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"El teatro es uno de los pocos sitios donde no te interrumpen"

El director y fundador del Teatre Lliure, Lluís Pasqual, protagoniza el documental «Empuñando el alma», donde muestra los ensayos de la obra «El sueño de la vida», de Alberto Conejero

Jesús Cimarro, Roberto García, Lluís Pasqual, Rosángeles Valls y Abel Guarinos, ayer en La Filmoteca.  | MIGUEL ÁNGEL MONTESINOS

Jesús Cimarro, Roberto García, Lluís Pasqual, Rosángeles Valls y Abel Guarinos, ayer en La Filmoteca. | MIGUEL ÁNGEL MONTESINOS

Casi como un ejercicio de voyerismo, el espectador se mete en las entrañas del teatro de la mano del documental «Empuñando el alma. Ensayando con Lluís Pasqual», protagonizado por el director catalán y dirigido por Arancha Vela. A lo largo de 78 minutos, el público se convierte en participante invisible del ensayo de la obra «El sueño de la vida», de Alberto Conejero, dirigida por Pasqual y estrenada en el Teatro Español de Madrid en enero de 2019.

El filme se presentó ayer en La Filmoteca con la presencia del propio Lluís Pasqual, acompañado por Jesús Cimarro, presidente de la Academia de Artes Escénicas de España -que produce la cinta-; Rosángeles Valls, vicepresidenta de la entidad, y el director adjunto de Artes Escénicas del Institut Valencià de Cultura, Roberto García.

El metraje explica de manera cronológica el proceso de ensayo de una obra desde la primera lectura del texto con los actores hasta el día de su estreno. «Me leo el texto dos o tres veces y dejo pasar un par de días, lo vuelvo a leer y no me gusta nada, porque me veo incapaz de hacerlo. Llego muy inseguro a la lectura», reconoce el fundador del Teatre Lliure, quien asegura que se aprende los textos para «acompañar» a los actores, «llevarlos de la mano para que luego ellos echen a volar». «Y nunca leo en voz alta, por eso siempre me sorprenden las primeras lecturas».

El «miedo del primer día»

Poner un proyecto en pie no es fácil: «Lo cambio todo, lo hago del revés». De nuevo «por inseguridad», insiste con la mirada puesta en el «miedo del primer día». «Parece que el director sabe lo que quiere, pero yo solo me pongo en la piel del actor cuando parece tan perdido». «El teatro se produce en el momento que se hace», reflexiona el también Premio Nacional de Teatro.

A lo largo de la cinta, Pasqual habla sobre algo tan esencial en el teatro como la emoción. «Ha de mantenerse el tiempo justo». «Es como quien se complace en su dolor, entonces deja de tener efecto». «La emoción en el teatro, como en la vida, debe distribuirse», explica el director. A partir de ahí, «el teatro puede trasformar algo durante la función, que no es poco. El teatro es uno de los pocos sitios donde no te interrumpen». «Es un lugar de silencio donde las ideas y la poesía florecen porque nacen de él», asegura Pasqual.

En el documental recuerda Pasqual también aspectos más íntimos, como que en el instante de su grabación pasaba por un momento «especialmente triste», que le relaja cocinar y hacer la compra, que su madre le mandaba al mercado y que allí se sentía diminuto. Y hasta que si no se hubiera dedicado al mundo del teatro no le hubiera importado ser pastelero. Pero «El sueño de la vida» es puro teatro, no una biografía. Parece que a Lluís Pasqual le es imposible separar el teatro de la vida. «En el teatro y en la vida todo es cuestión de ritmo: el problema es cuando es impuesto desde fuera cuando no lo tiene desde dentro», sentencia. «Cuando la música es en directo es como un actor más, es un cojín de las palabras», asegura al respecto.

El «jarrón chino»

Pero, ¿qué ocurre cuando acaban los ensayos y el día del estreno se acerca? «Cuando ves el cartel en la puerta del teatro te da un ataque de responsabilidad porque los ensayos se hacen a espaldas de todo el mundo, pero el cartel es como una firma ante notario: hay que hacerlo». Y ese día, él se esconde detrás de una cortina del teatro, nadie sabe cuál. No la ve: la oye y la respira con el patio de butacas. «La obra deja de ser tuya para ser de los actores que se la ofrecen al público. Ese día el director es como un jarrón chino, ni hago ni debo hacer nada», concluye.

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