitalistas se dieron de lo lindo, volaron ladrillos, botellas, adoquines y no se respetaron ni los McDonald’s ni las estatuas de Churchill pero, al menos, nos quedó otra magnífica canción. Y es que Londres tiene un color especial, como explicaban los Clash en «White Riot» sobre aquel carnaval de Notting Hill que acabó como el rosario de la aurora.

Guste o no, manifestarse es un derecho constitucional. Y si alguien saquea, incendia o agrede es labor de la policía actuar contra ellos, pero sólo contra ellos. Y si no los pillan, mala suerte, pero nada de repartir estopa de manera indiscriminada para desquitarse. Por el contrato social que se firma en las democracias, los ciudadanos otorgamos el monopolio de la violencia al Estado. Y por eso las fuerzas del orden tienen que hacer un uso exquisito de ella y dar explicaciones cuando se sospecha que existen abusos, como en el caso de la mujer que perdió un ojo en Barcelona o en el del diputado Carles Esteve, que recibió un gomazo sólo por pasar por allí con las manos levantadas.

Esas actuaciones convierten al servidor público en otro violento más, pero protegido por el corporativismo. Como al protagonista de nuestra primera canción, a quien, por cierto, despidieron por salvajismo y enviaron a la cola del paro, donde se encontró con sus antiguos compinches y alguna víctima de sus acciones.

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