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MÚSICA CRÍTICA

Tufillo ‘fascistoviético’

CONCIERTO JOVE ORQUESTRA DE LA GENERALITAT VALENCIANA. Jacobo Christensen (violín). Pablo Rus Broseta (director). Programa: Obras de Schubert (Sinfonía Incompleta), Marc García Vitoria (Cinco interludios para ser escuchados a la sombra) y Sibelius (Concierto para violín). Lu­gar: Palau de les Arts (Auditori). Entrada: Alrededor de 700 personas. Fecha: sábado, 10 abril 2021.

Sorprende y admira la cuidada calidad de las cuerdas de la Jove Orquestra de la Comunitat Valenciana. Su sonoridad calibrada, precisa, uniforme, afinada. Virtudes impensables hace solo algunos años. En ello, y en las bondades globales y evidentes que en su conjunto luce la juvenil orquesta, mucho tiene que ver el meticuloso trabajo de su titular, Pablo Rus Broseta (Godella, 1983). Juntos ofrecieron el sábado en el Palau de les Arts y el domingo en Alicante un programa con obras de Schubert, Sibelius y Marc García Vitoria (València, 1985), catedrático de composición del Conservatorio de Alicante y actual compositor residente de la JORVAL.

De él estrenaron 'Five interludes to be heard in the dark' ('Cinco interludios para ser escuchados a la sombra'), cuya denominación en inglés resulta tan chusca como el intolerable nombre de la orquesta, que tanto recuerda los tiempos politizados de la «Orquesta del Ministerio de Cultura del Estado de la URSS» y cosas así. Ni la Jove Orquestra de la Generalitat Valenciana ni el Cor de la Generalitat «son» de la Generalitat, sino de la Comunitat Valenciana y de sus ciudadanos-contribuyentes, que son cosa muy diferente. Impóngase el buen juicio, apárquese el tufillo fascistoviético de esas equívocas denominaciones y rebautícense ambas instituciones como lo que son: Jove Orquestra de la Comunitat Valenciana y Cor de la Comunitat Valenciana.

Rus Broseta lució su conocida aptitud y fino olfato como traductor de la música de su tiempo con una lectura impecable de las cinco miniaturas sinfónicas de García Vitoria. Música bien escrita, descriptiva casi hasta la narración, impregnada de un uso hábil, atrevido, eficaz y nunca gratuito de los recursos tímbricos; que respira y transpira las viejas vanguardias de los años sesenta y de Darmstadt, sin que ello presuma que su autor renuncie o merme su condición de creador pleno del siglo XXI. De hecho, acaso la cualidad más remarcable de la bien escrita música de García Vitoria -al menos la de sus personales interludios sinfónicos- sea la de dueño de un lenguaje personal que, sin ser sordo a su entorno y tiempo, cursa con determinación sus propios senderos y trechos.

Antes, Rus Broseta y los jóvenes instrumentistas valencianos sirvieron una estilizada y bien fraseada versión de la Incompleta de Schubert, en la que destacó la sedosa calidad de las diferentes secciones de cuerda. El oboe cantó con melodiosa belleza, como también el resto de solistas de viento. El programa se cerró con el violinista Jacobo Christensen (València, 1999) como protagonista del Concierto de Sibelius, que abordó con arrojada suficiencia a través de un sonido pequeño que no logró encontrar su espacio en la adversidad acústica del Auditori del Palau de les Arts. Quizá de esta falta de fuerza dinámica -también de autoridad y contundencia expresiva-, y del fuste solista que requiere un concierto que es uno de los más comprometidos caballos de batalla del repertorio violinístico, que la versión adoleciera de su evocadora fastuosidad romántica. Sibelius es mucho Sibelius, y quizá hubiera sido más acertado otra elección menos ambiciosa. Habrá que esperar ocasión más pertinente para apreciar el arte prometedor, talentoso y aún con recorrido de Christensen.

A diferencia de sus compañeros de la orquesta y del propio maestro, el joven violinista valenciano prescindió de la maldita pero imprescindible mascarilla instantes antes de comenzar su actuación, y la soltó irresponsablemente sobre el atril del director. Así tocó y permaneció hasta que concluyeron los muchos aplausos y bravos que disfrutó de un público mayoritariamente de su quinta. ¡Bendita y positiva juventud! Pero en la cabeza arrugada del crítico revoleteaban las imágenes de grandes concertistas -Gil Shaham, Leonidas Kavakos, Krystian Zimerman, Elisabeth Leonskaya y tantísimos otros- tocando prudentemente embozados. Grave error del joven violinista, sí, pero también de los irresponsables promotores de tan fatalmente gestionada actuación. Ni siquiera fueron capaces de elaborar un programa de mano mínimamente presentable. ¡Un caso!

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