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Adela Cortina: "La obediencia no es una virtud democrática"

«A base de multas haremos vasallos, no ciudadanos. Las autoridades deben explicar bien los motivos de cada medida que toman»

Adela Cortina: "La obediencia no es una virtud democrática"

Adela Cortina: "La obediencia no es una virtud democrática"

El coronavirus no solo ha causado un terremoto sanitario, económico y psicológico entre la población. También ha zarandeado las estructuras éticas sobre las que se asienta el orden social y ha sacado a la luz las fortalezas y debilidades de nuestra convivencia. En su último libro –‘Ética cosmopolita’ (Paidós)-, la catedrática de ética y filosofía política Adela Cortina (Valencia, 1947) ha analizado la experiencia de la pandemia al trasluz de los principios morales y su diagnóstico detecta una carencia urgente: andamos faltos de cordura. 

¿Qué es lo que más le ha llamado la atención de lo vivido en estos meses?

La escasa capacidad de aprendizaje que padecemos. Esta pandemia está siendo una experiencia brutal, quizá la más fuerte que afronte nuestra generación, y vivir algo así te enseña lecciones, a poco que te fijes. Sin embargo, tengo la sensación de que no hemos aprendido ninguna.

¿Qué lecciones debería habernos enseñado la pandemia?

La principal, que somos interdependientes. Me sorprende la resistencia tan grande que existe a entender que todos dependemos de todos. No solo las personas, también los países. Nadie vencerá al covid por sí solo, igual que el cambio climático no se puede arreglar sin la participación del planeta entero. Sin embargo, vemos a la Unión Europea preocupada solo por sus vacunas sin interesarse por las de los países en vías de desarrollo. Y vemos a los políticos enredados entre ellos en sus peleas sin importarles los problemas de la población. Y veo, con tristeza, a pacientes enfrentándose de nuevo a los sanitarios que nos salvaron la vida. No aprendemos.

¿A qué lo achaca?

A las altas dosis de egoísmo estúpido que sigue habiendo entre nosotros. Aparte de inmoral, el egoísmo es estúpido por definición, pero hay un egoísmo inteligente que promueve el apoyo mutuo en beneficio de la comunidad, y luego está el egoísta estúpido que cree que puede prosperar a costa de los demás preocupándose únicamente por su interés. No hay manera de hacerle entender que vamos todos en la misma barca, que él nunca va a estar bien si se encuentra mal quien está a su lado. Por eso hay que reivindicar la compasión, especialmente en momentos duros como los actuales.

Se dice que la pandemia está acelerando cambios en el mundo.

Pero el proceso de maduración del ser humano es más lento. Lo vemos con las personas. El niño piensa que lo justo es lo que le conviene, y nada más, porque su nivel de maduración es el del egoísta estúpido. Más tarde adopta un nivel más inteligente de egoísmo y empieza a pensar que lo justo es lo que conviene a su grupo. Pero hay un tercer nivel que consiste en interiorizar aquello que decía Terencio: nada de lo humano me es ajeno. Esa es la mirada que falta en nuestro tiempo, la mirada cosmopolita. Por eso hay que cultivar la cordura, que no es otra cosa que inteligencia y corazón. Tenían razón los anarquistas: lo que nos salva es el apoyo mutuo, no la lucha despiadada por la supervivencia.

¿Cómo se cultiva la cordura?

Cuando se plantea este tipo de preguntas, la respuesta inmediata suele ser: la educación. De acuerdo, pero ¿quién educa? Porque no solo lo hacen los maestros en los colegios e institutos, también educan las familias, las redes sociales, los políticos, los medios de comunicación y los personajes que salen en esos medios convertidos en ídolos. Educamos todos.

¿Y cómo lo estamos haciendo?

Francamente, lo que los jóvenes aprenden en la mayoría de esos ámbitos deja bastante que desear. Solo hay que asomarse a los medios y las redes para ver la falta tan absoluta que padecemos de figuras ejemplares que sirvan de referencia. ¿Dónde están los Martin Luther King de nuestro tiempo? Los niños de hoy solo ven a adultos que dicen una cosa y hacen la contraria y, automáticamente, aprenden que eso es lo que hay que hacer en la vida. 

Nunca tuvimos tanto acceso a la información, ni a tantos semejantes a nosotros. ¿Por qué nos entendemos peor?

Porque hemos confundido conectividad con comunicación. Las redes pueden conectarnos a miles de usuarios a la vez, pero comunicar exige atención, escucha, pensar en la otra persona, y eso no lo aportan las plataformas. A ellas no les preocupa educar a la ciudadanía, ni fomentar la libertad, ni transmitir información verdadera, sino ganar dinero haciendo que pases el mayor tiempo posible conectado. Cada vez hay más voces que se preguntan: ¿esta forma de relacionarnos no estará socavando la democracia?

¿Y usted qué opina?

Que ese peligro es real. Las redes prometieron acercarnos a la gente y alumbrar el periodismo ciudadano, pero cada vez es más difícil distinguir una noticia cierta de un 'fake news' y solo vemos crecer el interés por lo local y decaer el cosmopolitismo. De Trump al Brexit o el independentismo, asistimos a un aumento de los localismos, del interés exclusivo por lo mío sin entender que lo mío depende de lo del vecino. 

¿A qué responde ese fenómeno?

A algo que refleja la encuesta mundial de valores: hoy se valora más la seguridad que la libertad. Ante tanta incertidumbre, la gente siente miedo a perder lo que tiene y, a cambio de asegurarlo, está dispuesta a renunciar a cotas cada vez mayores de libertad. Esto es muy peligroso, porque prepara el terreno para la llegada de las autocracias y las democracias iliberales. Desde los años 90, vivimos un grave declive de la democracia.

En su libro advierte de que el miedo al virus puede convertirnos en seres demasiado dóciles. ¿Anima a la desobediencia?

La obediencia no es una virtud democrática. El ciudadano debe ser autónomo y responsable, pero preguntar el porqué de una norma no es señal de rebeldía, sino de madurez. Por eso, es fundamental que las autoridades expliquen bien los motivos de cada medida. Sobre todo en un momento como el actual, en que miedo puede llevar a la gente a aceptar cualquier cosa. A base de multas haremos vasallos, no ciudadanos. 

¿Diría que en esta pandemia se han explicado y entendido bien las medidas excepcionales que ha habido que tomar?

La comunicación ha sido muy deficiente. Ha fallado la articulación entre el Estado y las comunidades, con cada administración tomando sus medidas sin explicar los motivos y con mucha sensación de caos. No hay que tratar a los ciudadanos como a niños, hay que hacerles responsables para que maduren. Yo cumplo las normas porque entiendo que son las mejores para afrontar la pandemia, no porque sea una ciudadana obediente. De eso ni hablar, me niego en rotundo.

Después de más de un año de pandemia, ¿cuál es su estado de ánimo?

Los estados de ánimo no me interesan, porque son fluctuantes e inestables. Me interesa más la esperanza, y la pandemia ha ofrecido señales para confiar en ella. No todo ha sido negativo en estos meses. También hemos visto extraordinarias muestras de solidaridad, generosidad y preocupación por los demás. Esas señales nos dicen que solo podremos avanzar si actuamos con razón y corazón.

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