Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Crítica

Rumbo torcido

Rumbo torcido

Rumbo torcido

La mercadotecnia, las redes, los agentes, algunos malos gestores y el saber venderse deterioran severamente el actual nivel artístico de las salas de concierto. Es el caso de la ucraniana Valentina Lisitsa (Kíev, 1973) convertida en una estrella del piano merced a estos dañinos factores extramusicales. Después de la barbaridad de tocar en marzo de 2017, en una sola velada, los cuatro conciertos de Rajmáninov y la Rapsodia sobre un tema de Paganini en Madrid con la Orquesta Nacional y Ramón Tebar, el «huracán» Lisitsa ha recalado en la Orquesta de València para interpretar acompañada por su ya amigo Tebar el concierto de Schumann y ofrecer fuera de programa un despendolado vals que más parecía de Prokófiev o Jachaturián que de Chopin.

Valentina Lisitsa tiene medios aparatosos y una técnica que, aunque poco refinada, sí le permite salir aparentemente airosa en ciertas obras de resplandor y músculo virtuosísticos, como los conciertos de Rajmáninov o Prokófiev. Schumann, como Chopin, Brahms y todo el corazón romántico, requiere no solo dedos que cabalguen con soltura y decibelios sobre el teclado. Su voluptuosa versión del único concierto para piano de Schumann resultó yerma, abrupta, sin apenas gradaciones dinámicas y con un fraseo obvio que nunca fue más allá de la corrección. El intermezzo central ni fue «andantino» ni fue «grazioso», mientras que en el Allegro vivace que cierra el concierto se bordeó el caos, en una precipitada y nerviosa interpretación en la que el desencuentro con un podio frecuentemente apoyado (literalmente) en el piano fue fruto de la evidente falta de ensayos.

Sin trabajo a conciencia, sin apenas ensayos, nada es posible. Milagros, a Lourdes o Fátima. Solo unos días antes, el sábado, los jóvenes instrumentistas de cuerda de la Jove Orquestra de la Generalitat Valenciana sonaron ostensiblemente mejor que los veteranos y profesionalizados profesores de la Orquesta de València. La monocorde, apática, emborronada y desvertebrada versión de la Segunda sinfonía de Beethoven que completó el programa es impropia de una formación que representa a una de las ciudades más excelentemente musicales. También de la categoría técnica y artística de muchos de sus propios profesores. Trabajo tiene por delante el próximo titular, Alexander Liebreich, para enderezar el rumbo torcido de una orquesta capaz de mucho, muchísimo más, de lo que hizo el miércoles. Las sonrojantes notas incluidas en el programa, a tono con lo que escuchado. ¡Por favor!

Compartir el artículo

stats